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martes, 5 de noviembre de 2013

Amaras a tu projimo como a ti mismo

 
Amar, nos parece que es una palabra y una forma de vida que está pasada de moda... Amar no es otra cosa que hacer a la otra persona lo que tu quieres que te hagan a ti mismo... Amar es ponerse en el lugar del otro, comprenderlo y hacerle la vida más fácil...

sábado, 28 de septiembre de 2013

Tengo suerte, Señor, y lo sé


Tengo suerte, Señor, y lo sé. Tengo la suerte de conocerte, de conocer tus caminos, tu voluntad, tu Ley. La vida tiene sentido para mí, porque te conozco a ti, porque sé que este mundo difícil tiene una razón de ser, que hay una mano cariñosa que me sostiene, un corazón amigo que piensa en mí, y una presencia de eternidad día y noche dentro de mí. Conozco mi camino, porque te conozco a ti, y tú eres el Camino. El pensar en eso me hace caer en la cuenta de la suerte que tengo de conocerte y de vivir contigo.

Veo tal confusión a mi alrededor, Señor, tanta oscuridad y tanta duda y tal desorientación en la vida de gentes con las que trato, y en escritos que leo, que yo mismo a veces dudo y me confundo y me quedo ciego en la oscuridad de un mundo que no ve. La gente habla de sus vidas sin rumbo, de su falta de dirección, de seguridad, de certeza, de su sentirse a la deriva en un viaje que no sabe de dónde viene ni a dónde va, del vacío en su vida, de las sombras, de la nada. Todo eso me toca a mí de cerca, porque todo lo que sufre un hombre o una mujer lo sufro yo con solidaridad fraterna en la familia de la que tú eres Padre.

Mucha gente es en verdad “paja que arrebata el viento”, colgados tristemente de los caprichos de la brisa, de las exigencias de una sociedad competitiva, de las tormentas de sus propios deseos. Son incapaces de dirigir su propio curso y definir sus propias vidas. Tal es la enfermedad del hombre moderno y, según aprendo en tu Palabra, Señor, era también la enfermedad del hombre en la antigüedad cuando se escribió el primer Salmo. También aprendo allí el remedio que es tu palabra, tu voluntad, tu ley. La fe en ti es lo que da dirección y sentido y fuerza y firmeza. Sólo tú puedes dar tranquilidad al corazón del hombre, luz a su mente y dirección a sus pasos. Sólo tú puedes dar estabilidad en un mundo que se tambalea.

En ti encuentro las raíces que dan firmeza a mi vida. Tú me haces sentirme como “un árbol plantado al borde de las aguas”. Siento la corriente de tu gracia que me riega el alma y el cuerpo, hace florecer mi capacidad de pensar y de amar y convierte mis deseos en fruto cuando llega la estación y el sol de tu presencia bendice los campos que tú mismo has sembrado.

Necesito seguridad, Señor, en medio de este mundo amenazador en que vivo, y tu ley, que es tu voluntad y tu amor y tu presencia, es mi seguridad. Te doy gracias, Señor, como el árbol se las das al agua y a la tierra.

¡Que nunca “se marchiten mis hojas”, Señor!

(Carlos G.Vallés)
Imagen: Novicias y postulantes de la Congregación Hnas. de la Consolación

miércoles, 25 de septiembre de 2013

¿Vocación?



¿Qué entendemos por vocación y cómo identificarla?

Nadie viene a este mundo sin una vocación.  Más que una opción que se puede o no considerar, es la condición de posibilidad de una vida realizada. “La vocación es el pensamiento providente del Creador sobre cada criatura, es su idea-proyecto, como un sueño que está en el corazón de Dios, porque ama vivamente la criatura. Dios-Padre lo quiere distinto y específico para cada viviente” (Nuevas vocaciones para una nueva Europa, 13).

Identificarse con la propia vocación es una de las tareas más importantes en la vida de las personas. Se necesita para ello atención a los indicadores que pueden conducir a su descubrimiento, desarrollo y realización.  Se trata de algo dinámico, que no es ni independiente ni ajeno al propio esfuerzo por buscar la propia vocación.

La búsqueda vocacional legítima, comienza a 360º. Mirando todas las posibilidades que a uno se le plantean en la vida, mirando también al interior de uno mismo, en la propia conciencia, donde se disciernen los afectos y sentimientos, y desde donde se toman las decisiones que van marcando las opciones en la vida.

Nada de esto tiene que ver, por tanto, con el reclutamiento, las campañas de adhesión, las promesas de ventajas, la contratación, etc. La vocación no puede ser más que la decisión mutua por Dios que llama y propone y quien acepta la propuesta y la hace suya como respuesta de amor a quien primero pensó en él con amor.

Llegar a descubrir – no sin esfuerzo – la propia vocación, y seguirla con libertad y entrega generosa, cuenta con ayudas externas e internas que pueden mejorar – nunca sustituir – la tarea del discernimiento vocacional.

Vivir en grupo esta experiencia puede ser de gran ayuda. Quien desea encontrar su vocación, porque se siente llamado por Dios a vivir desde los valores del Evangelio su vida, se une a otros con el mismo deseo. Cada uno buscará lo que Dios le propone en su vida, escuchando la Palabra de Dios, meditándola, acogiéndola, mirando a su alrededor para identificar en qué lugar quiere Dios que viva su vida y cómo.

Una vez que se va discerniendo, acompañados, la propia vocación, se buscan experiencias que permitan profundizar las intuiciones vocacionales primeras, como respuesta concreta a las inquietudes vocacionales que van apareciendo: grupo de oración, grupo de fe, compromiso apostólico, voluntariado, experiencia de comunidad,…

Cada uno va realizando su camino de búsqueda sincera, de discernimiento vocacional y de acompañamiento espiritual.

La identificación con la vocación propia, la respuesta que cada uno ofrece a la llamada de Dios, lo sitúa en el camino correcto de vivencia en plenitud de su propia vida.
Tomado: http://sersalesiano.com

 

 

 

sábado, 31 de agosto de 2013

16 años de Fidelidad en el Señor



    Vivimos en una sociedad que parece haber olvidado la palabra Fidelidad. Cada día nos debatimos en una vorágine de relaciones personales, encuentros y desencuentros que cambian según nuestros intereses e incluso nuestros ---deseos... Hoy hace 16 años, que un grupo de novicias nos consagramos al Señor...Que nadie piense que llevamos 16 años de nuestra vida cantando, pero tampoco llorando por los rincones...Atraídas por la fuerza del amor de Cristo, hemos caminado en fe, hacia la donación generosa de nuestra vida para bien de los demás...Quizás después de estos años una piensa, ¿Qué he hecho Señor? Posiblemente cada una personalmente hayamos hecho muchas "cosas", pero al final de la vida, que nunca sabremos si será hoy mismo, sólo nos queda cuanto hemos amado, cuanto hemos consolado, cuanta Misericordia hemos derramado en nuestra propia vida y en los demás...

De ese día, 31 Agosto 1997, quedan en la memoria muchas imágenes; los nervios por el momento, la seriedad de la Consagración, la grandeza de Dios en cada una de nuestras vidas, esa "nube de gente" que nos acompañaba, familias y hermanas...Pero sin duda, las palabras del Celebrante nos llenaron de esperanza, de alegría y de confianza en Dios mismo que ese día y ya, cada día de nuestras vidas, nos Consagraría.

"A la Eucaristía hoy se añade una nueva maravilla: la profesión en la Congregación de Ntra. Sra. de la Consolación de nuestras Hnas. Esta Eucaristía de hoy está iluminada por la llama de estas SIETE LAMPARAS como si repitiera presencia aquel histórico candelabro de los siete brazos que Israel acercaba al Santísimo del Templo. De un sólo pie arrancaban prolongaciones que terminaban en la siete lámparas; de un soporte rico en años y en vigor único por el Carisma de Consolar y multiplicado en Geografía, culturas y gentes en una Congregación que tiene su raíz en la santidad de Mª Rosa Molas y su taller, en la MISERICORDIA y CONSOLACIÓN eternas y divinas que anhela hacerlas caminar por toda la tierra y visitar a todos los hombres para dejarlos inundados por el consuelo de Dios; de este soporte UNO arranca estas SIETE HERMANAS nuestras que profesan...

Estas siete Hnas. nuestras están convencidas de que no siete, sino 70 veces siete en la medida de la MISERICORDIA y del PERDÓN pues así de ancha es la MISERICORDIA de Dios, convencidas de que siete veces al día alabará el justo a su Señor, digamos " 70 veces siete", digamos SIEMPRE, pues siempre se es HIJA DEL PADRE DIOS.

Habéis querido que presidiera la MESA DE LA PALABRA un fragmento del capítulo 15 del Evangelio de San Juan:

  1. Son palabras del Maestro pertenecientes a las ULTIMAS HORAS que Él permanece con sus discípulos. Tiene la SERENIDAD y GRAVEDAD que puede dar la MUERTE prevista y aceptada, la HONDURA ENTERNECEDORA de quien AMA HASTA EL FINAL.
  2. Estas palabras contienen una gran REVELACIÓN, de DOS VERDADES inauditas fuera del cristianismo: la primera hace de Dios nuestro EMMANUEL- Dios con nosotros: " Como me amó el Padre también yo os amé". EL AMOR resume las relaciones entre Padre-Dios y el HIJO-DIOS. Ahora manifiesta el Señor que Él nos ama EXACTAMENTE de la misma manera: como me ama el Padre, así os amo yo...pone en CONTINUIDAD EL AMOR DEL PADRE DEL HIJO- DE LOS DISCIPULOS...En virtud de un UNICO AMOR que es la verdadera vida y la verdadera actividad de DIOS permanece en un triángulo el PADRE, el HIJO y NOSOTROS. Es la vida cristiana la impronta del amor del Dios que el HIJO habita en nosotros.

Por eso añade: " Permanecer en mi amor" que significa, " CONTINUAD SIENDO AMADOS", " INMOVILIZAOS EN ESE CARIÑO", continuad dejándoos elegir porque " no me escogisteis vosotros a MI, antes YO os escogí a vosotros", que el Crisóstomo las lee así: " He corrido el primero hacia vuestra amistad"  He corrido y corro y correré el primero hacia nuestra amistad.

"Dichoso quien lleve dentro de sí el modelo, de modo que desde ser dentro crea gobierno y orden" decía Séneca.

 Como dice la primera lectura " estas palabras, os dice el Salmo, serán vuestra sabiduría y vuestra inteligencia. "Como el Padre me ama os amo Yo, permaneced en MI AMOR, continuad siendo AMADOS. Yo correré siempre el PRIMERO HACIA VUESTRA AMISTAD, SIEMPRE".

La segunda gran revelación contenida en este fragmento de San Juan es semejante y vecina a la primera. Que el Amor de Dios no desciende exclusivamente sobre el "YO" sino sobre el "NOSOTROS". "Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros" De modo que la FRATERNIDAD  no será únicamente la MANERA adecuada de dar cumplimiento de la índole social humana sino ACTO DE CULTO: la fraternidad estará ceñida con la misma dignidad y altura que tiene el TRATO CON DIOS: que viviendo la fraternidad vives la divinidad. Que das corazón y resulta que das también cariño a Dios.

Lo dice expresamente la lectura de Santiago: "el culto puro y perfecto, visitar huérfano y viudas en su tribulación" "Sé padre para los huérfanos y marido para las viudas y Dios te llamará HIJO".

      3. Una última cosa advierten nuestros exégetas, palabras pronunciadas por Jesús enseguida de instituir la EUCARISTIA. Han sido escuchadas y oradas por vosotras antes de consagrada la Eucaristía de vuestra profesión.


Entrad ahora en vuestra CONSAGRACIÓN. No es llegáis solas.

Os acompañan vuestras familias. Están con vosotras.

Vuestra sangre es ESTA sangre. Vuestra voz es la voz de la PROFESIÓN.

Vuestra manera de mirar y de sentír y ...

Os llegará ciertamente la acogida del Señor.

Os llega ciertamente la gratitud de la iglesia porque habéis hecho que lo vuestro sea tan eclesial, tan CONSOLACIÓN.

Os recibe en nombre de toda la Congregación la MADRE DE LA CONSOLACIÓN.

 

INTERCEDA VUESTRA PROFESIÓN Y VIDA PARA QUE SEAIS:

   GLORIA DE DIOS,

   HONRA DE LA IGLESIA,

   VIDA DE LA CONGREGACIÓN.

                                                          AMEN.


lunes, 15 de julio de 2013

“Maestro, ¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?”

 

Hace varios años, en una asamblea familiar en el barrio El Consuelo, leímos la parábola del buen samaritano que nos presenta la liturgia este domingo. Después de escuchar el texto bíblico, le pregunté a los presentes qué habían entendido. Una señora bastante mayor tomó la palabra y recapituló el contenido de la parábola diciendo: «Resulta que un hombre iba por un camino y fue asaltado por unos ladrones que lo dejaron medio muerto. Poco tiempo después pasó por allí un sacerdote y al ver al herido, dio un rodeo y siguió su camino. Luego pasó un jesuita e hizo lo mismo. Luego pasó un samaritano y se compadeció del herido, lo curó y lo ayudó». Todos los presentes quedamos impresionados con el excelente resumen que nos había hecho la señora. Lo único que hubo que corregir fue que el segundo personaje que dio un rodeo para esquivar al herido no había sido un jesuita sino un levita. Pequeña diferencia, pero significativa, teniendo en cuenta que yo estaba allí presente.
Cuando leemos esta parábola, tenemos la tentación de pensar en los malos que dieron un rodeo para no ayudar a este hombre. Su comportamiento nos parece el colmo. Nos escandalizamos interiormente de esa falta de sensibilidad y solidaridad. Lo que hizo el Espíritu Santo, a través de esta señora, fue proponerme la pregunta por mi prójimo de una manera cruda y directa. La pregunta me quedó clavada entre el corazón y las tripas. Eso mismo sintieron todos los presentes esa noche. Dios nos estaba invitando a revivir la escena, no desde la barrera, sino haciéndonos un personaje más, implicándonos vitalmente en la parábola. Tuvimos que reconocer que más de una vez habíamos seguido de largo ante los heridos que Dios había puesto en nuestro camino. Un pequeño lapsus que no dejó de cuestionarnos hondamente.
Junto a esto, hay otro elemento que me parece que suele perderse de vista con cierta facilidad al leer esta parábola. Normalmente pensamos que fue el buen samaritano el que salvó al herido. Sin embargo, aunque esto es parte de la verdad, no es sino la mitad de ella. La verdad completa es que el herido también salvó al samaritano, pues fue él quien hizo posible que este hombre, considerado despreciable por los judíos, hubiera permitido brotar de su interior lo mejor de sí mismo, haciéndose prójimo de su hermano maltratado y despojado por los bandidos. Podríamos decir que el sacerdote y el levita no se dejaron salvar por el herido. Despreciaron esta maravillosa oportunidad que Dios les daba para hacerse mejores seres humanos, a la medida de Dios.
No olvidemos que toda esta historia la contó Jesús para explicarle a un mañoso maestro de la ley, que venía a ponerlo a prueba para ver si sabía qué se debía hacer para alcanzar la vida eterna. El hombre sabía muy bien lo que debía hacer: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y ama a tu prójimo como a ti mismo”. Pero para enredar al Señor, le preguntó: “¿Y quién es mi prójimo?” Entonces vino la historia. Pidamos para que nosotros no nos vayamos a enredar con elucubraciones sobre quién es nuestro prójimo y reconozcamos que muchas veces hemos hecho rodeos para no encontrarnos con los prójimos malheridos que no sólo habríamos podido salvar, sino que se habrían podido convertir en nuestra mayor fuente de salvación.
Hermann Rodríguez Osorio, S.J.*

miércoles, 12 de junio de 2013

Feliz día de Santa Mª Rosa Molas




...Era el 13 de abril de 1852. Las Hermanas son enviadas al hospital de la Santa cruz...Más que un hogar de Misericordia parece un hogar de Miseria...En el ambiente repicaban las campanas de Pascua.Las hermanas se pusieron a la obra y muy pronto el sol besó las camas blancas.Plantaron rosas y su perfume penetró por las salas a través de las ventanas abiertas.Curaron llagas y los enfermos volvieron curados a su casa.

Inundaron sus almas de luz y de gracia y muchos volaron sobre las alas de los ángeles al cielo.

Entre los enfermos se decía:


Un viejecito con el cuerpo llagado pensó:



Ella se las tocó delicadamente con su mano, como si fueran las manos de Jesús Crucificado.

Y la carne del viejecito se volvió blanca y blanda como la de un niño...

martes, 11 de junio de 2013

Enamórate.

“Nada puede importar más que encontrar a Dios. Es decir, enamorarse de Él de una manera definitiva y absoluta. Aquello de lo que te enamoras atrapa tu imaginación, y acaba por ir dejando su huella en todo. Será lo que decida qué es lo que te saca de la cama cada mañana, qué haces con tus atardeceres, en qué empleas tus fines de semana, lo que lees, lo que conoces, lo que rompe tu corazón, y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud. ¡Enamórate! ¡Permanece en el amor! Todo será de otra manera”.
P. Pedro Arrup, sj

lunes, 13 de mayo de 2013

Siempre es tiempo: tiempo de comenzar

Siempre es tiempo, decía Teresa de Jesús.
Tiempo de abrir una página nueva, de aprender, de compartir. Siempre es tiempo de buscar, de recibir, de esperar. Tiempo de crear, de confiar, de elegir…
Me ofrecen hablar sobre temas de vida contemplativa y, mientras despedía a Jorge, un trabajador rumano que, con grandes dificultades, lucha por salir adelante, pensaba: ¿nuestros temas? ¿cuáles son nuestros temas...? pues las gentes y Jesús, o Dios y el mundo o la humanidad y el Espíritu.
¿Qué otra cosa puede interesarnos, causarnos alegría o preocupación?
Sabemos que Jesús se preocupó por Dios y por los demás. Que vivió desde el Dios de sus entrañas, transparentándolo. Hacer presente su inagotable bondad y amor a través de la fraternidad, la paz, la liberación, parece haber sido su pasión y lo que le llevó a la Pasión: su coherencia al practicar la misericordia hasta el límite. Parece que para Jesús siempre era tiempo, nunca era tarde ni a deshora. Para la misericordia siempre es tiempo, dice la vida de Jesús.

Avisó a sus discípulos de que iban a tener luchas en el mundo, pero les dejó también la clave para poder vivir: «sabed que yo estoy con vosotros». Teresa de Jesús avisaba a sus hermanas de que, ante las dificultades que a veces cercan la vida, no echaran a los tiempos la culpa, porque «para hacer mercedes Dios… siempre es tiempo». Para Él siempre es tiempo de estar con nosotros, alcanzándonos con su misericordia. Siempre, quizás el adverbio más divino: en todo, en cualquier tiempo.
Ojalá descubramos con Él que es nuestro tiempo. Tiempo de gratuidad, de dar gratis lo que gratis recibimos y de permanecer. Tiempo de romper con los sábados que siguen existiendo, de salir de «lo nuestro» para «hacer el bien, salvar una vida», como dice Jesús.
La mies es mucha… la crisis es grande. Es tiempo de que se muevan las entrañas y de que ayudemos a removerlas. Es tiempo de entender aquello de «quiero misericordia y no sacrificios», porque sin misericordia no se abre lo humano ni se intuye lo divino.
Con esto podemos echar a andar y hacerlo con confianza. Siempre es tiempo de comenzar, también lo dijo Teresa: «ahora comenzamos y procuren ir comenzando siempre de bien en mejor»
 
Extraído de:http://www.vidareligiosa.es
Escrito por Gema Juan

 

viernes, 10 de mayo de 2013

Lo ordinario dentro de lo extraordinario


Sarah Coakley




«Porque no sabemos orar…, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables» (Romanos 8, 26).
No, no sabemos orar; y, sin duda, por esa razón el testimonio cristiano de Teresa resulta tan atractivo y cercano. Porque la mayor parte de su primera obra (autobiográfica) la Vida –inspirada, por supuesto, en las Confesiones de Agustín, pero tan deliciosamente diferente de ellas– trata sobre la franca imposibilidad de orar. O, más bien, trata sobre nuestros interminables subterfugios para esquivar la oración, para pensar en razones realmente buenas y totalmente convincentes para no orar, para huir, tan velozmente como nuestras piernas nos lo permitan, de asa apremiante acción del Espíritu de la que habla Pablo, la fuente y la meta de todos nuestros anhelos. Quizá mejor que nadie antes ni después, Teresa nos cuenta –con un detallismo magnífico y casero– cómo no ser santos, antes de mostrarnos lo costoso que resulta serlo.
Y ahí está la gracia: porque –como Teresa misma fue progresivamente consciente en el desarrollo de su oración hacia la unión– la huida que todos hacemos no soluciona nada. El Espíritu está siempre ahí, más cerca de nosotros que nosotros mismos, más cerca de nosotros que quien nos besa, constantemente pidiendo permiso para orar en nuestro interior.
Y por eso, nuestras excusas, evasiones, sequedades, nuestro obstinarnos en la imposibilidad de la oración, no son sino un irónico testimonio de la indeleble voluntad del Espíritu de «venir en nuestra ayuda». Lo que nos desasosiega no es que Dios esté ausente, sino el hecho de que esté tan incontrolablemente presente. Nos recuerda nuestra debilidad, nuestra falta de control, señales de muerte que, cortésmente, esquivamos dando un rodeo. Como la propia Teresa escribe en una de sus Relaciones espirituales, ella escuchó estas palabras de Dios: «No pienses, hija, que unión es estar muy junta conmigo, porque también lo están los que me ofenden, aunque no quieren».
El reconocimiento de que nuestro rechazo del Espíritu es la otra cara de nuestro más profundo deseo de entregarnos a él, signo de nuestra auténtica cercanía a Dios, es precisamente la paradoja de que habla Pablo. Es también el origen del largo relato de Teresa de cómo va cediendo progresivamente control al mismo Espíritu. La imposibilidad humana de orar se convierte en espacio de oración divina.
Lo que inicialmente la condujo (cuando Teresa volvió en serio a la oración) al disfrute espiritual –éxtasis y «favores»– se transformó, al final de su ajetreada vida, en un simple reposo en el Espíritu, monótono y claramente intrascendente. Y casi con desaliento, Teresa descubre, al final del Castillo interior, que el hecho de ceder ante el Espíritu nos convierte en seres más extraordinariamente ordinarios de lo que jamás pudimos imaginar. La vida sigue su marcha, con todas sus pruebas y contrariedades. Sucede que, finalmente, Dios ha tomado asiento en lo más profundo del alma y ya nada lo puede mover de ahí.

«No sabemos orar». Cierto; pero, afortunadamente, el Espíritu de Dios sí sabe, y nos convertirá en santos, si nos atrevemos. Teresa ofrece un inequívoco y atrayente testimonio de ello. O, dicho con los términos enérgicos de su propio discurso de despedida sobre la «unión»: «Pensad lo que quisiereis; ello es verdad lo que he dicho» (7M 2, 11). Así sea. Amén.




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martes, 7 de mayo de 2013

Platos rotos

"...¿Qué tengo que hacer para salvarme?»
Le contestaron: «Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia..."

domingo, 5 de mayo de 2013

¿Amor?

 

 La laureada y aplaudida película de M. Haneke merece una reflexión, más antropológica que cinematográfica. Como mi comentario anticipa el final, he querido dejar pasar el tiempo para que los lectores ya la hayan visto.
Soy sólo un vulgar aficionado al cine y no entraré en análisis técnicos. Ha seducido a muchos la sobriedad del director y la interpretación de los dos actores. Sobre todo ella: me faltó tiempo para buscarla por internet en “Hiroshima mon amour”, y sufrir la inevitable comparación entre los dos rostros y los dos cuerpos: el de 1959 y el de 2012. También creo que las secuencias en que intervienen personajes distintos de ellos dos, aunque fueran necesarias no están del todo bien fundidas con el núcleo del filme (la visita del alumno concertista, la despedida de una cuidadora y hasta las visitas, imprescindibles, de la hija). Prescindiendo de estos detalles más técnicos quisiera hacer algunas observaciones que afectan más al guión o, quizá mejor, al fondo de la película.
Algún comentarista evocó la frase bíblica del Cantar de los cantares: “el amor es más fuerte que la muerte”. La película parece invertir esa afirmación para decirnos que la muerte es más fuerte que el amor. En cualquier caso nos encontramos ante una nueva aproximación entre “eros y thânatos”, pero ahora con carácter de oposición. En este sentido, la película resulta ser una refutación del fácil argumento de Epicuro contra la tragedia de la muerte (“no me afecta: porque cuando ella esté yo no estaré y mientras yo estoy ella no está”). Morir no es ausentarse plácidamente sino un ir gastándose constante. Eso da relieve al milagro de la vida que si, por un lado, parece firme autoafirmación (“siento la vida en mí sin transferencia, sin entrega posible” versificó Ridruejo), por otro lado es de una fragilidad increíble, cuya firmeza puede deshacerse en instantes y por detalles mínimos.
Porque ese milagro de la vida está íntimamente ligado al milagro del amor es por lo que amor y muerte se relacionan también estrechamente. Si Gabriel Marcel intuía que “amar a una persona es decirle: tú no puedes morirte”, Haneke muestra lo que hay de iluso en esa frase. No obstante, la mejor literatura ha polemizado con el pesimismo de Haneke: basta con leer el soberbio “Llibre d’absències” de Martí i Pol para atisbar que quizás el pesimismo del director alemán no tenga la última palabra. El protagonista de Amor no habría podido escribir esas páginas a su mujer. Ni tampoco aquellos versos de L. Panero: “te miro y pienso en las cosas – que no se acaban jamás – porque Dios las ha mirado – y no las puede olvidar.- Una noche cerraremos – nuestros ojos, lo demás – es del viento y de la espuma – pero el amor vivirá”.
El amor vivirá. Desde la apuesta por esa identidad del amor y la vida, identidad milagrosa dada la fragilidad de ambos en nosotros, surgen algunas preguntas al guión de la película que tienen que ver con el amor, y que justifican el interrogante que he puesto en el título. Por muy comprensible que sea, faltaba amor en la exigencia de ella: “prométeme que nunca me llevarás a un hospital”. En esa escena se me encendió una primera luz de alarma. Él se niega de entrada a esa promesa y, al final, la hace más forzado que amante: promete algo superior a sus fuerzas que me evocó la bravata de san Pedro ante Jesús (“aunque todos te abandonen, yo no”). Si el amor es un milagro y un regalo, no debemos atribuírnoslo olvidando nuestra pequeñez: porque luego Pedro negará a Jesús y el protagonista de la película vivirá su amor como un imperativo categórico que le ata más allá de sus fuerzas. Así se vuelve normal que acabe matándola; y resulta significativo que no le prepare una muerte dulce (que hubiera sido lo lógico) sino violenta: fruto más de su propia desesperación y falta de fuerzas que del deseo de evitarle dolor a ella. Esa escena del ahogo en que se ven las piernas de ella debatiéndose, con la resistencia normal de la vida ante todo ataque, me resulta de las más significativas de la película.
En la vida real (y esto me parece otro fallo de guión) él habría ido sintiendo que no podía más y era el momento de consultar a un amigo, cura, médico… en lugar de enquistarse en la obligación de su promesa. Quizás era el momento de quebrantar ésta con tranquila conciencia, y llevarla a un hospital, no sé (caben aquí varias posibilidades). En cualquier caso, la película no es una defensa de la eutanasia: puede ser leída como una lección de que amor y obligación no son lo mismo y crecen en proporciones inversas; o como una advertencia de que amar no es creerse omnipotente sino creer que se está recibiendo una fuerza maravillosa que no es propia y que nos desborda. Cuando no se viva así, estaremos todavía ante copias más o menos pálidas del amor.
Y esto merece ser puesto de relieve, porque nunca ahondaremos bastante en ese triple (¿trinitario?) misterio de vida, amor y muerte que tanto nos envuelve.
J. I. González Faus.

martes, 30 de abril de 2013

EL POZO DE ARÁN.Carlos Nuñez

 
Ayer, entre sueños lo vi tan claro
soñé, un lugar, un pozo sagrado
soñé, que mi hijo estaba curado
y hablé con aquella anciana, llorando.
Mi niño en la mirada tiene la noche infinita,
el pozo que tu sueñas esta en Arán, en la gran isla.
Hoy verás la luz que inunda todo,
verás por fin el sol sobre nosotros,
verás el cielo grande, azul y limpio,
vas a ver donde se unen cielo y mar,
en la vida en tus ojos.
Sabes es difícil, aunque quisiera
hacer que toda la vida florezca
que hoy termine por fin esta espera
que hoy pueda ver mi niño esta tierra.

Hoy pido a las pido a las estrellas que vendigan este agua
que el mundo no te ciegue, que tu noche sea clara.

Cuenta una leyenda que en la Irlanda gáelica había un pozo mágico situado en las Islas de Arán. El agua que manaba de ese pozo tenía propiedades curativas y los hombres y mujeres de la época acudían a él intentando sanar sus enfermedades.
El Pozo de Arán de Carlos Núñez cuenta una historia que sucede allí. Cuenta la historia de una madre que sufre ante la ceguera de su hijo y no es capaz de hacer nada por solucionarlo. Pero… en un sueño "descubre" el Pozo de Arán, descubre que sus luminosas aguas también traerán luz a la tiniebla que vive en la mirada del niño.
Verás el sol, ese que inunda todo, ese cuya luz florece la vida de cuantos andamos por aquí. Verás el cielo, azul como las cosas grandes, grande como lo infinito de su cobertura. Verás el lugar donde se unen cielo y mar, donde los sueños se cumplen, donde los miedos se apagan, donde los corazones vuelven de nuevo a sentir. Verás la tierra, madre de nuestras raíces y aposento de nuestras vivencias…
 

viernes, 26 de abril de 2013

Siervo por amor. Vocación Sacerdotal

 
Vocación sacerdotal
Los cristianos que reciben el sacramento del Orden para hacer presente a Jesucristo mediante la predicación de la Palabra de Dios, la celebración de los Sacramentos y el cuidado pastoral de la comunidad (parroquia, grupos, etc.). Para ello se preparan en el Seminario durante seis años y ofrecen su vida en una dedicación total, renunciando a constituir una familia y optando por el celibato consagrado a fin de imitar a Jesucristo y servir más plenamente a todos.
El sacerdote es un hombre llamado por Jesús a ser todo para todos. Es un ministerio que se realiza como colaboradores del Obispo, sucesor de los Apóstoles. El sacerdote recibe el sacramento del Orden Sacerdotal mediante la imposición de las manos. Este gesto, realizado desde el principio por los Apóstoles, le une a una cadena sucesiva de hombres que han guardado la fidelidad a la tradición de la Iglesia; es decir, han querido ser fieles a los orígenes del cristianismo.
El sacerdote tiene en la comunidad tres funciones: Predica la Palabra: Habla en nombre de Jesucristo para que quienes le escuchan le conozcan y se puedan convertir a él. Preside los Sacramentos: Actúa en nombre de Jesucristo ante la comunidad. Preside la Eucaristía en la que proclama la Palabra de Jesús y parte y reparte a la comunidad el Cuerpo de Cristo, perdona los pecados, en nombre de Dios, y así en los demás Sacramentos. Es Pastor y Guía del Pueblo: Aconseja, reprende, ilumina la fe, etc. Es decir, es el buen pastor que conoce a las ovejas y estas le conocen a él.

martes, 23 de abril de 2013

-Testimonio Matrimonio

 
Pepe y Maria eran una pareja de novios que un buen día decidieron casarse...ellos pertenecen al Movimiento Consolación y han sido un pilar en el Voluntariado Consolación... al video ahora le falta q desde su matrimonio tienen dos hijos encantadores, como ellos.Que feliz es la gente Comprometida...No te pierdas ni un detalle de este alegre video!!

lunes, 22 de abril de 2013

¿Tendré vocación?


Cualquier joven responsable se plantea el futuro de su vida: piensa en una profesión, si va a fundar una familia, etc.

Un joven cristiano también se plantea la vida, pero preguntándose: ¿Qué espera Dios de mí? Sabe que Dios quiere la felicidad de cada persona y es capaz de dársela. Vocación significa "llamada": es lo que Dios está llamando a cada uno.

Por la fe estamos todos llamados a vivir la vocación cristiana: ser testigos del amor de Dios en nuestro ambiente, en el trabajo, la familia, etc. Pero hay tres formas de vivir la vocación cristiana:

La vocación de laicos: Los cristianos que ejercen una profesión, viven en medio de la sociedad, se casan normalmente, fundan una familia y en todo tratan de construir el mundo según los planes de Dios.

La vocación sacerdotal: Los cristianos que reciben el sacramento del Orden para hacer presente a Jesucristo mediante la predicación de la Palabra de Dios, la celebración de los Sacramentos y el cuidado pastoral de la comunidad (parroquia, grupos, etc.). Para ello se preparan en el Seminario durante seis años y ofrecen su vida en una dedicación total, renunciando a constituir una familia y optando por el celibato consagrado a fin de imitar a Jesucristo y servir más plenamente a todos.

La vocación de vida consagrada: Consagrar la vida al servicio de Dios y de los demás, mediante la ofrenda de los tres votos o consejos evangélicos, a imitación de Jesucristo: la pobreza, la obediencia viviendo en fraternidad y la virginidad consagrada. Esta consagración se puede vivir de dos maneras:

  1. Institutos de vida religiosa: Viven en comunidad y son variados, porque cada uno actualiza y se fija en algún aspecto de la vida de Jesús: la oración (los monjes y monjas contemplativos), el servicio a los pobres, la enseñanza, campo Socio-Sanitario, la predicación (religiosos y religiosas de vida activa).
  1. Institutos seculares: Se parecen a los religiosos en que profesan los consejos evangélicos, pero se parecen a los laicos en que trabajan y viven en medio de la sociedad, sin llevar distintivos, sino distinguiéndose por su entrega y radicalidad evangélica a fin de santificar el trabajo del mundo y las relaciones sociales.

Tanto la vocación sacerdotal como la vida consagrada suponen optar por el de celibato por el Reino los Cielos. No se renuncia al amor. Se experimenta el amor de Dios, se le elige a Él como el Amor absoluto de la vida y se ama a los demás por amor a Dios.