Un rato de oración nos ayuda a pensar mejor.
martes, 25 de octubre de 2011
sábado, 22 de octubre de 2011
Homilia del Papa a los jóvenes en la JMJ 2011

Pero, ¿cómo puede un joven ser fiel a la fe cristiana y seguir aspirando a grandes ideales en la sociedad actual? En el evangelio que hemos escuchado, Jesús nos da una respuesta a esta importante cuestión: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor» (Jn 15, 9).
Sí, queridos amigos, Dios nos ama. Ésta es la gran verdad de nuestra vida y que da sentido a todo lo demás. No somos fruto de la casualidad o la irracionalidad, sino que en el origen de nuestra existencia hay un proyecto de amor de Dios. Permanecer en su amor significa entonces vivir arraigados en la fe, porque la fe no es la simple aceptación de unas verdades abstractas, sino una relación íntima con Cristo que nos lleva a abrir nuestro corazón a este misterio de amor y a vivir como personas que se saben amadas por Dios.
Si permanecéis en el amor de Cristo, arraigados en la fe, encontraréis, aun en medio de contrariedades y sufrimientos, la raíz del gozo y la alegría. La fe no se opone a vuestros ideales más altos, al contrario, los exalta y perfecciona. Queridos jóvenes, no os conforméis con menos que la Verdad y el Amor, no os conforméis con menos que Cristo.
Precisamente ahora, en que la cultura relativista dominante renuncia y desprecia la búsqueda de la verdad, que es la aspiración más alta del espíritu humano, debemos proponer con coraje y humildad el valor universal de Cristo, como salvador de todos los hombres y fuente de esperanza para nuestra vida. Él, que tomó sobre sí nuestras aflicciones, conoce bien el misterio del dolor humano y muestra su presencia amorosa en todos los que sufren. Estos, a su vez, unidos a la pasión de Cristo, participan muy de cerca en su obra de redención. Además, nuestra atención desinteresada a los enfermos y postergados, siempre será un testimonio humilde y callado del rostro compasivo de Dios.
Queridos amigos, que ninguna adversidad os paralice. No tengáis miedo al mundo, ni al futuro, ni a vuestra debilidad. El Señor os ha otorgado vivir en este momento de la historia, para que gracias a vuestra fe siga resonando su Nombre en toda la tierra.
En esta vigilia de oración, os invito a pedir a Dios que os ayude a descubrir vuestra vocación en la sociedad y en la Iglesia y a perseverar en ella con alegría y fidelidad. Vale la pena acoger en nuestro interior la llamada de Cristo y seguir con valentía y generosidad el camino que él nos proponga.
A muchos, el Señor los llama al matrimonio, en el que un hombre y una mujer, formando una sola carne (cf. Gn 2, 24), se realizan en una profunda vida de comunión. Es un horizonte luminoso y exigente a la vez. Un proyecto de amor verdadero que se renueva y ahonda cada día compartiendo alegrías y dificultades, y que se caracteriza por una entrega de la totalidad de la persona. Por eso, reconocer la belleza y bondad del matrimonio, significa ser conscientes de que solo un ámbito de fidelidad e indisolubilidad, así como de apertura al don divino de la vida, es el adecuado a la grandeza y dignidad del amor matrimonial.
A otros, en cambio, Cristo los llama a seguirlo más de cerca en el sacerdocio o en la vida consagrada. Qué hermoso es saber que Jesús te busca, se fija en ti y con su voz inconfundible te dice también a ti: «¡Sígueme!» (cf. Mc 2,14).
Queridos jóvenes, para descubrir y seguir fielmente la forma de vida a la que el Señor os llame a cada uno, es indispensable permanecer en su amor como amigos. Y, ¿cómo se mantiene la amistad si no es con el trato frecuente, la conversación, el estar juntos y el compartir ilusiones o pesares? Santa Teresa de Jesús decía que la oración es «tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama» (cf. Libro de la vida, 8).
Os invito, pues, a permanecer ahora en la adoración a Cristo, realmente presente en la Eucaristía. A dialogar con Él, a poner ante Él vuestras preguntas y a escucharlo. Queridos amigos, yo rezo por vosotros con toda el alma. Os suplico que recéis también por mí. Pidámosle al Señor en esta noche que, atraídos por la belleza de su amor, vivamos siempre fielmente como discípulos suyos. Amén.
miércoles, 19 de octubre de 2011
El mercader, “cuando ENCUENTRA una de gran valor...”
El mercader de la parábola encontró porque buscaba, pero también encontró porque la “perla de gran valor” existía. La búsqueda de Dios en el corazón del hombre es válida y puede llegar felizmente a buen fin porque existe otra realidad fundamental: Dios. La persona humana tiene sed de Dios. Eso es una realidad que se da en todo hombre. Algunos pensadores han llegado a afirmar que Dios ha sido creado por esta sed de infinito. ¡Qué barbaridad tan grande! Es como si dijéramos que porque el hombre tiene sed ha hecho el agua. En nosotros, la sed física encuentra respuesta en el agua física. Podemos decir que tenemos sed porque el agua satisface nuestra necesidad. También tenemos que decir que la sed o la búsqueda de Dios, en nosotros, tiene una premisa previa: Dios es el único que puede saciar nuestra sed de infinito que Él mismo ha colocado en nuestro corazón.
Ante los retos que existen en el corazón del joven, la fe cristiana, más actual que nunca, ofrece la novedad y la fuerza capaces de dar sentido a la vida. La fe cristiana siempre es Buena Noticia.
Pero, ¿En qué consiste esta fe? ¿Cuál es su contenido? Simplemente, Jesús. La fe, en su realidad primera y principal, no es una teoría, ni unas ideas, ni unos valores o unos dogmas. Su contenido es Dios mismo, que nos busca y se da a conocer en Jesús, su Hijo amado. Él, porque nos quiere, llama a la puerta de nuestra libertad.
La respuesta libre de la fe da plenitud a nuestra persona. Entonces vemos que nuestra libertad, que nos empuja a buscar, tiene una finalidad última: llegar a ser, a través de la respuesta libre de la fe, hijo de Dios, en Jesucristo, el Hijo amado del Padre.
Quizás ahora hemos hecho un salto mortal. Soy consciente de ello. Aún así, te pido que no desconectes. Como puedes comprobar, tener fe es responder a la propuesta que Dios nos ha hecho en Jesucristo. Tener fe nos lleva a conocer más y más a esta persona, el Hijo de Dios, que se ha hecho uno de nosotros, compartiendo nuestra condición humana.
Ahora bien, para conocer bien a una persona hace falta tratarla, mantener una relación personal. Para conocer verdaderamente a alguien, hay que mirarlo con simpatía, con proximidad. Me atrevería a decir que hace falta quererlo, porque a las personas las conocemos con el corazón y con la cabeza. Si no, fíjate: ¿cuáles son las personas que te conocen mejor? y ¿cuáles son las que te quieren más? ¿Coinciden?
Con Dios pasa algo parecido. Nadie puede suplirte para conocerlo. Hay que hacer la experiencia con el corazón y con la cabeza. Si no lo haces así, te quedarás solamente en lo externo. Y con un conocimiento sólo superficial, permanecerás muy lejos del núcleo de la persona de Jesús, que por todas las partes del mundo cautiva, también hoy, a muchos jóvenes.
Dicho esto, más que con teorías, prefiero animarte a acercarte a Dios, a descubrir quién es Jesucristo. Tu corazón, lo digo con todo el convencimiento, es capaz de alcanzarlo, porque Él, que nos busca, lo ha hecho capaz.
Pero ¿dónde puedes encontrar a Jesús? Actualmente, ¿dónde puedes hacer la experiencia del encuentro con Jesús viviente? Te lo digo con toda sinceridad y desde mi experiencia de vida: el lugar, la casa y la familia donde nos encontramos con Jesús es la Iglesia.
lunes, 10 de octubre de 2011
“El reino de Dios se parece a un mercader en BUSCA de perlas finas”

Estas palabras se encuentran en el Evangelio según san Mateo, en una de las parábolas explicadas por Jesús. El “Reino de los Cielos”, en el pensamiento de Jesús, significa la plenitud del hombre. Según Jesús, la persona humana sólo consigue dar sentido pleno a su existencia cuando Dios ocupa el centro de su corazón. Para conseguir esta plenitud tiene que haber una actitud básica: buscar. O, mejor dicho, en la vida, sólo quien busca está en camino de la verdadera humanidad. Si no buscas, no eres.
Pero buscar desde la libertad, que hemos recibido de Dios como regalo. La libertad es una fuerza de crecimiento en la verdad y en la bondad que nos hace responsables de nuestros actos. A veces, quizás tienes la sensación que tu libertad no tiene límites. No obstante, en otros momentos quizá te sientas arrastrado por la sociedad. En el fondo, sabes que sólo tú puedes escoger. Por eso es preciso que te plantees estas preguntas: “¿Qué tengo que hacer con mi libertad?; ¿Cómo puedo escoger lo que es bueno entre tantas cosas que se me piden?; ¿Qué es lo mejor para mí?; ¿Cuál es la finalidad última de esta libertad?
Cuando uno se lanza a la búsqueda, parece que nada esté hecho. Pero, en realidad, ya existe una búsqueda por parte de Dios para cada uno de nosotros. Ahora bien, Él respeta tu libertad. Por eso nuestro mundo se parece a un gran mercado donde podemos escoger lo que queremos. ¿Cómo podemos encontrar esta "perla fina" —para seguir con la imagen de la parábola de Jesús— que da sentido a nuestra vida?
En nuestra cultura hay muchos valores, y, muchas veces, nos son presentados como absolutos, es decir, como si hubiesen de ocupar los primeros lugares en la vida y en el corazón de todas las personas. Por ejemplo, el valor de la imagen, del cuerpo, del estar comunicados, la técnica. Pero después, de haber logrado lo que nos pide nuestra sociedad, el vacío aparece en lo más íntimo del corazón. No es difícil ver expresiones de infelicidad en muchos rostros, quizás fruto de dejarse deslumbrar por aquello que promete una felicidad fácil, pero que sólo causa insatisfacción.
También hay muchos jóvenes que han caído o caen en múltiples trampas que reducen la libertad a la nada y deshacen a la persona humana, como el mundo de la droga, que con demasiada frecuencia confunde a los más débiles: intentando disimular las inquietudes, la droga es más bien un camino que lleva al país de la nada.
Acaso perdamos de vista que, en el fondo, lo más importante en nuestra vida es aquello que no se compra ni se vende. Muchos jóvenes os dais cuenta de ello y buscáis algo más: no todo es tener, hace falta ser. Es por eso que descubrís la belleza del compartir, de entregarse, y estáis presentes en los voluntariados, en lugares de recreo con niños, movimientos sociales, políticos, culturales,... Pero, aún así, hay que buscar algo más que dé un sentido lleno a lo que hacéis y a lo que sois.
En esta búsqueda, no siempre es fácil encontrar alguien que nos ayude a poner nombre a todo aquello que nos pasa en nuestro interior. Las espiritualidades orientales, deslumbrantes por aquello que tienen de novedoso y flexible, se muestran fácilmente evasivas de la realidad; las corrientes New Age, a pesar de una aparente espiritualidad llena de corrientes de energía y de armonía, no consiguen romper el círculo del repliegue en uno mismo ni separarnos del vacío. Como dijo el Papa Benedicto XVI a los jóvenes: “La religión que se busca a “la medida de cada uno”, no nos ayuda. Es cómoda, pero en el momento de crisis nos deja a nuestra suerte” (Colonia, 20-VIII-2005). La otra vía es la de las ideologías —antiguas y nuevas— que “proponen” realidades relativas como absolutas, las cuales a corto o a largo plazo fomentan violencia: la de las sectas, que destruyen la personalidad.
viernes, 30 de septiembre de 2011
EL CAMINO DE LA FELICIDAD

Miró a su alrededor y vio que tenía delante de sus ojos la felicidad.
Estiró la mano y quería cogerla.
La felicidad era una flor.
La cogió.
Y nada más tenerla en su mano, la flor ya se había deshojado.
La felicidad era un rayo de sol.
Levantó sus ojos para calentar su cara y en seguida una nube lo apagó.
La felicidad era una guitarra.
La acarició con sus dedos, las cuerdas desafinaron.
Cuando al atardecer volvía a casa, el hombre seguía llorando.
A la mañana siguiente seguí buscando la felicidad.
A la vera del camino había un niño que lloriqueaba.
Para tranquilizarlo cogió una flor y se la dio.
La fragancia de la flor perfumó a los dos.
Una pobre mujer temblaba de frío, cubierta con sus harapos.
La llevó hasta el sol y también se calentó.
Un grupo de niños cantaba.
Él les acompañó con su guitarra.
También él se deleitó con la melodía.
Al volver a casa de noche, el buen hombre sonreía de verdad.
Había encontrado la felicidad.
domingo, 25 de septiembre de 2011
La Atención

La atención es el punto de partida y el corazón de todos los caminos espirituales. La vida atenta se basa en el reconocimiento de que la realidad sólo puede experimentarse en el aquí y ahora. La práctica de la atención es indispensable para llegar a tener contacto con esa realidad. Nos enseña a hacer con una presencia total lo que hacemos siempre. Nos enseña a vivir cada momento de nuestra vida y, de este modo, a extraer toda la riqueza de ella, Por eso, la atención es la práctica más importante y, al mismo tiempo, la más difícil en el camino espiritual; es la expresión de la sabiduría suprema, como nos muestra esta historia:
Un hombre pregunto al maestro: “Maestro, ¿puedes escribirme algunas reglas fundamentales de la sabiduría suprema?”. El maestro tomó inmediatamente un pincel y papel y escribió: “Atención”. “¿Eso es todo?, preguntó el hombre: “¿No quieres añadir algo más?”. El maestro escribió: “Atención, atención”. Visiblemente molesto, el hombre pregunto si aquello era todo. Entonces el maestro tomó otra vez el pincel y escribió: Atención, atención, atención”.
En el fondo, en el camino espiritual no hacemos nada especial: intentamos llegar al momento y hacernos uno con aquello que en ese momento hacemos. Si practicamos esto reconocemos que la mayoría del tiempo no estamos realmente presentes, sino perdidos en pensamientos que se ocupan del pasado o del futuro. Pero la vida sólo tiene lugar en ese instante. La práctica de la atención nos lleva de nuevo al momento. Es una interrupción constante de la actividad del yo. Entonces ya no somos arrastrados por el torrente de la costumbre. Este ejercicio nos abre el acceso a las profundidades de nuestro ser. Y Dios sólo puede experimentarse en ese momento.
Procedencia: Dad a Dad.http://www.camilos.es/
miércoles, 21 de septiembre de 2011
Sentido de la vida y felicidad
¿Soy feliz? Mi vida, ¿es una vida feliz? ¿Soy feliz en mi matrimonio? ¿Me siento feliz con mi familia, en mi trabajo, con mi iglesia? ¿Dentro de mi propio pellejo, me siento feliz?
¿Son éstas acaso buenas preguntas para cuestionarnos? No. Son preguntas con las que nos torturamos a nosotros mismos. Cuando confrontamos nuestras vidas con honestidad es más probable que este tipo de preguntas sobre la felicidad nos traiga lágrimas a nuestros ojos, más que solaz a nuestras almas, porque, por muy bien que marchen nuestras vidas, ninguno de nosotros nos sentimos perfectamente realizados. Siempre hay sueños irrealizados. Siempre hay áreas de frustración. Siempre hay tensiones. Siempre hay hambres más profundas que hay que calmar. Y, como dice Karl Rahner tan patéticamente, siempre estamos sufriendo la angustia de la insuficiencia de todo lo que es alcanzable, mientras vamos aprendiendo que aquí en esta vida no hay sinfonía acabada. Siempre vivimos nuestra vida calladamente a la desesperada. Muchísimas veces no es fácil sentirse feliz.
Pero nos estamos formulando las preguntas incorrectas. La pregunta no habría de ser: ¿Soy feliz? Más bien las preguntas habrían de ser: ¿Es mi vida relevante? ¿Tiene sentido mi vida? Mi matrimonio, ¿tiene sentido? ¿Hay sentido en mi familia? ¿Encuentro sentido a mi trabajo? ¿Hay sentido al interior de mi iglesia? Necesitamos preguntarnos las cuestiones profundas sobre nuestra vida, con respecto al sentido más que con respecto a la felicidad, porque, por lo general, tenemos un concepto falso, demasiado idealizado y poco realista de la felicidad.
Solemos equiparar la felicidad con dos cosas, placer y falta de tensión. De ahí que fantaseemos pensando que para ser felices necesitaríamos estar en una situación en la que nos sintiéramos libres de todas las tensiones que normalmente llegan en avalancha a nuestras vidas, como: presión, cansancio, fricciones interpersonales, dolor físico, problemas económicos, desilusión en nuestro trabajo, frustración con nuestras iglesias, decepción con los equipos de nuestros deportes favoritos, y cualquier otro quebradero de cabeza y angustia que puedan aparecer. Felicidad, tal como se la concibe superficialmente, quiere decir salud perfecta, relaciones perfectamente realizadas, puesto de trabajo perfecto, nada de tensión ni de ansiedad en la vida, nada de decepciones; y tiempo y dinero para disfrutar de la buena vida.
Pero no es eso lo que constituye la felicidad. Lo que constituye la felicidad es el sentido que damos a la vida; y el sentido no es contingente, que dependa de la ausencia de dolor o tensión en nuestra vida: Imagínate que alguien se hubiera acercado a Jesús mientras moría en la cruz y le hubiera preguntado: “¿Eh, tú, eres feliz ahí, arriba?” Su respuesta, estoy seguro, habría sido inequívoca: “¡No! ¡Y especialmente hoy no soy feliz!” Sin embargo, la perspectiva es totalmente diferente si le hubieran preguntado a Jesús, mientras pendía en la cruz: “¿Eh, tú, ya tiene sentido lo que estás haciendo ahí, arriba?” Efectivamente, puede darse un sentido profundo en algo, aunque no haya felicidad, en la forma en que nosotros superficialmente la concebimos.
Captamos esto con más facilidad cuando reflexionamos sobre varias etapas pasadas de nuestra propia vida. Mirando hacia atrás, desde la perspectiva de hoy, vemos que a veces ciertos períodos pasados de nuestras vidas, cargados con toda clase de luchas y en los que tuvimos que salir a flote con muy pocos recursos, fueron de hecho tiempos muy felices. Los recordamos ahora con calor y cariño. Eran tiempos significativos, con sentido, y nuestra perspectiva presente limpia el dolor a través del tiempo, depura el sufrimiento y hace resaltar el gozo y la alegría. Y a la inversa, podemos recordar ciertos períodos en los que haya habido placer y satisfacción en nuestra vida, pero esa fase aparece ahora claramente como un tiempo infeliz. Lo recordamos con un cierto remordimiento y pesar. Lo que entonces parecía luz, parece ahora como un tiempo de oscuridad.
C.S. Lewis, escritor y líder cristiano irlandés, enseñó que tanto la felicidad como la infelicidad influyen hacia atrás: Si nuestras vidas acaban en felicidad, nos damos cuenta de que hemos sido siempre felices incluso a través de los tiempos de prueba. Y así mismo, si nuestras vidas acaban en infelicidad, nos damos cuenta de que hemos sido siempre infelices, incluso en los períodos más placenteros de nuestra vida. Donde acabemos finalmente con respecto al sentido de vivir determinará si nuestras vidas han sido felices o no. Mucha gente, incluyendo a Jesús, sufrió gran dolor, pero vivió una vida feliz. Lamentablemente, lo contrario es también cierto. La felicidad tiene mucho más que ver con el sentido que le demos a la vida que con el placer.
En su autobiografía, “Sorprendido por la Alegría”, C. S. Lewis dice a sus lectores que su camino hacia el cristianismo no fue fácil. Según su propia confesión, Lewis fue “el converso más reacio en la historia de la cristiandad”. Pero una de las cosas que finalmente lo atrajeron al cristianismo fue precisamente el percatarse de que el sentido vale más que nuestra concepción normal de felicidad. Llegó a comprender, escribe, que la severidad de Dios es más amable y bondadosa que la blandura y debilidad del hombre; y que el mandamiento y obligación de Dios son nuestra liberación.
El dinero no puede comprar la felicidad. Puede comprar placeres, pero, como la vida misma finalmente nos enseña, el placer no es necesariamente felicidad.
miércoles, 14 de septiembre de 2011
VIVIR PERDONANDO

VIVIR PERDONANDO
JOSÉ ANTONIO PAGOLA, vgentza@euskalnet.net
Los discípulos le han oído a Jesús decir cosas increíbles sobre el amor a los enemigos, la oración al Padre por los que nos persiguen, el perdón a quien nos hace daño. Seguramente les parece un mensaje extraordinario pero poco realista y muy problemático.
Pedro se acerca ahora a Jesús con un planteamiento más práctico y concreto que les permita, al menos, resolver los problemas que surgen entre ellos: recelos, envidias, enfrentamientos, conflictos y rencillas. ¿Cómo tienen que actuar en aquella familia de seguidores que caminan tras sus pasos. En concreto: «Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar?».
Antes que Jesús le responda, el impetuoso Pedro se le adelanta a hacerle su propia sugerencia: «¿Hasta siete veces?». Su propuesta es de una generosidad muy superior al clima justiciero que se respira en la sociedad judía. Va más allá incluso de lo que se practica entre los rabinos y los grupos esenios que hablan como máximo de perdonar hasta cuatro veces.
Sin embargo Pedro se sigue moviendo en el plano de la casuística judía donde se prescribe el perdón como arreglo amistoso y reglamentado para garantizar el funcionamiento ordenado de la convivencia entre quienes pertenecen al mismo grupo.
La respuesta de Jesús exige ponerse en otro registro. En el perdón no hay límites: «No te digo hasta siete veces sino hasta setenta veces siete». No tiene sentido llevar cuentas del perdón. El que se pone a contar cuántas veces está perdonando al hermano se adentra por un camino absurdo que arruina el espíritu que ha de reinar entre sus seguidores.
Entre los judíos era conocido un “Canto de venganza” de Lámek, un legendario héroe del desierto, que decía así: “Caín será vengado siete veces, pero Lámek será vengado setenta veces siete”. Frente esta cultura de la venganza sin límites, Jesús canta el perdón sin límites entre sus seguidores.
En muy pocos años el malestar ha ido creciendo en el interior de la Iglesia provocando conflictos y enfrentamientos cada vez más desgarradores y dolorosos. La falta de respeto mutuo, los insultos y las calumnias son cada vez más frecuentes. Sin que nadie los desautorice, sectores que se dicen cristianos se sirven de internet para sembrar agresividad y odio destruyendo sin piedad el nombre y la trayectoria de otros creyentes.
Necesitamos urgentemente testigos de Jesús, que anuncien con palabra firme su Evangelio y que contagien con corazón humilde su paz. Creyentes que vivan perdonando y curando esta obcecación enfermiza que ha penetrado en su Iglesia.viernes, 2 de septiembre de 2011
Mi verano es para otros
mismo con los amigos de fiesta para desconectar de la rutina de todo el año. Sin embargo, cada
vez son más los que optan por pasar el periodo estival al servicio de los más necesitados. Así, en
el marco del Año Europeo del Voluntariado, abundan los jóvenes que durante estos meses se
dedican a cuidar a enfermos y ancianos o los que deciden marcharse a países del tercer mundo
para hacer una labor social y humanitaria.
Éste es el caso de Carlos Bravo, maestro de La Ciudad de los Muchachos, que regentan los
salesianos en Madrid. Tras un intento nulo hace dos años de viajar a Guinea Ecuatorial por
problemas de visados, este cruzará el charco y permanecerá durante mes y medio en Cuzco, una
ciudad al sur de Perú. «Desde hace bastante tiempo quería vivir una experiencia de este calibre para poder ver la pobreza desde sus propios ojos», argumenta con ilusión. Su actividad allí será muy intensa, sin descanso. Va a dos proyectos de características bien distintas: «El primero consiste en tareas de reciclaje y apoyo educativo de un colegio cerca de Cuzco que está rozando ya casi con la selva, mientras que el segundo está relacionado con temas de pastoral, que realizaremos junto a los salesianos de la zona».
Los motivos que le llevan a recorrer casi 10.000 kilómetros hasta llegar al país sudamericano son muy realistas y maduros. «No caigo en la idea utópica de viajar para conseguir un mundo más justo y mejor, porque en el poco tiempo en el que esté allí es imposible cambiar nada», comenta.
De este modo, la razón que le mueve es más a nivel personal, más interior y espiritual: «Sentirme una buena persona, valorar más lo que uno tiene y ser mejor cristiano». Además, la idea de poder convivir en comunidad junto a otros salesianos es otro de los atractivos que encuentra en este voluntariado.
Talleres y campamentosDedicar el verano a los demás no es algo nuevo para Carlos. De hecho, es una práctica muy habitual para él. Su faceta de educador en los salesianos siempre le ha ligado a compartir su tiempo libre en actividades con adolescentes y niños pequeños. «Durante todo el año organizamos talleres para los chicos y los veranos programamos colonias y campamentos durante todo el mes de julio», explica con entusiasmo.
Esta dedicación a los demás durante las vacaciones estivales levanta todo tipo de reacciones. Las más favorables y comprensibles son de gente de su entorno laboral: «Ellos lo entienden y lo aceptan, ya que esta labor de ayuda me permite crecer espiritualmente, y ellos este aspecto lo
valoran». No obstante, señala que la gente de fuera de ese ámbito «sí que se sorprende de que des gratuitamente tu tiempo a los demás y no disfrutes las vacaciones como lo hace todo el
mundo».
La misma vocación y ganas de ayudar son las que desprenden las palabras de Francisco Martínez.
Este técnico de asesoramiento y formación de la Cámara de Comercio de Sevilla ha enviado varias solicitudes para poder asistir a una asociación que trabaja con enfermos de síndrome de Down en Barcelona. Está a la espera de optener una respuesta, aunque él confía en repetir una experiencia que lleva viviendo ya los últimos veranos. El año pasado estuvo junto al centro de acogida Padre Damián, que da asilo a personas sin hogar. «Me sentía como en casa, eran una gente estupenda», repite varias veces emocionado, hecho que muestra cómo le marcó personalmente esta iniciativa.
Al igual que les ocurre a miles de voluntarios, su actividad en verano no es más que la continuidad de la labor que realiza durante todo el año. «Es muy importante estar en continuo contacto con asociaciones de este tipo», comenta. No en vano, en los últimos doce meses ha estado en una fundación que trabaja con niños pequeños en riesgo de exclusión social, así como en tareas de refuerzo educativo por las tardes «para que los chavales hagan los deberes».
Francisco está seguro de la empresa y misión que desarrolla: «Con el tiempo me he dado cuenta de que aportas mucho más de lo crees y al final te termina enganchando». Su mentalidad se justifica en que si no hubiera gente como él, los más desafavorecidos no tendrían ese apoyo físico y emocional que les permite luchar y salir adelante. Y es que, sin darse cuenta, las personas que ejercen el voluntariado son un pilar indispensable para quienes tienen algún tipo de problema.
Los sectores más jóvenes de la población están concienciados según Francisco: «Cada vez son más quienes participan en asociaciones sin ánimo de lucro». Es más, como bien apunta este sevillano «incluso ahora hay hasta estudios relacionados con cuidados a enfermos y ancianos, eso
demuestra que hay interés por este tipo de iniciativas». Como muestra del compromiso y la gran
experiencia que supone para él, este sevillano manda un mensaje a la juventud: «Animo a los
jóvenes a que actúen de forma activa en tareas de voluntariado».
Voluntaria adolescente
Teresa González descubrió su vocación de ayudar a gente de la tercera edad hace poco más de
un año cuando visitó, por una iniciativa de su parroquia, un centro de mayores. Desde entonces, y pese a ser aún una adolescente, siempre ha colaborado con el Centro de Humanización Los
Camilos. «Antes venía una vez cada tres semanas, pero ahora suelo pasarme un viernes cada
quince días», explica. Tal es su implicación y sus ganas de darse a los demás, que este verano se
marchará a Jaén a un campamento de trabajo. Su labor allí aún no la sabe a ciencia cierta: «Creo
que íbamos a construir algo...», aunque destaca que «lo importante es ir allí a echar una mano».
Esta joven de 16 años admite que sus homólogos sí que tienen interés en hacer labores sociales
como ella: «A todos les parece bien lo que hago, el problema es que son bastante reacios a tomar
la iniciativa de ponerse en contacto con alguna asociación». A pesar de ello, es muy crítica y no
duda en señalar que es difícil que un joven cambie unas vacaciones en la playa por contribuir a
una causa solidaria. «Viven en su burbuja, ajenos a las necesidades del mundo que les rodea»,
concluye.
Teresa González. (16 años)Puede que sea su corta edad la que le dé vitalidad y le aporte la ilusión necesaria para emprender
labores de voluntariado. Comenzó hace un año gracias a una visita programada por su parroquia a un centro de mayores. Fue el punto de arranque, la chispa que encendió en ella sus ganas de
ayudar. Tanto es así que este verano viajará a Jaén a un campamento de trabajo. Dice que los
jóvenes de hoy en día «son muy vagos a la hora de unirse a tareas de voluntariado», aunque
reconoce que a sus amigos les parece bien las iniciativas que ella lleva a cabo como voluntaria.
Francisco Martínez (33 años)La experiencia que tuvo el verano pasado junto a algunos «sintecho» le ha impulsado a solicitar
este año más voluntariados. Su destino es una asociación de síndrome de Down en Barcelona.
Carlos Bravo. (32 años)Tras varios años intentándolo, por fin este verano se marchará a hacer un voluntariado internacional en Perú. Allí trabajará durante mes y medio en dos proyectos, uno de carácter educativo y otro más religioso. Admite que no cae en la utopía de que va a «cambiar el mundo»
domingo, 31 de julio de 2011
Derrochando Vida

Dios es así. Se nos regala. Su paciencia y compasión, hacen de nuestra propia fragilidad, una oportunidad de experimentar esa bondad derramada, y a la vez, ser reflejo de una forma de situarse en el mundo, apostando por lo más débil.
Cuando uno se siente valorado, aceptado tal y como es, cuando uno siente la necesidad de no ocultar nada, ante quien sabe que le ama, se despiertan dinamismos internos que nos llevan a ofrecernos a los demás. La gratuidad y el servicio forman parte de ese dinamismo interno.
En Jesús podemos descubrir una forma de mirar y acercarnos al mundo, a las personas que nos rodean, y a nosotros mismos. Sus gestos, su palabras, sus opciones, nos recuerdan una realidad básica de nuestra existencia, somos seres amados, Dios no es indiferente a nuestras heridas y alegrías, y solo espera de nosotros que correspondamos, siendo bendición para quienes nos acompañan en el camino de la vida, los hombres, nuestros hermanos.
Que nuestras vidas, con sus cojeras, sean sorpresa, regalo, y bendición (decir-bien- de -ti) para quienes nos rodean. Que Tu paciencia sea mi paciencia, y que Tu compasión despierte, en cada uno, la pasión por quienes más nos necesitan. Gracias, tenemos mucho que ofrecer.