sábado, 25 de febrero de 2012

Mirar al futuro, vivir el presente


La costumbre obliga a mirar al pasado, como si fuera lo único que realmente existiese. Ya sucedió, de algún modo, y podemos aprender de ello. Por eso investigamos en los libros, hacemos historia y guardamos recuerdos. Nos facilita enormemente la vida ir aprendiendo, poco a poco, a vivir en este pequeño mundo, y en este pequeño fragmento de toda su historia. Sin embargo, todos somos únicos. Y creemos que estamos aquí no de cualquiera manera, puestos por el azar o el destino, sino siendo libres, conquistando metas, haciendo elecciones, tomando rumbos y caminos que nos llevarán de un lugar a otro, que nos presentarán otras personas, que enriquecerán nuestra biografía. Mirar al pasado, insisto, considero que es imprescindible para saber vivir bien.

Lo anterior no implica, por otro lado, que toda la mirada del hombre, y mucho menos la más fuerte, sea esa. El futuro también aguarda y nos llama. Las grandes decisiones de la vida son también algo rompedoras, diferentes, arriesgadas y valientes. Las tesituras en las que somos capaces de encontrarnos, esos cruces de caminos sin resortes, sólo con un par de referencias, pero donde todo parece nuevo, nos enseñan la gran lección de la novedad de la existencia. De vez en cuando, una acontecimiento fuerte nos sacude para mostrar que “lo de siempre” y “seguir como hasta ahora”, es insuficiente a todas luces, y revela al mismo tiempo realidades totalmente nuevas. Estaban ahí, delante de nuestras narices. Y no nos percatábamos. Hablo, como no puede ser de otro modo, de la irrupción de algo nuevo, rompedor y deslumbrante en nuestra propia historia. Que nos cuenta, nos narra, nos avisa, nos previene y nos anuncia algo. ¿Para qué estás en este mundo? No sólo por qué, mirando al pasado, sino para qué. ¿Quién está esperando por ti? ¿Dónde te puedes situar? ¿De qué modo vivir? ¿Cuánto has actuado ya, y cuánto de auténtico tiene todo esto? Cuando nos planteamos estas preguntas, estamos tocando el corazón del mundo. Muy cerca de Dios. Dios muy cerca de nosotros. Y el amor, la vida, la paz, lo auténtico, la verdad son exigencias que se convierten en lo mejor de todo. En lo único necesario. Y, cueste lo que cueste, hay que estar en su órbita.

Si todos tuviéramos que sufrir un accidente aéro, una enfermedad grave, la pérdida de alguien cercano, o vivir un acontecimiento doloroso, lo primero que me saldría decir es que la vida es terriblemente injusta. Es inhumano vivir como persona. Aguardar el golpe y la agresión de la existencia para darnos cuenta de la realidad, de la fragilidad y de la bondad del mundo, de nuestras enormes posibilidades para ser felices y para hacer felices a los demás, para centrarnos en lo único importane. Sin embargo, no lo pienso. No creo que sea así, aunque los casos más llamativos vayan por este camino. Lo que sí que diría es que vivimos un sueño del que hay que despertar, que estamos aletargados y necesitamos tiempo para desentumecer los huesos y los músculos, y movernos realmente. Pero no es necesario ni imprescindible algo tan trágico.

En este tiempo especial, tiempo fuerte, tiempo de gracia, que llamamos Cuaresma, la Iglesia insiste por activa y por pasiva en ser radicales y sinceros en algunas cuestiones que darían un tumbo a todo nuestro mundo:

1. Centrar la mirada. El tiempo de preparación tiene sentido en tanto que nos encamina, nos entrena y nos enseña. Tonifica la vida. Vivir mirando al Hijo, al modo de Cristo Jesús. Poniendo en ello empeño. Porque la principio surgen agujetas, siempre viene la desorientación en un lugar nuevo, y sólo quien quiere estudiar sufre lo difícil que puede ser estar un par de horas seguidas pensando en lo mismo, con el corazón y la cabeza en aquello que llevamos entre manos. Pues si todo esto es importante, imagínate el esfuerzo que deberíamos hacer por centrar nuestra vida, que es lo más grande y nuestra mayor responsabilidad, en aquello que merece la pena.

2. Desechar, rechazar, alejarse. Porque todo cuanto no merece la pena, cuando estamos en un momento cumbre, de esos que no podemos vivir todos los días, se nos hacen nada y vacío. Vemos con claridad que hemos entregado tiempo, que nos ha robado la vida. Y toca purificar el corazón, empezando quizá por lo más importante. Centrarse, y descentrarse, van unidos.

3. Recuperar la imagen y el tesoro que llevamos dentro. Desescombrando ruinas interiores de otros tiempos, y modismos pasajeros. Dirigiéndonos al corazón de todo, al alma del mundo. Dejándonos mover por el Espíritu que clama dentro de nosotros mismos, y apartándonos de los ruidos que nos descentran y difuminan. Recuperar la imagen es saber de qué pasta estamos hechos. Que no somos mierda, sino diamante. Que no somos egoístas, sino verdaderos amantes del prójimo, auténticos amigos, hermanos para siempre.

4. Vivir vocacionalmente. Somos llamados a lo más grande, que puede ser algo muy sencillo por otro lado. Quizá a nuestro alrededor estemos sintiendo la llamada de algo particular, que comienza a hacerse importante. En la casa, en el ambiente. Viendo a los demás, sintiéndonos responsables con ellos. Y ése es el camino por donde todo empieza, los primeros pasos de la senda vocacional. Quien ha descubierto ya su lugar en el mundo, debe purificarlo. Quien todavía anda a ciegas, como si no hubiese nada para él, debe confiar y arriesgar. El primer paso es decisivo. Orienta todo. Marca un antes y un después. Quien ha gustado una vida vocacionalmente vivida, desde el corazón y con una meta alta, sabe de qué estoy hablando. No es cualqueir cosa, y no es para unos pocos privilegiados. Mucho de este trayecto es confiar, dejarse acompañar, seguir fiándose y ser fiel a lo recibido. Sobre todo esto último. Porque no se trata de “añadir” para escapar, ni para maquillar, ni aparentar. Sino dejar salir del corazón cuanto hay de hermoso en él.

¿Qué es todo esto sino convertirse? ¿Crees que puedes solo? ¡Déjate hacer! ¡Déjate acompañar!

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