Mostrando entradas con la etiqueta Fe. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fe. Mostrar todas las entradas

jueves, 20 de junio de 2013

Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor.

Palabra de Dios:  ...Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume...
Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella, en cambio, me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama.»
Y a ella le dijo: «Tus pecados están perdonados.» Pero Jesús dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz.»
COMENTARIO:
Una de las palabras claves que ha estado
presente en los saludos y discursos del recién
nombrado Papa Francisco ha sido la misericordia.
Nos ha querido presentar a Dios Padre como
Señor de la misericordia y éste parece que puede
ser uno de los ejes de su pontificado. El evangelio
de hoy nos permite profundizar precisamente en esta concepción de Dios. Dios, que es
misericordioso, está presto siempre a perdonar porque es grande el amor que nos
tiene.
Hemos escuchado una parábola que refuerza un hecho vivencial entre Jesús y
la mujer pecadora en casa de un fariseo. La exégesis del texto nos hace pensar en una
invitación más formal que amistosa, de cumplimiento más que celebrativa. No
podemos asegurarlo, pero parece que hay intereses creados en esta invitación del
fariseo. Y decimos esto porque faltan todos os elementos propios de una acogida en
condiciones y que Jesús no duda en reprochar a su anfitrión. ¿Qué podemos decir de nuestras celebraciones?
Por otra parte, nos encontramos con la mujer pecadora. De entrada,
compromete la relación del fariseo con Jesús como ya veíamos antes. El fariseo, junto
con los demás invitados presentes, desconfía de Jesús porque no sabe que la mujer
que se le ha acercado es una mujer pecadora. O ponen en entredicho su condición de
profeta o quieren pillarle en renuncio tras la situación en la que se ve comprometido.
Ni lo uno ni lo otro.
¿Cuál ha sido la actitud de esta mujer? Se ha saltado todas las normas y roto
todos los protocolos. Vence sus miedos y se presenta con su verdadera condición ante Jesús. No dice ni una sola palabra, pero sus gestos hablan claro. Se sabe pecadora y sabe también que Jesús es quien puede perdonarle. Y efectivamente, su osadía y atrevimiento que le lleva a ponerse delante de Dios –su fe podríamos decir hoy‐ son signo del
amor a Dios que esta mujer confiesa con esa multitud de gestos para con Jesús. El fruto es
el perdón de Dios y, por tanto, el de una mujer reconstruida en su persona que puede
marchar en paz.
 
Mikel Uriarte, sdb

jueves, 30 de mayo de 2013

EN MEDIO DE LA CRISIS

2 de junio de 2013
El Cuerpo y la Sangre de Cristo
Lucas 9, 11 -17
 
La crisis económica va a ser larga y dura. No nos hemos de engañar. No podremos mirar a otro lado. En nuestro entorno más o menos cercano nos iremos encontrando con familias obligadas a vivir de la caridad, personas amenazadas de desahucio, vecinos golpeados por el paro, enfermos sin saber cómo resolver sus problemas de salud o medicación.

Nadie sabe muy bien cómo irá reaccionando la sociedad. Sin duda, irá creciendo la impotencia, la rabia y la desmoralización de muchos. Es previsible que aumenten los conflictos y la delincuencia. Es fácil que crezca el egoísmo y la obsesión por la propia seguridad.

Pero también es posible que vaya creciendo la solidaridad. La crisis nos puede hacer más humanos. Nos puede enseñar a compartir más lo que tenemos y no necesitamos. Se pueden estrechar los lazos y la mutua ayuda dentro de las familias. Puede crecer nuestra sensibilidad hacia los más necesitados. Seremos más pobres, pero podemos ser más humanos.

En medio de la crisis, también nuestras comunidades cristianas pueden crecer en amor fraterno. Es el momento de descubrir que no es posible seguir a Jesús y colaborar en el proyecto humanizador del Padre sin trabajar por una sociedad más justa y menos corrupta, más solidaria y menos egoísta, más responsable y menos frívola y consumista.

Es también el momento de recuperar la fuerza humanizadora que se encierra en la eucaristía cuando es vivida como una experiencia de amor confesado y compartido. El encuentro de los cristianos, reunidos cada domingo en torno a Jesús, ha de convertirse en un lugar de concienciación y de impulso de solidaridad práctica.

La crisis puede sacudir nuestra rutina y mediocridad. No podemos comulgar con Cristo en la intimidad de nuestro corazón sin comulgar con los hermanos que sufren. No podemos compartir el pan eucarístico ignorando el hambre de millones de seres humanos privados de pan y de justicia. Es una burla darnos la paz unos a otros olvidando a los que van quedando excluidos socialmente.

La celebración de la eucaristía nos ha de ayudar a abrir los ojos para descubrir a quiénes hemos de defender, apoyar y ayudar en estos momentos. Nos ha de despertar de la “ilusión de inocencia” que nos permite vivir tranquilos, para movernos y luchar solo cuando vemos en peligro nuestros intereses. Vivida cada domingo con fe, nos puede hacer más humanos y mejores seguidores de Jesús. Nos puede ayudar a vivir la crisis con lucidez cristiana, sin perder la dignidad ni la esperanza. 
José Antonio Pagola.


martes, 21 de mayo de 2013

Por qué te adoro


Porque nos amas, tú el pobre.
Porque nos sanas, tú herido de amor.
Porque nos iluminas, aun oculto,
cuando la misericordia enciende el mundo.
Porque nos guías, siempre delante,
siempre esperando,
te adoro.

Porque nos miras desde la congoja
y nos sonríes desde la inocencia.
Porque nos ruegas desde la angustia
de tus hijos golpeados,
nos abrazas en el abrazo que damos
y en la vida que compartimos
te adoro.

Porque me perdonas más que yo mismo,
porque me llamas, con grito y susurro
y me envías, nunca solo.
Porque confías en mí,
tú que conoces mi debilidad
te adoro.

Porque me colmas
y me inquietas.
Porque me abres los ojos
y en mi horizonte pones tu evangelio.
Porque cuando entras en ella, mi vida
es plena
te adoro.
José M. R. Olaizola

viernes, 19 de abril de 2013

NANCY AMANCIO. Esto es confiar

 

CONFIAR. Es lo más básico para vivir. Es algo que hacemos todos los días: confiamos que saldrá el sol, que tendremos «el pan de cada día» o que podremos buscarlo, que podremos aportar algo a nuestro mundo. Para los creyentes, la llave de la confianza está en Dios: en Él nos podemos apoyar siempre, a Él podemos acudir siempre, de Él nos podemos fiar siempre. Como Pedro, cuando en medio del mar tuvo miedo...

 

miércoles, 20 de febrero de 2013

Hubo un tiempo


Hubo un tiempo de mi vida
en el que estuve convencida de la fuerza de la denuncia,
en el que creía que había que desenmascarar injusticias,
cayera quien cayera.
Hay que enfrentar a cada persona con su verdad, pensaba,
hay que ser exigentes , firmes, claros;
Para cambiar a una persona, hay que hacerle ver sus fallos,
hay que ayudarle a conocer
sus obligaciones y responsabilidades.
Sin darme cuenta, me situaba en el grupo sombrío
de los que juzgan, exigen y condenan,
de los que murmuran de Jesús
porque comía con gentuza
y no les recordaba el cumplimiento de la Ley
ni les reprochaba su conducta.

La vida y, sobre todo el Evangelio, su Palabra, me han ido enseñando
que ese es un camino cojo
porque la verdad, sin amor, deja de ser verdad.
He ido aprendiendo que todos nos defendemos y nos blindamos
cuando, desde fuera, pretenden invadirnos o cambiarnos.
En cambio, cuando alguien se nos acerca
sin pretender nada de nosotros, gratuitamente,
cuando alguien nos ofrece su respeto y su confianza,
cuando el mensaje que leemos en sus ojos
es que está dispuesto a querernos tal como somos
y a aceptarnos sin condiciones,
entonces se esponja en nosotros
nuestra identidad más verdadera,
y florece lo mejor que llevamos dentro.
Sólo entonces comenzamos a creer que nos es posible cambiar,
sólo entonces recobramos la confianza en nosotros mismos,
sólo entonces se realiza el milagro
de ser también nosotros capaces de confiar en los demás.

Sólo entonces Alguien nos llama por nuestro nombre
y nos invita a transformar este mundo,
lleno de zarzas y de maleza en una tierra acogedora,
en la que nadie se sienta excluido.
Sólo entonces mi vida entera y la de mis hermanos se convierte
en un camino duro y trabajoso, lento y paciente, hacia esa meta.
Pero en medio del esfuerzo y las dificultades,
contamos con una ráfaga que nos viene de otra parte,
con el Espíritu de Dios mismo
que impulsa nuestro peregrinar hacia el horizonte.
Y no tengo otra misión que la de convertirme
en cauce de ese amor, en canal de acogida, comprensión,
que no es mía, que no es nuestra
pero que nos habita.

 

 

viernes, 18 de enero de 2013

Tu eres Señor mi fortaleza, mi Roca, mi Luz...

A veces la vida nos lleva por caminos dificiles, nos hace vivir experiencias de tristeza; la muerte de alguien querido, la enfermedad de quien amamos, la incomprensión de otros... Pero como Consuela dormirse sabiendo que el Señor es el guardian de nuestra Vida... 
 
Señor, ayúdame a vivir seguro de que Tú eres para mí guardián que nunca duerme, almena y escudo que me defiende, manos en cuya palma está escrito mi nombre.

            Quiero avanzar ha ia lo desconocido contando no con mis propias fuerzas, sino con la que me da la fe de que Tú sostienes a todos los que se atreven a fiarse de ti.

            Que tu palabra disipe todo lo que en mi cause cualquier temor, angustia o ansiedad, que me atreva a entregarte una confianza total, seguro de que esa firmeza que me ofreces no es una recompensa a mi esfuerzo, ni se deja conquistar, sino que es un don que Tú concedes gratuitamente a quien se atreve a fiarse de ti en medio de las tormentas de la vida.

            Haz que cuente siempre con tu presencia, que me fíe de ti antes de recibir signos, que acepte los medios débiles que Tú me ofreces y que recuerde siempre que eres Tú la Roca firme en la que se asienta mi debilidad y que sólo en ella voy a encontrar la fortaleza que necesito para construir mi propia existencia y para sostener y apoyar a otros.

            “¡Cuánto te amo, Señor, mi fortaleza!
            Señor, mi peña, mi alcázar, mi libertador, Dios mío, roca mía, refugio mío!
            ¿Mi fuerza salvadora, mi baluarte famoso!

            Señor, Tú enciendes mi lámpara; Dios mío Tú alumbras mis tinieblas. Fiado en ti me meto en la refriega, fiado en mi Dios asalto la muralla. Dios me ciñe de valor y hace perfecta mi conducta: Ensanchaste el camino ante mis pasos, y no flaquearon mis tobillos; me ceñiste de valor para la lucha, doblegaste a los que se me resistían; ¡Viva el Señor, bendita sea mi Roca, sea ensalzado mi Dios y Salvador!” (Del salmo 18).

martes, 18 de diciembre de 2012

Amar a Dios y al hermano.




 Nunca me fue fácil comprender por qué el tiempo de noviciado  estaba tan orientado a la oración y a la formación y, aparentemente, dejaba de lado el apasionante y envolvente mundo del apostolado y el servicio pastoral.
           Es cierto que en casa, todas tenemos nuestro servicio que prestar a la comunidad, desde las tareas domésticas hasta la ayuda que podamos ofrecer por los conocimientos o habilidades que cada una posee.

            Sin embargo, y a pesar de que colaboramos con una parroquia, animamos una Eucaristía de niños en un centro de protección infantil que guía una Congregación religiosa, y participamos en  un voluntariado con discapacitados, yo pensaba que teníamos que dedicar más tiempo al ámbito pastoral. No obstante comencé a comprender que no estaba del todo en lo cierto cuando alguien me habló, por cuarta o quinta vez, de la vida oculta de Jesús. Si Jesús no hubiese visto a su madre hacer pan en casa y meter la levadura en la masa ¿cómo habría comparado este fermento con el Reino?, y si nunca se hubiese detenido a contemplar la hermosura de los lirios o la abundancia de alimento de los pájaros ¿quién se lo habría advertido para que Él anunciara que el Padre a todos provee? Él, artesano durante su vida oculta, percibió que una casa construida sobre arena se viene abajo, mientras que los cimientos sobre roca aguantan lluvias y vendavales.

            Lo que Jesús ha ido recibiendo y aprendiendo durante ese tiempo de su vida del que los Evangelios guardan silencio, es lo que va ha hacer de él un hombre cercano a todos, cuyas palabras comprenden desde los más sencillos hasta los maestros de la ley. Es también el tiempo en que su intimidad con el Padre le va urgiendo a partirse y entregarse hasta el extremo, para dar a conocer a un Dios bueno que quiere que todos se salven y lleguen a conocerle.

            Ésta, creo que es, al menos en parte, la experiencia de trabajo y servicio en el noviciado, experiencia que escribe las notas a pie de página del gran libro de nuestra vida, que nos invita a desarrollar las virtudes que tanto nos aconsejó Mª Rosa Molas y que, decía ella, deben dar tono a todas nuestras acciones: sencillez, humildad y caridad, empezando por lo más cotidiano.

martes, 4 de diciembre de 2012

miércoles, 7 de noviembre de 2012

La Fe



La fe no es tanto “creer lo que no se ve” cuanto fiarse plenamente de alguien. Si te fías de Dios, tienes fe; si te fías del plan que te propone, del estilo de vida al que te llama, del perdón con que te besa, y del cariño que te brinda, entonces tienes fe. Si pones tu vida en sus manos, confiando en que quiere lo mejor para ti y que no hay un camino de mayor felicidad que ése, entonces tienes fe.

Pero claro, probablemente haya que ser santo para ello. No hay mejor definición de la santidad que ésa: el que se fía totalmente de Dios, por amor. Entonces, ¿Qué podemos hacer nosotros, pobres en amor? Quizá renunciar a tan alta empresa; quizá pedir humildemente esa confianza; quizá fiarnos de personas que se fían; o quizá alzar nuestra mano a Dios, mirarle con cariño, y dejar que nos lleve a dar una vuelta por la vida.

martes, 19 de junio de 2012

SEGUIR A JESÚS EN MI HERMANO


 
«... El maestro de la Ley contestó: 'Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con
toda tu alma, con toda tu fuerza y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo'. Jesús le dijo: 'Tu respuesta es exacta; haz eso y vivirás'. Pero él quiso dar el motivo de su
pregunta y dijo a Jesús: '¿Quién es mi prójimo...'» (/Lc/10/27-29).

La predicación de Jesús, cuyo tema central es el Reino de Dios, tiene por objeto hacer de
los hombres una fraternidad. Nos reveló que Dios es nuestro Padre, haciendo de esta
paternidad común la raíz de nuestra hermandad. Esta es una posibilidad real desde que
Cristo aparece en la historia como nuestro Hermano universal.
Al insistir absolutamente en el amor fraterno y en que todos
somos hermanos (Jn 13,34; Mt 23,8-9), y al subrayar el segundo mandamiento de la Ley
(«Amarás a tu prójimo como a ti mismo»; «amaos como yo os he amado», Lc 10,27; Jn
15,12), ha hecho del amor al prójimo el signo de la identidad cristiana y la prueba decisiva
de su seguimiento.
 Sus oyentes se plantearon sin duda la cuestión de saber quién era para el Maestro el
prójimo; qué extensión le daba a esa idea y cómo había que concretarla en la vida diaria.
Indudablemente, Jesús iba más allá del concepto veterotestamentario, en que el prójimo (el
hermano) era el amigo, el que participaba de la religión y la nacionalidad judía. La inquietud
de precisar «quién es mi prójimo», al cual debemos amar en hechos y no en palabras, creo
que es hoy igualmente importante para los cristianos y para los que sin serlo aceptan esta
exigencia básica de Jesús.
 Porque, en realidad, ¿quién es prójimo para nosotros en lo concreto de nuestra historia
personal? ¿Son nuestros amigos? ¿Los cristianos? ¿Nuestros ciudadanos? ¿O también los
habitantes de otros países (a los que nunca vemos), es decir, todos los hombres?
 Esta pregunta, que inquietaba especialmente a los oyentes de Cristo más críticos,
emerge en los labios de un doctor de la Ley como un cuestionamiento y una prueba de la
idea de prójimo que Jesús predicaba.
«Para ponerlo en apuros» (Lc 10,25ss) el letrado lo interroga sobre el segundo
mandamiento de la Ley, semejante al primero: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Pero
ésa no era la pregunta decisiva. Lo que al doctor de la Ley le interesaba saber era la idea
que Jesús se hacía del «prójimo», idea hasta ahora, al parecer, nunca explicitada
claramente: «Queriendo dar el motivo de su pregunta, dijo a Jesús: '¿Quién es mi prójimo?'» (Lc 10,29).
 Jesús no responde con una definición, sino con una parábola. Con un relato en que
todos nos sentimos aludidos. Lo propio de todo relato evangélico es que en los personajes
que ahí aparecen nos identificamos cada uno de nosotros. Por eso su valor universal y
extratemporal. En este caso, el relato es la parábola del Buen Samaritano, y las
consecuencias que ahí se desprenden sobre el concepto del prójimo son válidas para
todos. El «vete y haz tú lo mismo» (Lc 10,37) no es sólo una exigencia para el doctor de la
Ley, sino también para mí.
 La meditación de esta parábola (/Lc/10/30-35) nos conduce al descubrimiento del prójimo según el criterio de Jesús.
 

 El prójimo como pobre

Mi prójimo es aquel que tiene derecho a esperar algo de mí.
Aquel que Dios pone en el camino de mi historia personal. En algún sentido todo hombre es
potencialmente prójimo (aunque viva en otro continente y yo nunca lo haya encontrado),
pero prójimo real e históricamente es el que yo encuentro en mi vida pues sólo en este caso
hay derecho al acto del amor fraterno. La fraternidad cristiana es una disposición a hacer
de cualquier persona (mi prójimo), si se presenta la ocasión.
 El prójimo es el necesitado. En la parábola del samaritano el necesitado es un judío
expoliado y herido. En la parábola del juicio final (Mt 25,31ss) es el hambriento, el sediento,
el enfermo, el exiliado, el encarcelado. En forma muy especial, el prójimo es el pobre, en el
cual Jesús se revela como necesitado. «Lo que hicieron con algunos de estos mis
hermanos más pequeños, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40).
 Hay necesitados (pobres) «ocasionales» y «permanentes». No sabemos si el judío
herido de la parábola era sociológicamente pobre; podemos incluso presumir que no lo era,
ya que si fue robado es porque llevaba dinero. Pero en el momento del encuentro con el
samaritano era un pobre y necesitado. Tenía derecho a ser tratado como prójimo. Los ricos
y poderosos son mis prójimos cuando necesitan de mí, aunque sea ocasionalmente. Dar
ayuda a un capitalista o un gobernante perseguido por cambios políticos, cualquiera que
sea su ideología, es un deber cristiano; es tratarlo como prójimo.
Pero la mayoría son pobres y necesitados «permanentes». Son
explotados, marginados y empobrecidos por la sociedad. Son los discriminados por las
ideologías y por el poder. La opción por el pobre que nos ordena el Evangelio es servir a
ese prójimo no sólo  como personas, sino como situaciones sociales. Hoy nuestro prójimo
es también colectivo. El judío herido y empobrecido es una situación permanente. Son los
obreros, los campesinos, los indios, los subproletarios...
 La opción cristiana no es por la pobreza, porque la pobreza no existe como tal. La opción
es por el pobre, sobre todo el pobre «permanente», que está en mi camino y que forma
parte de mi sociedad, el cual tiene derecho a esperar de mí. El hecho del pobre como
prójimo colectivo le da a la caridad fraterna su exigencia social y política. Para el Evangelio
el compromiso sociopolítico del cristiano es a causa del pobre. La política es la liberación
del necesitado.

 La exigencia de «hacerse hermano»

 Al terminar de contar la parábola al doctor de la Ley, Jesús le dirige una pregunta que
nos podría sorprender: «¿Cuál de estos tres se portó como prójimo (hermano) del hombre
que cayó en manos de los salteadores?» (/Lc/10/36).
 Quiere decir que los tres no fueron hermanos del herido. Podrían haberlo sido, pero de
hecho lo fue «el que se mostró compasivo con él» (Lc 10,37). El sacerdote no es hermano
del judío, y tampoco el levita. El samaritano, sí. Para Jesús, el ser hermano de los demás
no es algo «automático», como un derecho adquirido. No somos hermanos de los otros
mientras no actuemos como tales. Debemos hacernos hermanos de los demás.
El cristianismo no nos enseña que «de hecho» ya somos
hermanos. Querrá decir entonces que enseña una irrealidad. La experiencia del odio, la
división, la injusticia y la violencia que vemos cada día nos hablan de lo contrario. No
somos hermanos, pero podemos serlo. Esa es la enseñanza y la capacidad que nos da el
Evangelio: Jesús nos exige, y nos da la fuerza para «hacernos hermanos». Pero el serlo de
hecho depende de nuestra actitud de «mostrarnos caritativos», comprometiéndonos con el otro.
 El pecado del sacerdote y del levita no fue el no tener sentimientos de compasión.
Habitualmente, todo hombre los tiene. Fue el haber evitado el encuentro con el necesitado,
poniéndose en situación de no tener que comprometerse («... al verlo pasó por el otro lado
de la carretera y siguió de largo...», Lc 10,31). Esta actitud les impidió hacerse hermanos
(prójimos) del judío herido.
 El samaritano fue hermano del herido. No por su religión (el sacerdote, el levita y el judío
tenían la misma religión; el samaritano era un hereje), ni por su raza o nacionalidad o
ideología (era precisamente el único de los tres que no la compartía con el judío), sino por
su actitud caritativa.
 Mi prójimo no es el que comparte mi religión, mi patria, mi familia o mis ideas. Mi prójimo
es aquel con el cual yo me comprometo
Nos hacemos hermanos cuando nos comprometemos con los que tienen necesidad de
nosotros, y tanto más cuanto más total es el compromiso. El samaritano no se contentó con
«salir del paso» a medias. Lo curó, lo vendó, lo cargó, lo llevó a una posada y pagó todo lo
necesario (Lc 10,3-35).
 El compromiso en el amor es la medida de la fraternidad. No somos hermanos si no
sabemos ser eficazmente compasivos hasta el fin.
 Para acercarse al judío, el samaritano tuvo que hacer un esfuerzo por salir de sí. Por
aliviarse de su raza, su religión, sus prejuicios. «... Hay que saber que los judíos no se
comunican con los samaritanos...» (Jn 4,9). Tuvo que dejar de lado su mundo y sus
intereses inmediatos. Abandonó sus planes de viaje, entregó su tiempo y dinero. En cuanto
al sacerdote y el levita, no sabemos si eran peores o mejores que el samaritano, pero si
sabemos que no salieron de «su mundo». Sus proyectos, que no quisieron trastornar
interrumpiendo su camino, eran más importantes para ellos que el llamado a hacerse
hermano del herido; sus funciones rituales y religiosas las consideraron por encima de la
caridad fraterna.
 El hacerse hermano del otro supone salir de «nuestro mundo» para entrar en «el mundo
del otro». Entrar en su cultura, su mentalidad, sus necesidades, su pobreza. El hacerse
hermano supone sobre todo entrar en el mundo pobre. La fraternidad es tan exigente y
difícil porque no consiste sólo en prestar un servicio exterior, sino en un gesto de servicio
que nos compromete, que nos arranca de nosotros mismos para hacernos solidarios con la
pobreza del otro. Del pobre nos separa nuestro mundo de riqueza, de saber y de poder.
Nos separan también las formas de convivencia y los prejuicios de una sociedad
desintegrada, clasista y estratificadamente injusta.
 Hacerse hermano del otro en cuanto pobre y necesitado, como éxodo de mi mundo,
adquiere las características de una reconciliación. Al tratar como prójimo al judío, el
samaritano se reconcilia con él, y en principio con los de su raza. Cada vez que hacemos
del otro nuestro prójimo y hermano, en circunstancias de conflicto y división personal,
comunitario o social, nos reconciliamos con él. Que el rico se haga hermano del pobre
significa que le hace justicia, estableciendo el proceso de una reconciliación social. Lo
mismo habría que decir de los políticos separados por ideologías o de las razas y
nacionalidades adversarias.
  La noción de prójimo proclamada por Jesús en su respuesta al doctor de la Ley
conduce a la fraternidad universal, a la justicia y a la reconciliación. Hacernos prójimos del
pobre y necesitado es la exigencia que nos plantea la interpretación que el mismo Cristo da
al segundo mandamiento de la Ley. Esta exigencia es para cada uno de nosotros: «Vete y
haz tú lo mismo» (Lc 10, 37)

viernes, 15 de junio de 2012

Imagenes de Dios reveladas por Jesús

     En un intento de apretada síntesis intentamos presentar las imágenes de Dios que se derivan de la predicación de Jesucris­to.

Espero que tu atenta lectura pueda enriquecer la presentación que te ofrecemos. Pero, recuerda, este enriquecimiento debe nacer de tu experiencia de fe, de tu diario profundizar en la Palabra de Dios... No sólo y exclusivamente de tus saberes racionales por muy fundados que estén en la reflexión teológica. En definitiva, te invitamos no sólo a pensar sino a orar.

Presentaremos dos grandes imágenes y concluiremos en lo más propio de la predicación de Jesús:  

1)      ADios, Roca firme@;
2)      ALas Manos de Dios@ que atienden nuestras vidas:
- Manos de Alfarero -nos crea-;
- Manos de Pastor -nos guía-;
- Manos de Viñador -nos poda-;
- Manos de Padre y Madre -nos acaricia-.


1)  DIOS ROCA FIRME

El Señor es mi roca y mi fortaleza,
mi libertador;
mi Dios, la roca que me protege,
mi escudo, mi fuerza salvadora,
mi ciudadela, mi refugio;
el que me salva de los que me acosan...
(2 Sam. 22, 2)

Roca significa, ante todo, cimiento sobre el que se puede construir sólidamente una casa. Aplicada a Dios indica que sólo en Él se puede fundar establemente tu vida (construir sobre roca: Mt 7, 24-27).

Los salmos, calificando frecuentemente a Dios como Roca, Peña, subrayan la necesidad de apoyarse en Dios para que no se resquebra­je la vida. Si tratas de cimentarte sobre ídolos, construyes en el vacío. Roca, Piedra, reconocimiento, pues, de la primacía de Dios, reconoci­miento de su Señorío fundante.

Y si, a veces, construir la ca­sa sobre Dios Roca da miedo o parece una empresa imposible, piensa que Él acompaña tu queha­cer: *Si el Señor no cons­truye la casa, en vano se can­san los albañiles...+ (Sal. 127).

Dios Roca, es una imagen que despierta la actitud de confian­za. En Él todas nuestras esperan­zas porque sólo Él salva: Is. 26, 4; 30, 29; 44, 8.

Recuerda que en la Palabra de Dios:

-        Lo contrario a la fe es el miedo (no la in­creencia). Dios se presenta como Aquél que te puede liberar del mie­do. La fe es, preci­samente, apoyarse en Al­guien en quien se confía plenamente para fundar en Él la propia vida y bus­car solamente en Él la estabilidad, seguridad, protección que toda vida necesita.

-        Lo contrario a la verdad es la mentira y la vanidad (no el error), es decir, aque­llo que no tiene solidez.


2) LAS MANOS DE DIOS

Hay tres imágenes en la Palabra que describen Alas manos de Dios@, imágenes populares pero de gran sabiduría teológica. Todas ellas te dicen que, a pesar de las oscuridades de tu vida, no estás a la intemperie, no pisas en el vacío, sino que estás resguardado y caminas alentado por un Misterio amoroso que te acoge incondicional­mente: Dios es Amor.

                             a)      Manos de Alfarero:

Is. 45, 9; 64, 8  y Rom. 9, 20-21 afirman que Dios tiene manos de Alfarero. La Iglesia también canta:

Alfarero del hombre, mano trabajadora,
  que de los hon­dos limos iniciales,
  convocas a los pájaros a la primera au­rora,
  al pasto los primeros ani­males...+

Con mimo repetirán los Sal­mos que Dios lo ha hecho todo con sus manos. Con júbilo excla­marán que todo lo creado es *obra de sus manos+ (Sal. 91) y el cielo es *obra de sus dedos+ (Sal. 8). Y, por eso, por ser cada cosa moldeada, acariciada y cuidada por el Señor, la creación es buena. Siete veces proclama la bondad de lo creado la prime­ra página de nuestra Biblia.

Pero hay una obra que no sólo es buena, sino muy buena: tú.  También eres obra de sus manos: *El nos hizo y somos suyos+ (Sal. 99, 3); *tus manos me hicieron y me formaron+, exclamará Job (10, 8). Y, por eso, el asombro del salmista: *)Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder? Lo hiciste po­co inferior a los ángeles...todo lo sometiste a su pies (Sal. 8). Asom­bro porque te creó por amor, te llamó a la vida, te mo­deló a su imagen, la labró en ti: es tu dignidad. Y, por eso, con­fianza, confianza radical (fe) en el Dios que te engendró.

Eres *obra buena+. Te engen­dró con sus manos. Te conoce: todos tus recovecos y escondri­jos, tus entrañas. *El sabe de que estamos plasmados, se acuer­da de que somos polvo+ (Sal. 103, 14); *modeló cada corazón y com­prende todas sus acciones+ (Sal. 32).

Él, el Alfarero, conoce de qué pasta estás hecho. Sabe, por­que eres su hechura, cuál es tu fragilidad. Por eso:

No temas. Te he llamado por tu nombre.
Si pasas por las agua­s, yo estoy contigo.
Eres precioso a mis ojos, eres esti­mado y yo te amo.
No temas, yo estoy contigo*. (Is. 43, 1-7)

Te llamó desde la nada por­que eres precioso a sus ojos. Y al crear­te soñó para ti un pro­yecto de vida auténtica, buena y bella. )Te atreves a vivir su sue­ño?

                            b)      Manos de Pastor:

Manos que conducen, vigoro­sas y seguras. *El Señor es mi pastor que me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas+ (Sal. 23). Manos que te acompañan a lo largo de la vida: no sólo te crea como Alfarero, sino que continuamente te guía por los senderos de la vida. El siempre va contigo, *somos su rebaño que Él guía + (Sal. 94). Son las suyas manos fuertes: puedes sentirte seguro.
Pero, también, manos áspe­ras que a veces te conducen por *cañadas oscuras+ y te llevan por caminos que no compren­des. Porque, como dice Isaías:

Mis planes no son vuestros planes,
mis caminos no son vuestros caminos.
Como el cie­lo está por encima de la tierra,
mis caminos son más altos que los vuestros,
mis planes más que vuestros planes+ (Is. 55, 8-9)

Manos, pues, que te descon­ciertan; manos del Dios inaccesi­ble y misterioso, que te sobrepa­sa; al que nunca puedes llegar a entender del todo. El Dios que es siempre más grande y que te sorprende. Con Isaías: *en ver­dad, Tú eres un Dios escondido+ (Is. 45, 15).

Es el Dios de la sorpresa y la continua novedad. Este Dios que te conduce donde quiere, al que nunca puedes manipular y del que nunca puedes disponer, acom­paña siempre en tu cami­nar. Es tu Dios Amigo fiel. Y Je­sús dirá: AYo soy el buen pastor. El buen Pastor da la vida por sus ove­jas...@ (Jn. 10, 11 ss. Lee, medita, ora, escribe) 


Curso de agentes de pastoral vocacional,Confer,Madrid
LA IMAGEN DE DIOS REVELADA POR JESÚS