miércoles, 4 de julio de 2012

¿Que es la vocación? II Parte.

     

    Era el tercer día de Ejercicios. Por la mañana. Un muchacho llamó a mi habitación.
     —Padre, ¿podría hacerle una pregunta?
     —¿Fácil o difícil?
     — Yo creo que para usted será fácil, pero para mí...
     Le hice sentar. Empezó sin preámbulos:
     —¿Qué es la vocación?
     Y clavó sus ojos en los míos, sin pestañear, sin arrogancia, en espera de una respuesta definitivamente liberadora.
     Mecánicamente me quité las gafas, me froté los ojos.
     Mientras, sin querer, me acordé de mi profesor de moral, un hombre anciano, pequeño, que sabía demasiado: cada vez que empezaba una nueva cuestión se pasaba toda una clase dando definiciones, primero, e impugnándolas después, sin llegar nunca a encontrar una definición plenamente satisfactoria. Comprendí, de repente, que mi viejo profesor había estudiado en la vida de los hombres, además de haber leído muchos libros.
     Aquellos ojos no buscaban una definición teórica de la vocación, preguntaban por su vocación. ¡Su vocación! ¿Qué sabía yo de su vida, de los planes de Dios sobre él, de su familia, de su fe, de su esperanza?
    Me puse las gafas.
     Finalmente le dije:
     —No lo sé.
     Quiso sonreír, creyendo que bromeaba, pero comprendió que no, que lo había dicho en serio.
     —Pero...
     Y bajó los ojos, desconsolado.

     Un silencio molesto cayó sobre nosotros. No pude, de veras, no pude salir del paso con unas frases ingeniosas. Tenía mis ideas sobre la vocación. Hasta había dado no hacía mucho unas conferencias sobre ella. Pero no era lo mismo. Una cosa es la definición de la vocación y otra, muy distinta, la vocación de un cristiano concreto, la de aquel muchacho desconocido que tenía ante mí, medio encorvado, lejano, preocupado.
     —Entonces..., murmuró.
     Había que romper aquel silencio. Sin filosofías. Por esto intenté aplazar la respuesta:
     —Mira, la definición que yo recuerdo está en latín. No la entenderías. ¿Me dejas unas horas para traducirla?
     Me miró de nuevo, entre incrédulo y animado, deseoso de que no se le cerrase aquella puerta.
     —Durante los ratos libres, procura encontrar la definición de «amistad». ¿Quieres? Y, si te sobra tiempo, busca también la de «alegría». Luego, por la noche, vienes y hablamos.

      Vino, y hablamos. Hablamos de todo: de los Ejercicios y de su infancia, de sus hermanos y de sus viajes, de su casa y de las misiones...
     De todo. Daba gusto oír a aquel muchacho con inteligencia de hombre y corazón abierto.
     No había encontrado la definición de «alegría», ni la de «amistad».
     —Es algo que noto en mí, pero no sé cómo explicarlo.
     —¿Te extraña, entonces, que tampoco yo sepa definir la vocación?
     —Padre, no vale, es distinto. Usted ha de saber...
     Le expliqué la costumbre de mi viejo profesor de moral, con sus letanías de definiciones. Cada una desde un punto de vista diferente. Con un aspecto luminoso. Pero incompletas. Y esto tratándose de definiciones teóricas. Porque luego hay que tener en cuenta las situaciones concretas y personales.
     —Tú no me preguntas por la definición de vocación. Tú quieres que te diga tu vocación. Esto no es fácil. Me atrevo a decirte que es imposible.
     Esta vez no dio señales de contrariedad. Comprendía que hablaba noblemente, que intentaba acompañarle, ser testigo de su aventura. Pero sólo testigo. La vocación es algo demasiado íntimo, demasiado personal, para que alguien, desde fuera, intervenga en su decantación.
     —La vocación es el designio amoroso de Dios sobre cada cristiano. ¿Recuerdas las meditaciones del primer día? Todo  —las piedras, los astros, los árboles...—, todo es un canto de gloria al Creador. La gloria de Dios. Cada cristiano que va madurando su fe, su caridad, su esperanza, es una nota más afinada en ese concierto universal. Concierto universal en una Iglesia, en un cuerpo maravilloso —decimos cuerpo místico— cuya cabeza es el Señor, cuyos miembros somos nosotros. Cada uno en su puesto. Cada uno piedra de un templo —piedras de fundamentos, de columnas, de capiteles, de altar...—, piedras vivas amorosamente pulidas por el Espíritu, compradas a precio de sangre por Jesús...
     Mis palabras encontraban eco sonoro en el silencio de la noche.
     —...Lo que Dios espera de cada hijo suyo es una disponibilidad generosa. El Señor baja todas las tardes, como al principio, cuando la creación, a pasear con sus hijos. Lo que busca es cariño. Necesita amistad. La vocación es una amistad.
     Le brillaban los ojos. No quise que mis palabras pudiesen estorbar la acción de la gracia. Era excesivamente tentadora aquella atención, aquel sorber cada palabra que iba diciendo.
     Tomé el Evangelio de encima la mesa.
     Y leí despacio:
     «Hallándose Juan con dos de sus discípulos, fijó la vista en Jesús, que pasaba, y dijo:
     —He aquí el Cordero de Dios.
     Los dos discípulos, que le oyeron, siguieron a Jesús.
     Volvióse Jesús a ellos, viendo que le seguían y les dijo:
     —¿Qué buscáis?
     Dijeron ellos:
     — Maestro, ¿dónde moras?
     Les dijo:
     — Venid y ved.
     Fueron, pues, y vieron donde moraba, y permanecieron con Él.
     Eran como las 4 de la tarde».
     (Eran como las 4 de la tarde. En una época en que no usaban cronómetros es significativo ese detalle señalado por Juan muchísimos años después. Es el recuerdo amoroso de una intimidad nunca olvidada).
     «Vosotros sois mis amigos. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: pero os digo amigos, porque todo lo que oí al Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca».

     Dieron las dos. La luna caía poderosa sobre el mar. Nadie hubiera dicho que era de noche. Apoyados los codos en la ventana, permanecimos Dios sabe cuánto tiempo extasiados, sumergidos, en aquella paz.
     —Padre, ya sé qué es la vocación. Es una amistad.
     Guillermo hablaba en voz baja, despacio, como vaciando el alma en cada palabra.
     —Una amistad, y una alegría que nunca había sospechado. Yo creía que era una voz que se oía, que llamaba: como si Dios tuviese que pronunciar mi nombre. No hace falta. Sería superfluo, inútil. Y luego esa paz tan grande. Sí, es una amistad.


Próximo día tercera parte de esta interesante vocación
 

domingo, 1 de julio de 2012

¿Que es la Vocación?


     Un domingo, a media mañana, me llamó el portero:
     —Una joven quiere hablar con usted.
     (Quienes no viven en un seminario no saben lo que son los porteros de seminario. No lo saben. No pueden saberlo).
     —¿No te he dicho mil veces que no recibo a nadie sin saber su nombre? ¡Anda, pregúntale cómo se llama! ¿Será Anamari?, añadí para mí.
     A los pocos segundos, por teléfono:
     —Efectivamente. Me ha dicho que sí.
     —Que sí, ¿qué?... Pero, ¿qué le has dicho?...
     —Si se llamaba Anamari. Y me ha contestado que sí. Ha puesto mala cara.
     —Pero, hombre... ¿por qué le has dicho?...
     Era inútil. Ya estaba hecho.
 
     La encontré llorando. Mal comienzo. Esos porteros...
     (Un día tengo que hablaros de los porteros de seminario: sus equívocos, sus olvidos... y su figura bucólica. Porque, a fin de cuentas, los porteros son nuestros pararrayos. Con sus anchas espaldas, ¡muy anchas!, su mirada «trascendente», su ritmo de eternidad, nos prestan un gran servicio. Cabezas de turco cuando las cosas van mal por su culpa o porque las cosas no siempre pueden ir bien).
     La saludé. Poco a poco se fue calmando.
     —Usted dirá, señorita.
     —Soy Anamari. (No la conocía personalmente). ¿Me esperaba usted?
     No estaba yo aquella mañana para rodeos:
     —La temía.
     —¡Algo malo habrá hecho entonces!...
     —Todos los días, al empezar la misa digo en voz alta que soy pecador. ¿Usted no?
     —Con ustedes no se puede discutir. Siempre quieren tener razón.
     (Lo que me temía: había venido a discutir, a acusarme. Mal panorama. Preferí entrar en materia directamente):
     —Anamari, con quien no se puede discutir es con Dios.
     —Esto ya me lo ha dicho Ernesto infinidad de veces.
     —Y usted, ¿qué opina?...
     —Yo no puedo opinar. Es toda la vida rota de repente. ¿Cómo Dios puede querer nuestro sufrimiento? Nunca hemos hecho nada malo. Usted lo sabe. ¡Nunca! Y ahora, de repente, «adiós, niña». ¿Por qué nos conocimos? ¿Por qué ha ido creciendo nuestro amor? Para tener que estrujarte el corazón y quedarte para vestir santos. Y luego vendrán ustedes hablando de la voluntad de Dios, de las almas de los pobrecitos infieles, del África y del Japón. Y de nuestro Señor que pasa y dice a Pedro y Andrés, a Santiago y Juan, y a Ernesto, claro: «Ven. Sígueme.» Todo muy bonito. La vocación. Tener vocación. ¿Cómo sabe usted que Ernesto tiene vocación? ¿Qué es la vocación? Un chico que vale, ¿verdad? Y, ¡a cazarle! Y por fin se ha salido con la suya. Y él, que es un cándido, ha caído como un bendito. Ir a las misiones. Pobrecito, y luego le destinarán de coadjutor a un pueblo de mala muerte. Y no se dan cuenta que alguien queda en la cuneta. Poco importa. ¡Es una mujer! El tiempo todo lo cura.
     Se echó a llorar. Había motivo.
   
   Conocí a Ernesto indirectamente. Un compañero suyo me habló de él muchas veces. Hasta que me lo presentó. Empezamos a tratarnos. A los dos nos encanta leer el «Tin Tin».
     Ernesto y Anamari salían juntos desde hacía dos años. Se querían de veras. Su alegría era contagiosa.
     Al año y medio Ernesto empezó a tener miedo de su felicidad. Curaría cuerpos, se querrían siempre mucho, su casa se llenaría de hijos, pero... ¿y los demás? Fue una larga maduración. Un doloroso descubrimiento.
     Anamari se equivocaba: nadie le había dicho nada. Era Dios. Era Dios que le hablaba a través de los cuerpos enfermos y de las pobres almas sin ideal. Era Dios. Y había sido ella misma, Anamari, la que le había afinado el oído.
     Oró largamente, y ella notó algo raro en sus ojos, como un mar profundo, lejano, cada vez más transparente y cada vez más hondo. Lloró a escondidas, porque si renunciar al amor siempre es difícil, renunciar a Anamari era heroico.
 
     —Padre, lo he visto claro. Estoy deshecho, pero no se puede discutir con Dios.
     En la vida sacerdotal hay momentos en los que se tiene la sensación de tocar el misterio con la palma de la mano. No sólo en la misa, no sólo al trazar una cruz sobre un corazón arrepentido. Somos puentes, pobres puentes solitarios, que unen Dios y los hombres, los hombres y Dios. Sencillos puentes, puentes olvidados. Pero también somos testigos de Dios, vemos, palpamos su obrar, tocamos el eco de su palabra, pobres puentes solitarios, escenario de Su amor y del amor de sus hijos.
     —Por si quedase alguna duda, que no me queda, acabo de encontrar una frase de san Pablo que no tiene réplica: « ¡Vamos, hombre! ¿Quién eres tú para pedirle cuentas a Dios? ¿Va a decirle la arcilla al que la modela: por qué me has hecho así?»
 
      —Anamari, temía su visita. Siempre es doloroso ver sufrir. El tiempo, tiene usted razón, no cura nada. El Señor, sí. Basta abrir el Evangelio para ver que pasó —y pasa— haciendo el bien. Las heridas del corazón han de lavarse primero con lágrimas —por eso encuentro normal que llore—, pero luego han de ponerse al Sol. El Señor pasará, está pasando, y dará sentido a su dolor.
     ¿Qué es la vocación? La de Ernesto, un servicio social. Ser padre no de sus hijos, sino de los hijos de Dios. La suya, de momento, un ofertorio. Alguien es ofrecido. Todos los que ofrecen ofrecen con amor, pero hay personas que ofrecen el amor.
     Esperaba su visita. Porque suponía su dolor, porque estoy cierto de su fe, he escrito tres frases detrás de una cartulina:
     La primera ya la habrá oído de labios de Ernesto: «Anamari, ¿quién eres tú para pedirle cuentas a Dios? ¿Va a decirle la arcilla al que la modela: por qué me has hecho así?».
     La segunda son palabras de una madre que acababa de perder a su hijo. Fíjese: «Frecuentemente es de Dios de quien tenemos envidia».
     La tercera es una definición bastante buena de la vocación de Ernesto y de su vocación, de mi vocación y de la vocación de cada cristiano: «La vocación es algo esencialmente social. Algo sustraído al capricho del individuo. Es realizar sencillamente la idea que Dios tiene de nosotros».

Pendientes de las siguentes partes de la historia...

 

sábado, 30 de junio de 2012

PAN PARA PARTIR Y COMPARTIR



 
¿Habrá eucaristía sin pan y sin vino?
Si faltara el pan para partir y compartir, ¿qué nos juntaría?
¿los móviles? ¿Internet? ¿Las torres de comunicaciones?
¿No habría sólo interferencias?
Si faltara el pan, ¿para qué sentarse a la mesa?
Si faltara el vino, ¿con qué podríamos celebrar?
¿Tendría la vida sentido y sabor?

Y si sólo hay pan abundante y vino sabroso para unos pocos,
¿qué será de los hermanos y las hermanas excluidos?
El hambre está hecha de dolor, de injusticia y de muerte.
Si unos abundan y otros son excluidos,
esto ya no es celebrar la cena del Señor.
¿A qué llamaremos entonces comunión?
¿Dónde habrá huido la eucaristía?

¿Habrá eucaristía sin comensales?
¿Habrá eucaristía si hemos de comer solos nuestro pan
y hemos de beber solos nuestro vino?
Nada es tan triste, tan insignificante, tan insustancial...
como comer en soledad.

Es inhumano que haya pan y no tener con quién com-partirlo.
Que haya vino y no tener con quién con-celebrar.
La soledad, las soledades.... son in-comunicación...
Mientras falte la comunión, no habrá eucaristía.
No estará el Señor entre nosotros
No celebraremos la Cena del Señor.

¿Habrá eucaristía si el silencio nos envuelve y nos enfrenta en la mesa?
El momento de la comida y la bebida es decisivo.
No permite ocultamientos.
Nos obliga a dar la cara, a mostrar el rostro,
a arriesgar la palabra.
¡Qué tensiones, qué violencia, qué prisas, qué ganas de huir...
cuando el silencio nos envuelve y nos enfrenta!
O cuando sólo hay ruidos e interferencias...

Y no damos con la frecuencia del hermano o la hermana.
¡Qué vacío mortal cuando se ha roto la comunicación!
Eso ya no es comulgar.
Eso ya no es celebrar la cena del Señor.
Eso ya no es eucaristía.

¡Qué felicidad, qué vida, qué entusiasmo
cuando la palabra, la risa, el canto... fluyen y nos acercan,
nos unen y nos hermanan, nos reconcilian y nos comulgan!
Eso es eucaristía.

Material utilizado en la Pascua`2012.  En las Rositas

martes, 26 de junio de 2012

En la vida SIEMPRE hay alternativas


 Miras hacia un lado y más tarde al otro, y a veces no ves la salida...Cierra los ojos del rostro y abre los del Alma quizás halles la RESPUESTA...

martes, 19 de junio de 2012

SEGUIR A JESÚS EN MI HERMANO


 
«... El maestro de la Ley contestó: 'Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con
toda tu alma, con toda tu fuerza y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo'. Jesús le dijo: 'Tu respuesta es exacta; haz eso y vivirás'. Pero él quiso dar el motivo de su
pregunta y dijo a Jesús: '¿Quién es mi prójimo...'» (/Lc/10/27-29).

La predicación de Jesús, cuyo tema central es el Reino de Dios, tiene por objeto hacer de
los hombres una fraternidad. Nos reveló que Dios es nuestro Padre, haciendo de esta
paternidad común la raíz de nuestra hermandad. Esta es una posibilidad real desde que
Cristo aparece en la historia como nuestro Hermano universal.
Al insistir absolutamente en el amor fraterno y en que todos
somos hermanos (Jn 13,34; Mt 23,8-9), y al subrayar el segundo mandamiento de la Ley
(«Amarás a tu prójimo como a ti mismo»; «amaos como yo os he amado», Lc 10,27; Jn
15,12), ha hecho del amor al prójimo el signo de la identidad cristiana y la prueba decisiva
de su seguimiento.
 Sus oyentes se plantearon sin duda la cuestión de saber quién era para el Maestro el
prójimo; qué extensión le daba a esa idea y cómo había que concretarla en la vida diaria.
Indudablemente, Jesús iba más allá del concepto veterotestamentario, en que el prójimo (el
hermano) era el amigo, el que participaba de la religión y la nacionalidad judía. La inquietud
de precisar «quién es mi prójimo», al cual debemos amar en hechos y no en palabras, creo
que es hoy igualmente importante para los cristianos y para los que sin serlo aceptan esta
exigencia básica de Jesús.
 Porque, en realidad, ¿quién es prójimo para nosotros en lo concreto de nuestra historia
personal? ¿Son nuestros amigos? ¿Los cristianos? ¿Nuestros ciudadanos? ¿O también los
habitantes de otros países (a los que nunca vemos), es decir, todos los hombres?
 Esta pregunta, que inquietaba especialmente a los oyentes de Cristo más críticos,
emerge en los labios de un doctor de la Ley como un cuestionamiento y una prueba de la
idea de prójimo que Jesús predicaba.
«Para ponerlo en apuros» (Lc 10,25ss) el letrado lo interroga sobre el segundo
mandamiento de la Ley, semejante al primero: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Pero
ésa no era la pregunta decisiva. Lo que al doctor de la Ley le interesaba saber era la idea
que Jesús se hacía del «prójimo», idea hasta ahora, al parecer, nunca explicitada
claramente: «Queriendo dar el motivo de su pregunta, dijo a Jesús: '¿Quién es mi prójimo?'» (Lc 10,29).
 Jesús no responde con una definición, sino con una parábola. Con un relato en que
todos nos sentimos aludidos. Lo propio de todo relato evangélico es que en los personajes
que ahí aparecen nos identificamos cada uno de nosotros. Por eso su valor universal y
extratemporal. En este caso, el relato es la parábola del Buen Samaritano, y las
consecuencias que ahí se desprenden sobre el concepto del prójimo son válidas para
todos. El «vete y haz tú lo mismo» (Lc 10,37) no es sólo una exigencia para el doctor de la
Ley, sino también para mí.
 La meditación de esta parábola (/Lc/10/30-35) nos conduce al descubrimiento del prójimo según el criterio de Jesús.
 

 El prójimo como pobre

Mi prójimo es aquel que tiene derecho a esperar algo de mí.
Aquel que Dios pone en el camino de mi historia personal. En algún sentido todo hombre es
potencialmente prójimo (aunque viva en otro continente y yo nunca lo haya encontrado),
pero prójimo real e históricamente es el que yo encuentro en mi vida pues sólo en este caso
hay derecho al acto del amor fraterno. La fraternidad cristiana es una disposición a hacer
de cualquier persona (mi prójimo), si se presenta la ocasión.
 El prójimo es el necesitado. En la parábola del samaritano el necesitado es un judío
expoliado y herido. En la parábola del juicio final (Mt 25,31ss) es el hambriento, el sediento,
el enfermo, el exiliado, el encarcelado. En forma muy especial, el prójimo es el pobre, en el
cual Jesús se revela como necesitado. «Lo que hicieron con algunos de estos mis
hermanos más pequeños, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40).
 Hay necesitados (pobres) «ocasionales» y «permanentes». No sabemos si el judío
herido de la parábola era sociológicamente pobre; podemos incluso presumir que no lo era,
ya que si fue robado es porque llevaba dinero. Pero en el momento del encuentro con el
samaritano era un pobre y necesitado. Tenía derecho a ser tratado como prójimo. Los ricos
y poderosos son mis prójimos cuando necesitan de mí, aunque sea ocasionalmente. Dar
ayuda a un capitalista o un gobernante perseguido por cambios políticos, cualquiera que
sea su ideología, es un deber cristiano; es tratarlo como prójimo.
Pero la mayoría son pobres y necesitados «permanentes». Son
explotados, marginados y empobrecidos por la sociedad. Son los discriminados por las
ideologías y por el poder. La opción por el pobre que nos ordena el Evangelio es servir a
ese prójimo no sólo  como personas, sino como situaciones sociales. Hoy nuestro prójimo
es también colectivo. El judío herido y empobrecido es una situación permanente. Son los
obreros, los campesinos, los indios, los subproletarios...
 La opción cristiana no es por la pobreza, porque la pobreza no existe como tal. La opción
es por el pobre, sobre todo el pobre «permanente», que está en mi camino y que forma
parte de mi sociedad, el cual tiene derecho a esperar de mí. El hecho del pobre como
prójimo colectivo le da a la caridad fraterna su exigencia social y política. Para el Evangelio
el compromiso sociopolítico del cristiano es a causa del pobre. La política es la liberación
del necesitado.

 La exigencia de «hacerse hermano»

 Al terminar de contar la parábola al doctor de la Ley, Jesús le dirige una pregunta que
nos podría sorprender: «¿Cuál de estos tres se portó como prójimo (hermano) del hombre
que cayó en manos de los salteadores?» (/Lc/10/36).
 Quiere decir que los tres no fueron hermanos del herido. Podrían haberlo sido, pero de
hecho lo fue «el que se mostró compasivo con él» (Lc 10,37). El sacerdote no es hermano
del judío, y tampoco el levita. El samaritano, sí. Para Jesús, el ser hermano de los demás
no es algo «automático», como un derecho adquirido. No somos hermanos de los otros
mientras no actuemos como tales. Debemos hacernos hermanos de los demás.
El cristianismo no nos enseña que «de hecho» ya somos
hermanos. Querrá decir entonces que enseña una irrealidad. La experiencia del odio, la
división, la injusticia y la violencia que vemos cada día nos hablan de lo contrario. No
somos hermanos, pero podemos serlo. Esa es la enseñanza y la capacidad que nos da el
Evangelio: Jesús nos exige, y nos da la fuerza para «hacernos hermanos». Pero el serlo de
hecho depende de nuestra actitud de «mostrarnos caritativos», comprometiéndonos con el otro.
 El pecado del sacerdote y del levita no fue el no tener sentimientos de compasión.
Habitualmente, todo hombre los tiene. Fue el haber evitado el encuentro con el necesitado,
poniéndose en situación de no tener que comprometerse («... al verlo pasó por el otro lado
de la carretera y siguió de largo...», Lc 10,31). Esta actitud les impidió hacerse hermanos
(prójimos) del judío herido.
 El samaritano fue hermano del herido. No por su religión (el sacerdote, el levita y el judío
tenían la misma religión; el samaritano era un hereje), ni por su raza o nacionalidad o
ideología (era precisamente el único de los tres que no la compartía con el judío), sino por
su actitud caritativa.
 Mi prójimo no es el que comparte mi religión, mi patria, mi familia o mis ideas. Mi prójimo
es aquel con el cual yo me comprometo
Nos hacemos hermanos cuando nos comprometemos con los que tienen necesidad de
nosotros, y tanto más cuanto más total es el compromiso. El samaritano no se contentó con
«salir del paso» a medias. Lo curó, lo vendó, lo cargó, lo llevó a una posada y pagó todo lo
necesario (Lc 10,3-35).
 El compromiso en el amor es la medida de la fraternidad. No somos hermanos si no
sabemos ser eficazmente compasivos hasta el fin.
 Para acercarse al judío, el samaritano tuvo que hacer un esfuerzo por salir de sí. Por
aliviarse de su raza, su religión, sus prejuicios. «... Hay que saber que los judíos no se
comunican con los samaritanos...» (Jn 4,9). Tuvo que dejar de lado su mundo y sus
intereses inmediatos. Abandonó sus planes de viaje, entregó su tiempo y dinero. En cuanto
al sacerdote y el levita, no sabemos si eran peores o mejores que el samaritano, pero si
sabemos que no salieron de «su mundo». Sus proyectos, que no quisieron trastornar
interrumpiendo su camino, eran más importantes para ellos que el llamado a hacerse
hermano del herido; sus funciones rituales y religiosas las consideraron por encima de la
caridad fraterna.
 El hacerse hermano del otro supone salir de «nuestro mundo» para entrar en «el mundo
del otro». Entrar en su cultura, su mentalidad, sus necesidades, su pobreza. El hacerse
hermano supone sobre todo entrar en el mundo pobre. La fraternidad es tan exigente y
difícil porque no consiste sólo en prestar un servicio exterior, sino en un gesto de servicio
que nos compromete, que nos arranca de nosotros mismos para hacernos solidarios con la
pobreza del otro. Del pobre nos separa nuestro mundo de riqueza, de saber y de poder.
Nos separan también las formas de convivencia y los prejuicios de una sociedad
desintegrada, clasista y estratificadamente injusta.
 Hacerse hermano del otro en cuanto pobre y necesitado, como éxodo de mi mundo,
adquiere las características de una reconciliación. Al tratar como prójimo al judío, el
samaritano se reconcilia con él, y en principio con los de su raza. Cada vez que hacemos
del otro nuestro prójimo y hermano, en circunstancias de conflicto y división personal,
comunitario o social, nos reconciliamos con él. Que el rico se haga hermano del pobre
significa que le hace justicia, estableciendo el proceso de una reconciliación social. Lo
mismo habría que decir de los políticos separados por ideologías o de las razas y
nacionalidades adversarias.
  La noción de prójimo proclamada por Jesús en su respuesta al doctor de la Ley
conduce a la fraternidad universal, a la justicia y a la reconciliación. Hacernos prójimos del
pobre y necesitado es la exigencia que nos plantea la interpretación que el mismo Cristo da
al segundo mandamiento de la Ley. Esta exigencia es para cada uno de nosotros: «Vete y
haz tú lo mismo» (Lc 10, 37)

viernes, 15 de junio de 2012

Imagenes de Dios reveladas por Jesús

     En un intento de apretada síntesis intentamos presentar las imágenes de Dios que se derivan de la predicación de Jesucris­to.

Espero que tu atenta lectura pueda enriquecer la presentación que te ofrecemos. Pero, recuerda, este enriquecimiento debe nacer de tu experiencia de fe, de tu diario profundizar en la Palabra de Dios... No sólo y exclusivamente de tus saberes racionales por muy fundados que estén en la reflexión teológica. En definitiva, te invitamos no sólo a pensar sino a orar.

Presentaremos dos grandes imágenes y concluiremos en lo más propio de la predicación de Jesús:  

1)      ADios, Roca firme@;
2)      ALas Manos de Dios@ que atienden nuestras vidas:
- Manos de Alfarero -nos crea-;
- Manos de Pastor -nos guía-;
- Manos de Viñador -nos poda-;
- Manos de Padre y Madre -nos acaricia-.


1)  DIOS ROCA FIRME

El Señor es mi roca y mi fortaleza,
mi libertador;
mi Dios, la roca que me protege,
mi escudo, mi fuerza salvadora,
mi ciudadela, mi refugio;
el que me salva de los que me acosan...
(2 Sam. 22, 2)

Roca significa, ante todo, cimiento sobre el que se puede construir sólidamente una casa. Aplicada a Dios indica que sólo en Él se puede fundar establemente tu vida (construir sobre roca: Mt 7, 24-27).

Los salmos, calificando frecuentemente a Dios como Roca, Peña, subrayan la necesidad de apoyarse en Dios para que no se resquebra­je la vida. Si tratas de cimentarte sobre ídolos, construyes en el vacío. Roca, Piedra, reconocimiento, pues, de la primacía de Dios, reconoci­miento de su Señorío fundante.

Y si, a veces, construir la ca­sa sobre Dios Roca da miedo o parece una empresa imposible, piensa que Él acompaña tu queha­cer: *Si el Señor no cons­truye la casa, en vano se can­san los albañiles...+ (Sal. 127).

Dios Roca, es una imagen que despierta la actitud de confian­za. En Él todas nuestras esperan­zas porque sólo Él salva: Is. 26, 4; 30, 29; 44, 8.

Recuerda que en la Palabra de Dios:

-        Lo contrario a la fe es el miedo (no la in­creencia). Dios se presenta como Aquél que te puede liberar del mie­do. La fe es, preci­samente, apoyarse en Al­guien en quien se confía plenamente para fundar en Él la propia vida y bus­car solamente en Él la estabilidad, seguridad, protección que toda vida necesita.

-        Lo contrario a la verdad es la mentira y la vanidad (no el error), es decir, aque­llo que no tiene solidez.


2) LAS MANOS DE DIOS

Hay tres imágenes en la Palabra que describen Alas manos de Dios@, imágenes populares pero de gran sabiduría teológica. Todas ellas te dicen que, a pesar de las oscuridades de tu vida, no estás a la intemperie, no pisas en el vacío, sino que estás resguardado y caminas alentado por un Misterio amoroso que te acoge incondicional­mente: Dios es Amor.

                             a)      Manos de Alfarero:

Is. 45, 9; 64, 8  y Rom. 9, 20-21 afirman que Dios tiene manos de Alfarero. La Iglesia también canta:

Alfarero del hombre, mano trabajadora,
  que de los hon­dos limos iniciales,
  convocas a los pájaros a la primera au­rora,
  al pasto los primeros ani­males...+

Con mimo repetirán los Sal­mos que Dios lo ha hecho todo con sus manos. Con júbilo excla­marán que todo lo creado es *obra de sus manos+ (Sal. 91) y el cielo es *obra de sus dedos+ (Sal. 8). Y, por eso, por ser cada cosa moldeada, acariciada y cuidada por el Señor, la creación es buena. Siete veces proclama la bondad de lo creado la prime­ra página de nuestra Biblia.

Pero hay una obra que no sólo es buena, sino muy buena: tú.  También eres obra de sus manos: *El nos hizo y somos suyos+ (Sal. 99, 3); *tus manos me hicieron y me formaron+, exclamará Job (10, 8). Y, por eso, el asombro del salmista: *)Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder? Lo hiciste po­co inferior a los ángeles...todo lo sometiste a su pies (Sal. 8). Asom­bro porque te creó por amor, te llamó a la vida, te mo­deló a su imagen, la labró en ti: es tu dignidad. Y, por eso, con­fianza, confianza radical (fe) en el Dios que te engendró.

Eres *obra buena+. Te engen­dró con sus manos. Te conoce: todos tus recovecos y escondri­jos, tus entrañas. *El sabe de que estamos plasmados, se acuer­da de que somos polvo+ (Sal. 103, 14); *modeló cada corazón y com­prende todas sus acciones+ (Sal. 32).

Él, el Alfarero, conoce de qué pasta estás hecho. Sabe, por­que eres su hechura, cuál es tu fragilidad. Por eso:

No temas. Te he llamado por tu nombre.
Si pasas por las agua­s, yo estoy contigo.
Eres precioso a mis ojos, eres esti­mado y yo te amo.
No temas, yo estoy contigo*. (Is. 43, 1-7)

Te llamó desde la nada por­que eres precioso a sus ojos. Y al crear­te soñó para ti un pro­yecto de vida auténtica, buena y bella. )Te atreves a vivir su sue­ño?

                            b)      Manos de Pastor:

Manos que conducen, vigoro­sas y seguras. *El Señor es mi pastor que me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas+ (Sal. 23). Manos que te acompañan a lo largo de la vida: no sólo te crea como Alfarero, sino que continuamente te guía por los senderos de la vida. El siempre va contigo, *somos su rebaño que Él guía + (Sal. 94). Son las suyas manos fuertes: puedes sentirte seguro.
Pero, también, manos áspe­ras que a veces te conducen por *cañadas oscuras+ y te llevan por caminos que no compren­des. Porque, como dice Isaías:

Mis planes no son vuestros planes,
mis caminos no son vuestros caminos.
Como el cie­lo está por encima de la tierra,
mis caminos son más altos que los vuestros,
mis planes más que vuestros planes+ (Is. 55, 8-9)

Manos, pues, que te descon­ciertan; manos del Dios inaccesi­ble y misterioso, que te sobrepa­sa; al que nunca puedes llegar a entender del todo. El Dios que es siempre más grande y que te sorprende. Con Isaías: *en ver­dad, Tú eres un Dios escondido+ (Is. 45, 15).

Es el Dios de la sorpresa y la continua novedad. Este Dios que te conduce donde quiere, al que nunca puedes manipular y del que nunca puedes disponer, acom­paña siempre en tu cami­nar. Es tu Dios Amigo fiel. Y Je­sús dirá: AYo soy el buen pastor. El buen Pastor da la vida por sus ove­jas...@ (Jn. 10, 11 ss. Lee, medita, ora, escribe) 


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LA IMAGEN DE DIOS REVELADA POR JESÚS