lunes, 26 de diciembre de 2011

EN UN PESEBRE



Según el relato de Lucas, es el mensaje del Ángel a los pastores el que nos ofrece las claves para leer desde la fe el misterio que se encierra en un niño nacido en extrañas circunstancias en las afueras de Belén.

Es de noche. Una claridad desconocida ilumina las tinieblas que cubren Belén. La luz no desciende sobre el lugar donde se encuentra el niño, sino que envuelve a los pastores que escuchan el mensaje. El niño queda oculto en la oscuridad, en un lugar desconocido. Es necesario hacer un esfuerzo para descubrirlo.

Estas son las primeras palabras que hemos de escuchar: «No tengáis miedo. Os traigo la Buena Noticia: la alegría grande para todo el pueblo». Es algo muy grande lo que ha sucedido. Todos tenemos motivo para alegrarnos. Ese niño no es de María y José. Nos ha nacido a todos. No es solo de unos privilegiados. Es para toda la gente.

Los cristianos no hemos de acaparar estas fiestas. Jesús es de quienes lo siguen con fe y de quienes lo han olvidado, de quienes confían en Dios y de los que dudan de todo. Nadie está solo frente a sus miedos. Nadie está solo en su soledad. Hay Alguien que piensa en nosotros.

Así lo proclama el mensajero: «Hoy os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor». No es el hijo del emperador Augusto, dominador del mundo, celebrado como salvador y portador de la paz gracias al poder de sus legiones. El nacimiento de un poderoso no es buena noticia en un mundo donde los débiles son víctima de toda clase de abusos.

Este niño nace en un pueblo sometido al Imperio. No tiene ciudadanía romana. Nadie espera en Roma su nacimiento. Pero es el Salvador que necesitamos. No estará al servicio de ningún César. No trabajará para ningún imperio. Solo buscará el reino de Dios y su justicia. Vivirá para hacer la vida más humana. En él encontrará este mundo injusto la salvación de Dios.

¿Dónde está este niño? ¿Cómo lo podemos reconocer? Así dice el mensajero: «Aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». El niño ha nacido como un excluido. Sus padres no le han podido encontrar un lugar acogedor. Su madre lo ha dado a luz sin ayuda de nadie. Ella misma se ha valido, como ha podido, para envolverlo en pañales y acostarlo en un pesebre.

En este pesebre comienza Dios su aventura entre los hombres. No lo encontraremos en los poderosos sino en los débiles. No está en lo grande y espectacular sino en lo pobre y pequeño. Hemos de escuchar el mensaje: vayamos a Belén; volvamos a las raíces de nuestra fe. Busquemos a Dios donde se ha encarnado.


José Antonio Pagola

miércoles, 21 de diciembre de 2011

OTRA NAVIDAD


ECLESALIA

¡Otra Navidad! puede exclamarse con tonalidades emotivas diferentes. La primera con un tono de gran fiesta, la que se celebra una vez al año. Todo fiesta. Todo alegría. Todo regalos. Todo cantos. Y pasada la fiesta, todo sigue igual. La segunda también con un tono de mucha depresión. Todo tristeza. Fiestas insoportables. Y pasados estos días, todo sigue igual. Las dos son desproporcionadas, se desmarcan de la normalidad. Las dos dejan de lado la profunda significación que tiene esta fiesta, que es del día a día.

Empiezo así porque volver a escribir –como cada año- no resulta fácil si se quiere decir alguna cosa nueva en ocasión de esta fiesta. Y decir algo nuevo, lo veo imposible. La forma de decirlo, tal vez no.

Mi intención es ayudar a comprender la Navidad o el Nacimiento o Luz interior o Sol emergiendo que cada uno lleva en su vida o cada ser humano tiene en su profundidad cuando uno al mismo tiempo es esa Profundidad interior. Navidad es nacimiento de la luz que cada día a través del sol se manifiesta. En la oscuridad hay luz sino no habría obscuridad. Las nubes esconden el sol, pero no lo hacen desaparecer. O la Divinidad encarnada en un Niño según la tradición de cristiandad. Otras culturas lo han expresado en diversas mitologías. Un Niño, un Sol, un Astro, un Personaje, un Camino que ilumina, orienta, indica. Está afuera y a dentro al mismo tiempo. En otras palabras, nuestro mundo interno como el externo.

Navidad, el nacimiento diario que cada uno experimenta cuando al despertarse puede ver o contemplar la luz del alba o el sol naciente. Luz que puede estar a veces tapada por las nubes de las dificultades del día a día, por el dolor, por las tribulaciones. Pero siempre, sin ninguna clase de duda, detrás de las nubes, junto a la oscuridad, siempre hay el Sol, la Luz. El nacimiento de otro día, de otro momento. La vivencia de sentir la hondura de cada uno que lleva a amarse y amar.

Sol, Luz, Personaje mítico que da calor como es el afecto que se da o se recibe. Los buenos días que se desean. La fantasía que se cultiva. El silencio que se hace al levantarse. El abrazo que se da o se recibe de la compañía tenida. El beso dado o recibido por los demás. O la sonrisa interior en una soledad, fuerte y terrible; a veces, casi depresiva o melancólica.

Otra Navidad es lo mismo que decir también otro día al abrir los ojos y ver que aún se vive aunque a veces se quisiera haber muerto. La hondura o la profundidad de cada uno, fruto de una labor interior silenciosa, de un pensamiento constructivo y sobre todo de haberse autodescubierto que nuestra realidad más que una forma es una transformación, una manifestación de un fondo universal, cósmico. Esto pide respeto a la Naturaleza.

Otra Navidad es tomar consciencia de una red real, existente, pero invisible de nuestra vida. Lo esencial es siempre invisible decía Antoine de Saint Exupéry en su famoso librito El pequeño príncipe. Eugen Drewermann, teólogo y psicoanalista, ha hecho una profunda lectura psicoanalítica de ese pensamiento en su libro Lo esencial es invisible. No es ninguna creencia o dogma, sino vida. Confianzas y fe en la certeza de la Hondura que es el ser humano.

Y esta realidad no es monopolio de ningún grupo, de ningún poder, de ninguna ideología, de ninguna cultura. Este Real está en todas y en todos. Es cósmico. Sencillamente “Es”. Sencillamente no yo soy, sino “soy”. No nosotros somos, sino “somos”. Sin sujetos explícitos gramaticales.

Es suficiente en abrir el ojo interior. El tercer ojo. Hacer caso a la intuición, fruto de los tres cerebros que tenemos. Por encima del conocimiento racional y emocional, hay otro que es más profundo. De ninguna manera significa que los dos primeros queden desbancados, sino todo lo contrario. Tienen que analizar y no desechar la intuición que tenemos. Auscultar el ruido silencioso de la Hondura del Hontanar.

Entonces, podemos ver y constatar la importancia de los rituales, no del ritualismo. La reunión o celebración familiar: Por navidad dichoso el que en su casa está como dice el refrán. Tiene mucho sentido, siempre que el mundo emocional armonice el encuentro de los seres queridos con los regalos adecuados, pedagógicos, didácticos, placenteros. Y todo el mundo alrededor de la mesa donde la gastronomía tiene su buen papel, reflejo del compartir. Fiesta en que el amor da placer y también vidas.

Y nada de esto debe impedir profundizar, antes todo lo contrario, que Navidad sea de búsqueda. El nacer de cada día a la búsqueda de lo profundo. Esa búsqueda nos da a conocer este otro acceso a lo Real, a la Ultimidad, a la Inefabilidad, a la Deidad, a lo Absoluto. El acceso no de las necesidades sino de la contemplación. Dos alas para volar. Satisfacer necesidades y al mismo tiempo contemplar: Navidad es nacimiento y fiesta. Sí, de un infante muy especial, pero básicamente del Infante que hay en el interior de cada uno de nosotros, de todo ser humano. Infante que simboliza nuestra Unidad con el todo. La gran canción, muy conocida, cantada cada en tiempos de guerra: Noche de paz... es la búsqueda que todo ser humano hace de la vida a pesar del mismo humano. Una búsqueda que lo lleva a entonces a un nivel de consciencia global, integrador, que le permite transcender la visión miópica de la razón. La racionalidad no puede ni debe querer explicarlo todo. Dice bien claro Blaise Pascal, (1623-1662), filósofo francés: Hay razones que el corazón tiene y la razón no comprende.

Y concluyo deseando a la persona lectora: Otra Navidad muy feliz donde reine la vida integral y llena en todo ser humano, en el nacer de cada día.

JAUME PATUEL i PUIG, jpatuel@copc.es

MATARÓ (BARCELONA).



viernes, 2 de diciembre de 2011

Dar gratis lo que has recibido gratis


Frente a la brutal crisis actual, infinidad de entidades católicas y cristianos comprometidos desgastan sus vidas para que otras las puedan tener o mejorar. El 5 de diciembre se celebra el Día Internacional del Voluntariado, en el año designado por la ONU para llamar la atención sobre esta realidad tan bien valorada comúnmente por su benéfico impacto en la sociedad y de tan profundo arraigo en el cristianismo.

La mayoría de las actividades de la comunidad cristiana esteán en manos de personas que desinteresadamente aportan su granito de arena para sostener sus actividades fundamentales. No obstante, Cáritas Española concita la mayor atención, por su impagable e insobornable labor en el ámbito social.

Desde la irrupción definitiva de la crisis, en 2008, unos 5.000 voluntarios se han sumado a esta institución. Su última Memoria anual, referida a 2010, cifra su número total en 61.000, un 8% más con respecto a 2008.

El director del Instituto Universitario de la Familia de la Universidad Pontificia Comillas, Fernando Vidal, se muestra rotundo: “El mundo cristiano tiene un compromiso muy fuerte con las personas en dificultad de nuestra sociedad. Es algo muy propio de los cristianos, algo que forma parte íntimamente de su proceso educativo y vivencial”.

Lo cierto es que numerosas comunidades religiosas, parroquias y asociaciones siguen dando la batalla contra las injusticias en las zonas más deprimidas de nuestro país, gracias, en buena parte, a miles de voluntarios convocados a traducir su fe en la atención a los preferidos de Dios. Fernando Vidal confiesa que “conocer a Jesús, sin relacionarse con personas en dificultad parece difícil”.

Ahora que las demandas de ayudas se han triplicado, la Iglesia está consiguiendo aunar nuevas voluntades. Emilio López, responsable de Voluntariado de Cáritas, apunta dos hipótesis para explicar la llegada de nuevos colaboradores: “Por un lado, el incremento del desempleo ha podido convencer a ciertas personas de la conveniencia de ocupar su tiempo y poder así adquirir una experiencia útil en una institución a la que tienen como referencia; y por otro, ante la situación de pobreza y exclusión creciente, otros han decidido dar el paso para echar una mano”.

El grueso de estas nuevas incorporaciones se ha implicado en el “trabajo de base”, la primera acogida, la atención en las Cáritas parroquiales; y menos, en las tareas estructurales y organizativas. En la misma dirección se expresa Carlos Lafarga, responsable de Voluntarios de la Sociedad de San Vicente de Paúl (SSVP): “La gente se ha sensibilizado más con la situación que atravesamos, y los propios desempleados, ahora que disponen de tiempo, se han sumado a la labor, no en una cantidad muy grande, pero sí de manera muy interesante”.

Los voluntarios de Cáritas son, en su mayoría, mujeres, en un porcentaje algo superior al de la media del denominado ‘tercer sector’ (el 67% frente al 63%), y también algo más mayores (el 50% tiene más de 50 años). El perfil de su voluntariado no ha variado sustancialmente en los últimos años, con la incorporación de gente de mediana edad, principalmente. Su permanencia en la entidad supera lo habitual en este tipo de organizaciones. “Mientras que aquí es normal oír a la gente decir que solo lleva tres años de voluntario, en otras entidades la media de permanencia se sitúa precisamente en esos tres años”, relata el responsable de voluntarios de Cáritas.

“Es algo muy propio de los cristianos
comprometerse con las personas en dificultad,
forma parte íntimamente de
su proceso educativo y vivencial”.
Fernando Vidal.

Pero los rasgos distintivos de este personal tienen que ver con la esencia misma de una realidad nuclear en la Iglesia. Emilio López indica, como características especiales, “el sentido de gratuidad que tienen incorporado, siguiendo la máxima evangélica de ‘dar gratis lo que has recibido gratis’, sin buscar contraprestación alguna; y el colocar a los excluidos, al otro, en el centro de las acciones, frente a un modelo social que prima el individualismo y la obtención egoísta de recompensas”.

El 99% de las personas que sostienen las obras sociales de la SSVP entregan desinteresadamente su tiempo para llegar a entre 90.000 y 100.000 beneficiarios. También aquí son mayoría las mujeres y las personas de edad media, algo que, en parte, se explica por “la mayor disponibilidad de tiempo, pero también por el tipo de proyectos que son mayoritarios: roperos, bancos de alimentos, albergues para los sin hogar, visitas hospitalarias…”.

“La gente joven opta más por el compromiso con menores y el tiempo libre, algo de lo que históricamente no se ha encargado la SSVP, tal vez porque ha puesto más su foco en la atención a las familias”, matiza Lafarga, aunque insiste en que en su nuevo servicio de asistencia jurídica gratuita, abierto en Madrid, “la mayoría son jóvenes, estudiantes o recién licenciados”.

El alimento de la fe

Miguel García, joven investigador universitario, ayuda desde hace cuatro años a chavales del madrileño barrio de la Ventillaa sacar adelante los estudios que cursan. Su compromiso se desarrolla en la ONG Pueblos Unidos, creada por los jesuitas.

“El mundo no está lo bien que debería,
y todos tenemos que echar una mano
en la medida que podamos”.
Miguel García, voluntario.

“El mundo no está lo bien que debería, y todos tenemos que echar una mano en la medida que podamos”. “He tenido la suerte de nacer en un país desarrollado, con un montón de oportunidades. ¿Qué pasa con la gente que no las ha tenido? No podemos quedarnos de brazos cruzados, no es justo. Ciertamente la suerte existe, la suerte de nacer aquí o allí, pero es responsabilidad de todos el repartirla”, apunta este físico de 26 años.

“La fe me da un horizonte que no tendría de otra manera”, sostiene Miguel. Gracias a este don, y a pesar de los sinsabores, que siempre llegan, mantiene su compromiso porque “no estoy para recoger, sino para sembrar. ¡Así que a sembrar como locos! Y a confiar, con mayúsculas, en que Otro se encargará de hacer que los frutos salgan”

sábado, 26 de noviembre de 2011

ADVIENTO: CAMINO DE ESPERA Y ESPERANZA


Se aproxima el adviento. Se le puede poner muchos adjetivos. Primero es “camino”, es decir, movimiento, dinamismo, no estancamiento, no rutina, no inercia. Son palabras que todos los años nos proponemos, pero nos cuesta cumplir. Ese camino que hacemos andando tenemos que hacerlo juntos: acompañados por el hermano, pero con la meta en él, es decir, en Dios.

Flaco favor le hacemos a los demás y a nosotros mismos si nuestro adviento se reduce a la celebración litúrgica. Se quedaría en algo externo, superficial, en el sacrificio, evocando las palabras del profeta Oseas: misericordia quiero, no sacrificio (Os 6, 6)

Si recordamos las palabras de Jesús en el último domingo del tiempo ordinario (cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis), el amor al prójimo es exactamente igual al amor de Dios. Por tanto, lo que no hagamos por los necesitados, por los que sufren, por los perseguidos, por los oprimidos, no lo hacemos por Dios. Esas palabras tan radicales nos urgen a que el camino del adviento lo recorramos, lo vivamos de forma activa. Con el hermano en el centro (luego con Dios en el centro). Esas palabras de Mateo son nuestro mapa para el camino; nuestro bastón será el amor de Dios, que damos a los demás.

¿Qué esperamos en este adviento? ¿Qué debemos esperar? Esperamos al Dios hecho hombre, al Dios como nosotros, al Dios sufriente, al Dios cercano, al Dios que es amor.

Para ese acontecimiento tan trascendental en nuestra vida no solo debemos prepararnos en este adviento sino que toda nuestra vida debe ser un viaje de preparación. Pero con la suficiente madurez como para no poner como excusa ese viaje. Para no escudarnos en una eterna preparación. Un viaje es un medio, no un fin. El fin es la llegada, la meta, donde nos esperan paisajes maravillosos, experiencias maravillosas, personas maravillosas. ¿Cómo nos preparamos? No solo litúrgicamente sino estando al lado del que sufre. Estando al lado del necesitado estaremos al lado de Dios, preparados para lo que nos pida, para lo que necesite de nosotros.

Igual que el camino del adviento es un camino activo, la espera también tiene que serlo. Es decir, una espera con esperanza. Si nuestro mapa es el evangelio y nuestro bastón el amor de Dios, nuestra ropa para ese camino es la esperanza. Una ropa maravillosa que Mateo compara con los lirios del campo. ¿A qué si no se refiere el evangelista? ¿Qué es ese mandato de no preocuparse de nada sino tener esperanza?

Esperanza no solo en un paraíso futuro en el que no haya lágrimas ni llantos. La esperanza evangélica es en el prójimo, en el hombre. Esperanza en que este mundo (formado por hombres) es posible que sea mejor. Esperanza en que nuestra participación en este mundo va a ser fructífera, duradera y merecedora de nuestro esfuerzo.

La esperanza teórica no sirve para nada. La esperanza tiene que adaptarse a nuestro cuerpo, ser cómoda, tenemos que estar cómodos con ella, tiene que ser duradera, de calidad.

Con estas vestiduras, dignas del mismísimo Apocalipsis, con estos ingredientes, estaremos preparados para el viaje de nuestra vida. Una vida a ser vivida en común, compartiendo bienes, amores, generosidades, alegrías, sufrimientos,… Una vida compartida y vivida con el otro, con el otro como centro, con Dios en el centro.


JOSÉ GALLARDO ALBERNI, josegallardoalberni@gmail.com

EL PUERTO DE SANTA MARÍA (CÁDIZ).

ECLESALIA,


miércoles, 16 de noviembre de 2011

Capitulo General


XVII Capítulo General de las Hermanas de la Consolación Roma, 11 de noviembre de 2011 Gonzalo Fernández Sanz, CMF

Introducción
En 1949 el filósofo marxista Ernst Bloch publicó su famosa obra “El Principio Esperanza”.
Muchos años después, en 1992, el teólogo Jon Sobrino publicó “El Principio Misericordia”2. En su
obra, este teólogo español, afincado en El Salvador, afirma que “por Principio-Misericordia
entendemos aquí un específico amor que está en el origen de un proceso, pero que además
permanece presente y activo a lo largo de él, le otorga una determinada dirección y configura los
diversos elementos dentro del proceso. Ese Principio-Misericordia –creemos– es el principio
fundamental de la actuación de Dios y de Jesús, y debe serlo de la Iglesia”.
Quizá nosotros, en el contexto de este XVII Capítulo General, podríamos hablar del
“principio consolación” como una manera de situarnos ante la realidad de Dios y de los hombres.
Porque, en medio de la batalla de la vida, os sentís consoladas por Dios, podéis ser también
consolación para los demás.
La experiencia de sentirse consolados es una experiencia mística. Ésta, por su misma
naturaleza, no es el resultado de un aprendizaje autónomo sino un don que ofrece “una forma
especial de conocimiento de Dios que se caracteriza por su condición experimental y por llegar a
Dios más allá de lo que permiten alcanzar el conocimiento por lo que otros cuentan de él y el
conocimiento por conceptos”3. Es, dicho con una fórmula clásica, una “cognitio Dei
experimentalis”.
Desde esta perspectiva se comprende mejor el alcance de la famosa “profecía” rahneriana:
“El cristiano del futuro o será un místico, es decir, una persona que habrá experimentado algo, o
no será cristiano”. Por místico, pues, entendemos un explorador del Misterio, no un simple cartógrafo, alguien que ha tenido una experiencia de encuentro con Dios, que habla
simbólicamente de lo que “ha visto y oído” (cf. 1 Jn 1,1-4) y que conduce una existencia
transfigurada y luminosa que puede guiar a los demás. ¿No es precisamente éste el aporte a la
iglesia y a la humanidad que se espera de los consagrados en momentos de desorientación?
Necesitamos más exploradores (hombres y mujeres que “hayan experimentado algo”) y menos
cartógrafos (hombres y mujeres que se limitan a dibujar mapas teológicos, canónicos o
formativos)
Como preparación para la experiencia de este Capítulo General, creo que es bueno que
caigamos en la cuenta de la llamada que habéis recibido a ser “mujeres de experiencia”. A partir
de aquí, se puede entender todo lo demás. La experiencia mística anticipa en el presente, siquiera transitoriamente, el encuentro final. Por eso, es capaz de sostener la esperanza cuando no parecen existir motivos para ella. En momentos de crisis como el actual, caracterizado por la falta de esperanza, la mística se hace más necesaria. La experiencia mística transparenta la gloria de Dios en la fragilidad de nuestra condición humana. El beato John Henry Newman supo acuñar una hermosa fórmula para dibujar este viaje de ida y vuelta (exitus-redditus): “La gracia es la gloria en el destierro; la gloria es la gracia en casa”.
¿Cómo vivir hoy esta experiencia? ¿Qué camino nos conduce a ella? Antes de sugerir
algunas pistas sobre el camino de la experiencia mística en la vida consagrada y sobre el
significado de los consejos evangélicos, es preciso acercarnos brevemente al símbolo del camino y
a la etapa umbral de búsqueda-acogida.
1. “Indícame el camino que he de seguir” (Sal 142,8)
Preguntarse por el sentido de la vida – Estar abiertos al adviento de Dios
(búsqueda-acogida)
1.1. La espiritualidad en la encrucijada de caminos
A la vista del pluralismo que caracteriza hoy la interpretación de la vida humana, de la
diversidad de caminos que se abren ante nuestros ojos, es normal que supliquemos a Dios con el
salmista: “Indícame el camino que he de seguir” (Sal 142,8). Podríamos reconocernos también en
la pregunta que el apóstol Felipe formula a Jesús en el cuarto evangelio. Como él, quisiéramos
seguir al Maestro, pero no sabemos cómo porque tenemos la impresión de que es un guía
experto, pero “ausente”: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”
(Jn 14,15). Nos resulta difícil encontrar respuesta a las preguntas esenciales: ¿Cuál es nuestro
itinerario en la vida? ¿Hacia dónde nos dirigimos? ¿Qué sentido tiene lo que hacemos? ¿Cómo
vivir significativamente nuestra vocación religiosa en este mundo tan cambiante? En contra de las predicciones que se hacían en la segunda mitad del siglo pasado acerca de
la pronta desaparición de las religiones y del predominio del paradigma positivista, hoy la
espiritualidad está de moda7. El término espiritualidad engloba, ciertamente, fenómenos muy
dispersos y, en ocasiones, contradictorios. Abarca desde el fundamentalismo religioso hasta el
redescubrimiento de la oración, pasando por fenómenos como la new age, prácticas como la
meditación trascendental o las terapias de sanación integral. Se llega a hablar de ella como de un
fenómeno “salvaje”8 y como “la luz de la nada”9. Hay incluso “místicos de la ausencia de Dios” (T.S. Eliott, Paul Celan, E. M. Cioran). Pero, en cualquier caso, en medio de esta gran diversidad, existe un denominador común: el deseo de ir más allá de un estilo de vida basado en la mera satisfacción de las necesidades materiales. A veces, se expresa como nostalgia del paraíso perdido; otras, como anhelo de una patria nueva.
Esta búsqueda espiritual se realiza a menudo al margen de las religiones tradicionales y de
las iglesias instituidas.
Todo peregrino es, en el fondo, un buscador. Quizá sea esta la categoría que mejor aglutina a creyentes y humanistas. Lo que los seres humanos hacemos (ciencia, técnica, arte, política,religión, etc.) es, en definitiva, una búsqueda del sentido de la vida, de la plenitud personal y –aunque no siempre lo interpretemos así– una “búsqueda de Dios”. Desde que llegamos al uso de la razón, no hacemos otra cosa –en expresión del teólogo González de Cardedal– que preguntarnos por el qué de la realidad por si acaso ese qué fuera un quién y ese quién tuviera algo que ver con nosotros y nosotros con él. Quizá nadie como san Juan de la Cruz ha sabido expresar
con más hondura esta experiencia de “ausencia-búsqueda-encuentro” propia del camino
espiritual: “¿Adónde te escondiste, / amado, y me dejaste con gemido? / Como el ciervo huiste, /
habiéndome herido; / salí tras ti, clamando, y eras ido”. Todo su Cántico Espiritual10 es un poema en el que se describe el itinerario agónico de la búsqueda de Dios: “Buscando mis amores, / iré por esos montes y riberas; / ni cogeré las flores, / ni temeré las fieras, / y pasaré los fuertes y fronteras”.
Hoy hablamos mucho de la búsqueda de Dios también en el ámbito de la vida consagrada.
La instrucción de la CIVCSVA sobre Autoridad y Obediencia (2008) recupera esta clave para
entender esta forma de seguimiento de Cristo: “La vida consagrada, llamada a hacer visibles en la Iglesia y en el mundo los rasgos característicos de Jesús, virgen, pobre y obediente, florece en esta búsqueda del rostro del Señor y del camino que a Él conduce (cf. Jn 14,4-6)” (n. 1). Pero, ¿es
suficiente hablar de “búsqueda de Dios” para expresar la tensión propia del camino espiritual?
¿No tendríamos que reconocer, más bien, que es Dios quien nos busca y encuentra? ¿No es ésta
precisamente la gran novedad del cristianismo en relación con otras religiones? En realidad,
ambos movimientos (búsqueda y encuentro) van unidos. Jesús nos habla de Dios como de un
padre que, cuando el hijo que se había puesto en camino aún estaba lejos, “profundamente
conmovido, salió corriendo a su encuentro, lo abrazó y lo cubrió de besos” (Lc 15,20). Es Dios
quien da el primer paso, quien suscita en nosotros el deseo de buscarlo. La tensión entre la
búsqueda y el encuentro la sintetizó hermosamente el poeta Antonio Machado: “Por todas partes
te busco / sin encontrarte jamás, / y en todas partes te encuentro / solo por irte a buscar”11. En
realidad, como Jesús nos dice, no buscaríamos si no fuéramos impulsados y atraídos por Dios
mismo: “Nadie conoce al Padre sino el Hijo y a quien el Hijo que lo quiere revelar” (Lc 10,22).
Despertar el deseo es ya el primer fruto de la experiencia mística porque nos saca del letargo y nos
prepara para reconocer los signos de Dios en la intemperie de la vida cotidiana.
(Continuará)