martes, 10 de septiembre de 2013

Votos perpetuos, por toda mi vida



El Sábado 7 de septiembre, a las cinco de la tarde, vivimos uno de esos momentos en la historia que sólo pueden calificarse como extraordinarios. Extraordinarios no solo porque Virginia Barea y Mª Carmen Alfonso, dos hermanas jóvenes, digan al Señor; "Si para toda la vida" sino porque prometen fidelidad al Señor hoy para cumplirlo mañana, cuando los sentimientos pueden ser distintos de los que abrigan en la actualidad. Por eso prometer implica siempre riesgo, y a la vez ese riesgo constituye grandeza del que sabe prometer y cumplir lo prometido. Prometer supone estar siempre por encima de los avatares del tiempo y sobrevolarlos con soberanía de espíritu.

      Hacer  a Dios por todo el tiempo de sus vidas, los votos de castidad, pobreza y obediencia, según las Constituciones de la Congregación, no es otra cosa que vivir como Jesús vivió, es configurarse de tal modo con Cristo que uno no sepa dónde empieza Él y donde acabas tu...Decimos que "no es otra cosa", como si fuese tan fácil el vivir la vida que Jesús vivió que no necesitase de nuestra parte ese "humilde y perseverante esfuerzo por fijar en El la mente y el corazón..."

     "Atraída por la fuerza del Amor de Cristo, prometo seguirle en comunión fraterna con mis hermanas..." Sólo desde la fuerza del Amor de Cristo nuestra vida tiene un sentido de plenitud, un sabor a entrega generosa y eterna, llueva o salga el sol, sólo se puede ser fiel cuando no se convierte en aguantar sino en crear todos los días aquello que uno prometió un día.
 
 

viernes, 6 de septiembre de 2013

Bajo la chimenea

A los jóvenes que venían a su escuela por primera vez, Rabí Bunam les contaba la historia de Rabí Ezequías, hijo de Rabí Jekel de Cracovia.
Después de pasar años y años en medio de la pobreza y la miseria que, sin embargo no le hicieron perder la confianza en Dios, un día recibió en sueños la orden de ir a Praga para buscar un tesoro bajo el puente que conduce al palacio real. Al principio no le hizo caso, pero cuando el sueño se repitió por tercera vez, Ezequías se puso en camino y llegó a pie a Praga. Pero el puente estaba vigilado día y noche por centinelas que hacían guardia y él no se atrevió a ponerse a excavar en el sitio indicado. No obstante, volvía al puente todas las mañanas, dado vueltas a su alrededor hasta la noche.
Por fin un día, el capitán de la guardia real, que había notado su continuo ir y venir en torno al puente,se le acercó y le preguntó si había perdido algo o esperaba a alguien.Ezequías le contó el sueño que lo había llevado hasta allí desde su lejano país. El Capitán estalló en carcajadas: - Pero infeliz, ¿por hacer caso de un sueño has venido andando desde tan lejos y estás aquí perdiendo el tiempo? Estás fresco si te fías de los sueños!! Entonces también yo debería haberme puesto en camino y llegar hasta Cracovia, a casa de un judío, un tal Ezequías, hijo de Jekel, para buscar un tesoro que tiene bajo su chimenea...Ya ves, me vería dando vueltas por toda Cracovia, llamando a todas las puertas y poniendo patas arriba todas las casas en una ciudad donde la mitad de los judíos se llaman Ezequías y la otra mitad Jekel!! Y se echó a reír de nuevo. Ezequías lo despidió muy cortésmente y volvió a su casa lo más rápido que pudo...buscó bajo la
chimenea y encontró el Tesoro, lo desenterró y con él construyo la sinagoga del pueblo...
________________________________________________________________
Y nosotros dónde buscamos nuestros "Tesoros" ?? Parémonos a pensar, pues, quizá, estemos recorriendo cientos de kilómetros en busca de algo que tenemos muy cerquita... en el interior de nuestra propia casa, bajo la chimenea... en nuestro interior.
Si os sirve de ánimo en la búsqueda de vuestro Tesoro, esta noche intentaré soñar con el Tesoro que
lleváis cada uno de vosotros... ya que parece que los sueños...a veces, se cumplen.
 
 
 
 
 
 

lunes, 2 de septiembre de 2013

Ese lugar adentro


Me vivo, a veces, con cierta insatisfacción y nostalgia de una vida más honda y más expuesta. Van pasando los días y el «hoy empiezo...» se va postergando ante los trajines cotidianos y los reclamos del mundo virtual. Aún así, en algún momento del día, siento ese anhelo de volver a la «cueva del corazón», a ese lugar desde el que recibirme y disponerme con benevolencia hacia la vida, hacia cada rostro. Un espacio adentro en el que me experimento receptiva, sin miedo, sin amenazas y donde hay mucho amor.
Necesito despertar esa vida que se esconde detrás de la vida, cultivarla, asentarla en mí. Recuperar ese centro interior desde el que la realidad se ve con otra luz y donde cada día se encuentran motivos para agradecer. Sofía lo llamaba el lugar de la vida interior y decía que era muy importante para nosotras: descubrirla, sentir que crece, ofrecerla a otros. Esa vida profunda que es nuestro secreto.
La mayoría de las veces me vivo dispersa y siento que así no puedo darme bien, y me pierdo lo mejor: su Bendición a través de todas las cosas. Necesito recuperar silencio, un silencio que no es evasión sino agrupamiento de nosotras mismas al abrigo de Dios. Porque dicen que, así como es el fondo el que da color a todo el estanque, es nuestra hondura la que da color a todo nuestro vivir.

Esta oración que encontré me ayuda y me pone en «ese lugar »
 
«Amor que todo lo abraza.
Tú eres el equilibrio de mi vida.
 
Cuando me incline demasiado hacia el mundo exterior,
atráeme de nuevo al silencio y a la soledad.
 
Cuando me aferre con demasiada fuerza a mi mundo interior,
impúlsame a compartir lo que tú me has dado.
Muéveme siempre en la dirección del crecimiento». (Joyce Rupp)
Mariola López

sábado, 31 de agosto de 2013

16 años de Fidelidad en el Señor



    Vivimos en una sociedad que parece haber olvidado la palabra Fidelidad. Cada día nos debatimos en una vorágine de relaciones personales, encuentros y desencuentros que cambian según nuestros intereses e incluso nuestros ---deseos... Hoy hace 16 años, que un grupo de novicias nos consagramos al Señor...Que nadie piense que llevamos 16 años de nuestra vida cantando, pero tampoco llorando por los rincones...Atraídas por la fuerza del amor de Cristo, hemos caminado en fe, hacia la donación generosa de nuestra vida para bien de los demás...Quizás después de estos años una piensa, ¿Qué he hecho Señor? Posiblemente cada una personalmente hayamos hecho muchas "cosas", pero al final de la vida, que nunca sabremos si será hoy mismo, sólo nos queda cuanto hemos amado, cuanto hemos consolado, cuanta Misericordia hemos derramado en nuestra propia vida y en los demás...

De ese día, 31 Agosto 1997, quedan en la memoria muchas imágenes; los nervios por el momento, la seriedad de la Consagración, la grandeza de Dios en cada una de nuestras vidas, esa "nube de gente" que nos acompañaba, familias y hermanas...Pero sin duda, las palabras del Celebrante nos llenaron de esperanza, de alegría y de confianza en Dios mismo que ese día y ya, cada día de nuestras vidas, nos Consagraría.

"A la Eucaristía hoy se añade una nueva maravilla: la profesión en la Congregación de Ntra. Sra. de la Consolación de nuestras Hnas. Esta Eucaristía de hoy está iluminada por la llama de estas SIETE LAMPARAS como si repitiera presencia aquel histórico candelabro de los siete brazos que Israel acercaba al Santísimo del Templo. De un sólo pie arrancaban prolongaciones que terminaban en la siete lámparas; de un soporte rico en años y en vigor único por el Carisma de Consolar y multiplicado en Geografía, culturas y gentes en una Congregación que tiene su raíz en la santidad de Mª Rosa Molas y su taller, en la MISERICORDIA y CONSOLACIÓN eternas y divinas que anhela hacerlas caminar por toda la tierra y visitar a todos los hombres para dejarlos inundados por el consuelo de Dios; de este soporte UNO arranca estas SIETE HERMANAS nuestras que profesan...

Estas siete Hnas. nuestras están convencidas de que no siete, sino 70 veces siete en la medida de la MISERICORDIA y del PERDÓN pues así de ancha es la MISERICORDIA de Dios, convencidas de que siete veces al día alabará el justo a su Señor, digamos " 70 veces siete", digamos SIEMPRE, pues siempre se es HIJA DEL PADRE DIOS.

Habéis querido que presidiera la MESA DE LA PALABRA un fragmento del capítulo 15 del Evangelio de San Juan:

  1. Son palabras del Maestro pertenecientes a las ULTIMAS HORAS que Él permanece con sus discípulos. Tiene la SERENIDAD y GRAVEDAD que puede dar la MUERTE prevista y aceptada, la HONDURA ENTERNECEDORA de quien AMA HASTA EL FINAL.
  2. Estas palabras contienen una gran REVELACIÓN, de DOS VERDADES inauditas fuera del cristianismo: la primera hace de Dios nuestro EMMANUEL- Dios con nosotros: " Como me amó el Padre también yo os amé". EL AMOR resume las relaciones entre Padre-Dios y el HIJO-DIOS. Ahora manifiesta el Señor que Él nos ama EXACTAMENTE de la misma manera: como me ama el Padre, así os amo yo...pone en CONTINUIDAD EL AMOR DEL PADRE DEL HIJO- DE LOS DISCIPULOS...En virtud de un UNICO AMOR que es la verdadera vida y la verdadera actividad de DIOS permanece en un triángulo el PADRE, el HIJO y NOSOTROS. Es la vida cristiana la impronta del amor del Dios que el HIJO habita en nosotros.

Por eso añade: " Permanecer en mi amor" que significa, " CONTINUAD SIENDO AMADOS", " INMOVILIZAOS EN ESE CARIÑO", continuad dejándoos elegir porque " no me escogisteis vosotros a MI, antes YO os escogí a vosotros", que el Crisóstomo las lee así: " He corrido el primero hacia vuestra amistad"  He corrido y corro y correré el primero hacia nuestra amistad.

"Dichoso quien lleve dentro de sí el modelo, de modo que desde ser dentro crea gobierno y orden" decía Séneca.

 Como dice la primera lectura " estas palabras, os dice el Salmo, serán vuestra sabiduría y vuestra inteligencia. "Como el Padre me ama os amo Yo, permaneced en MI AMOR, continuad siendo AMADOS. Yo correré siempre el PRIMERO HACIA VUESTRA AMISTAD, SIEMPRE".

La segunda gran revelación contenida en este fragmento de San Juan es semejante y vecina a la primera. Que el Amor de Dios no desciende exclusivamente sobre el "YO" sino sobre el "NOSOTROS". "Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros" De modo que la FRATERNIDAD  no será únicamente la MANERA adecuada de dar cumplimiento de la índole social humana sino ACTO DE CULTO: la fraternidad estará ceñida con la misma dignidad y altura que tiene el TRATO CON DIOS: que viviendo la fraternidad vives la divinidad. Que das corazón y resulta que das también cariño a Dios.

Lo dice expresamente la lectura de Santiago: "el culto puro y perfecto, visitar huérfano y viudas en su tribulación" "Sé padre para los huérfanos y marido para las viudas y Dios te llamará HIJO".

      3. Una última cosa advierten nuestros exégetas, palabras pronunciadas por Jesús enseguida de instituir la EUCARISTIA. Han sido escuchadas y oradas por vosotras antes de consagrada la Eucaristía de vuestra profesión.


Entrad ahora en vuestra CONSAGRACIÓN. No es llegáis solas.

Os acompañan vuestras familias. Están con vosotras.

Vuestra sangre es ESTA sangre. Vuestra voz es la voz de la PROFESIÓN.

Vuestra manera de mirar y de sentír y ...

Os llegará ciertamente la acogida del Señor.

Os llega ciertamente la gratitud de la iglesia porque habéis hecho que lo vuestro sea tan eclesial, tan CONSOLACIÓN.

Os recibe en nombre de toda la Congregación la MADRE DE LA CONSOLACIÓN.

 

INTERCEDA VUESTRA PROFESIÓN Y VIDA PARA QUE SEAIS:

   GLORIA DE DIOS,

   HONRA DE LA IGLESIA,

   VIDA DE LA CONGREGACIÓN.

                                                          AMEN.


lunes, 26 de agosto de 2013

Te amo desde siempre

Hace tiempo que no hablamos, ¿Cómo te van las cosas? Te envío esta carta, porque, aunque te he dicho muchas veces y de muchas maneras que te amo, una más no te hará daño. ¿Sabes lo que siento por ti y lo que pienso en ti?Te conozco desde que naciste. ¡Ya antes, cuando estabas en el seno de tu madre! Tú quizás no te has dado cuenta, pero siempre he estado contigo, nunca jamás te he abandonado. ¿Cómo hubiera podido hacerlo, si tú eres mi mejor obra, mi alegría y mi compañía, mi hijo, en quien se complace mi Espíritu? Sí, no puedo dejar de pensar en ti. Me emociono con sólo pronunciar tu nombre. ¡Me gustaría tanto que me creyeras! En fin, si me conocieras bien, sabrías que mi ser es amar y dar vida. Como el sol da luz y calor, Yo doy vida y amor. Es lo mío, es lo que soy y lo que quiero hacer. Sin cansarme nunca, porque yo soy amor y sólo amor.
Antes de crear el mundo ya soñaba contigo. ¿Sabes que no hay nadie igual que tú, ni nunca lo hubo, ni nunca lo habrá? ¡Eres único, aunque no el único! Nunca nadie miró las cosas con tus ojos, actuó con tus manos, sintió y amó con tu corazón.
Conozco perfectamente el lado oscuro de tu vida. Sé que hay en ti sombras que a veces producen miedo a otras personas, y a ti mismo. Sé que a veces haces el mal, que el fondo no quieres. Sé que te cansas más de una vez en el esfuerzo de ser bueno. Llegas a desesperarte y lo dejas por imposible y renuncias a intentarlo de nuevo, y te dejas llevar, renunciando a luchar. Te comprendo.
Conozco el mal que hay en ti y que te hace sufrir, pero no tengas miedo. Mi mirada penetra más profundamente que la tuya y sé que estás abierto a la luz. No tengas miedo, porque no te rechazo y estoy siempre contigo para que sigas adelante. Ten paz. Si acoges mi Palabra tendrás parte adelantada de esta victoria.¿Sabes lo que espero de ti?
¡Que llegues a amarme como yo te amo!
Sí, ya sé que tú me quieres, pero lo que me preocupa es el amor que tienes a tus hermanos. Como yo os he amado,mis hijos, también quiero que os améis los unos a los otros. Recuerda que soy su Padre, que te quiero, y que nada me podrá separar de ti.
Un abrazo


Dios.

domingo, 28 de julio de 2013

El Papa Francisco a los Jóvenes en Copacabana, Río de Janeiro

 
Queridos jóvenes
Al verlos a ustedes, que están hoy aquí, me viene a la mente la historia de San Francisco de Asís. Ante el crucifijo oye la voz de Jesús, que le dice: «Ve, Francisco, y repara mi casa». Y el joven Francisco responde con prontitud y generosidad a esta llamada del Señor: reparar su casa. Pero, ¿Qué casa? Poco a poco se da cuenta de que no se trataba de hacer de albañil y reparar un edificio de piedra, sino de dar su contribución a la vida de la Iglesia; se trataba de ponerse al servicio de la Iglesia, amándola y trabajando para que en ella se reflejara cada vez más el rostro de Cristo.
También hoy el Señor sigue necesitando a los jóvenes para su Iglesia. Queridos jóvenes, el Señor los necesita. También hoy llama a cada uno de ustedes a seguirlo en su Iglesia y a ser misioneros. Queridos jóvenes el Señor hoy los llama. No al montón. A vos, a vos, a vos, a cada uno. Escuchen en el corazón qué les dice. Pienso que podemos aprender algo de lo que pasó en estos días: cómo tuvimos que cancelar por el mal tiempo la realización de esta vigilia en el Campus Fidei, en Guaratiba. ¿No estaría el Señor queriendo decirnos que el verdadero campo de la fe, el verdadero Campus Fidei, no es un lugar geográfico sino que somos nosotros? ¡Si! Es verdad. Cada uno de nosotros, cada uno ustedes, yo, todos. Y, ser discípulo misionero significa saber que somos el Campo de la fe de Dios. Por eso, a partir de la imagen del Campo de la fe, pensé en tres imágenes, tres, que nos pueden ayudar a entender mejor lo que significa ser un discípulo-misionero: la primera imagen, la primera, el campo como lugar donde se siembra; la segunda, el campo como lugar de entrenamiento; y la tercera, el campo como obra de construcción.
1. Primero: El campo como lugar donde se siembra. Todos conocemos la parábola de Jesús que habla de un sembrador que salió a sembrar en un campo; algunas simientes cayeron al borde del camino, entre piedras o en medio de espinas, y no llegaron a desarrollarse; pero otras cayeron en tierra buena y dieron mucho fruto (cf. Mt 13,1-9). Jesús mismo explicó el significado de la parábola: La simiente es la Palabra de Dios sembrada en nuestro corazón (cf. Mt 13,18-23). Hoy, todos los días, pero hoy de manera especial, Jesús siembra. Cuando aceptamos la Palabra de Dios, entonces somos el Campo de la Fe. Por favor, dejen que Cristo y su Palabra entren en su vida, dejen entrar la simiente de la Palabra de Dios, dejen que germine, dejen que crezca. Dios hace todo pero ustedes déjenlo hacer, dejen que Él trabaje en ese crecimiento.
Jesús nos dice que las simientes que cayeron al borde del camino, o entre las piedras y en medio de espinas, no dieron fruto. Creo que con honestidad podemos hacernos la pregunta: ¿Qué clase de terreno somos, qué clase de terreno queremos ser? Quizás a veces somos como el camino: escuchamos al Señor, pero no cambia nada en nuestra vida, porque nos dejamos atontar por tantos reclamos superficiales que escuchamos. Yo les pregunto, pero no contesten ahora, cada uno conteste en su corazón. ¿Yo soy un joven, una joven, atontado? O somos como el terreno pedregoso: acogemos a Jesús con entusiasmo, pero somos inconstantes ante las dificultades, no tenemos el valor de ir a contracorriente. Cada uno contestamos en nuestro corazón: ¿Tengo valor o soy cobarde? O somos como el terreno espinoso: las cosas, las pasiones negativas sofocan en nosotros las palabras del Señor (cf. Mt 13,18-22). ¿Tengo en mi corazón la costumbre de jugar a dos puntas, y quedar bien con Dios y quedar bien con el diablo? ¿Querer recibir la semilla de Jesús y a la vez regar las espinas y los yuyos que nacen en mi corazón? Cada uno en silencio se contesta.  Hoy, sin embargo, yo estoy seguro de que la simiente puede caer en buena tierra. Escuchamos estos testimonios, cómo la simiente cayó en buena tierra. No padre, yo no soy buena tierra, soy una calamidad, estoy lleno de piedras, de espinas, y de todo. Sí, puede que eso esté allá arriba, pero hacé un pedacito, hacé un cachito de buena tierra y dejá que caiga allí, y vas a ver cómo germina. Yo sé que ustedes quieren ser buena tierra, cristianos en serio, no cristianos a medio tiempo, no cristianos «almidonados» con la nariz así, que parecen cristianos y en el fondo no hacen nada. No cristianos de fachada. Esos cristianos que son pura facha, sino cristianos auténticos. Sé que ustedes no quieren vivir en la ilusión de una libertad chirle que se deja arrastrar por la moda y las conveniencias del momento. Sé que ustedes apuntan a lo alto, a decisiones definitivas que den pleno sentido. ¿Es así, o me equivoco? ¿Es así? Bueno, si es así hagamos una cosa: todos en silencio, miremos al corazón y cada uno dígale a Jesús que quiere recibir la semilla. Dígale a Jesús: mira Jesús las piedras que hay, mirá las espina, mirá los yuyos, pero mirá este cachito de tierra que te ofrezco, para que entre la semilla. En silencio dejamos entrar la semilla de Jesús. Acuérdense de este momento. Cada uno sabe el nombre de la semilla que entró. Déjenla crecer y Dios la va a cuidar. 
2. El campo, además de ser lugar de siembra, es lugar de entrenamiento. Jesús nos pide que le sigamos toda la vida, nos pide que seamos sus discípulos, que «juguemos en su equipo». A la mayoría de ustedes les gusta el deporte. Aquí, en Brasil, como en otros países, el fútbol es pasión nacional. ¿Sí o no? Pues bien, ¿Qué hace un jugador cuando se le llama para formar parte de un equipo? Tiene que entrenarse y entrenarse mucho. Así es nuestra vida de discípulos del Señor. San Pablo, escribiendo a los cristianos, nos dice: «Los atletas se privan de todo, y lo hacen para obtener una corona que se marchita; nosotros, en cambio, por una corona incorruptible» (1 Co 9,25). Jesús nos ofrece algo más grande que la Copa del Mundo; ¡algo más grande que la Copa del Mundo! Jesús nos ofrece la posibilidad de una vida fecunda y feliz, y también un futuro con él que no tendrá fin, allá en la vida eterna. Es lo que nos ofrece Jesús. Pero nos pide que paguemos la entrada. Y la entrada es que nos entrenemos para «estar en forma», para afrontar sin miedo todas las situaciones de la vida, dando testimonio de nuestra fe. A través del diálogo con él: la oración – “Padre, ahora nos va hacer rezar a todos, ¿no?” –. Te pregunto, pero contestan en su corazón, ¡eh! No en voz alta, en silencio. ¿Yo rezo? Cada uno se contesta. ¿Yo hablo con Jesús? O le tengo miedo al silencio. ¿Dejo que el Espíritu Santo hable en mi corazón? ¿Yo le pregunto a Jesús: Qué querés que haga? ¿Qué querés de mi vida? Esto es entrenarse. Pregúntenle a Jesús, hablen con Jesús. Y si cometen un error en la vida, si se pegan un resbalón, si hacen algo que está mal, no tengan miedo. Jesús, mirá lo que hice: ¿Qué tengo que hacer ahora? Pero siempre hablen con Jesús, en las buenas y en las malas. Cuando hacen una cosa buena y cuando hacen una cosa mala. ¡No le tengan miedo! Eso es la oración. Y con eso se van entrenando en el diálogo con Jesús en este discipulado misionero.  Y también a través de los sacramentos, que hacen crecer en nosotros su presencia. A través del amor fraterno, del saber escuchar, comprender, perdonar, acoger, ayudar a los otros, a todos, sin excluir y sin marginar. Estos son los entrenamientos para seguir a Jesús: la oración, los sacramentos y la ayuda a los demás, el servicio a los demás. ¿Lo repetimos juntos todos? “Oración, sacramentos y ayuda a los demás” [todos repiten en voz alta]. No se oyó bien. Otra vez [ahora más fuerte].
3. Y tercero: El campo como obra de construcción. Acá estamos viendo cómo se ha construido esto aquí. Se empezaron a mover los muchachos, las chicas. Movieron y construyeron una iglesia. Cuando nuestro corazón es una tierra buena que recibe la Palabra de Dios, cuando «se suda la camiseta», tratando de vivir como cristianos, experimentamos algo grande: nunca estamos solos, formamos parte de una familia de hermanos que recorren el mismo camino: somos parte de la Iglesia. Estos muchachos, estas chicas no estaban solos, en conjunto hicieron un camino y construyeron la iglesia, en conjunto hicieron lo de San Francisco, construir, reparar la iglesia. Te pregunto: ¿Quieren construir la iglesia? ¿Se animan? ¿Y mañana se van a olvidar de este sí que dijeron? ¡Así me gusta! Somos parte de la iglesia, más aún, nos convertimos en constructores de la Iglesia y protagonistas de la historia.  Chicos y chicas, por favor: no se metan en la cola de la historia. Sean protagonistas. Jueguen para adelante. Pateen adelante, construyan un mundo mejor. Un mundo de hermanos, un mundo de justicia, de amor, de paz, de fraternidad, de solidaridad. Jueguen adelante siempre. San Pedro nos dice que somos piedras vivas que forman una casa espiritual (cf. 1 P 2,5). Y miramos este palco, vemos que tiene forma de una iglesia construida con piedras vivas. En la Iglesia de Jesús, las piedras vivas somos nosotros, y Jesús nos pide que edifiquemos su Iglesia; cada uno de nosotros es una piedra viva, es un pedacito de la construcción, y si falta ese pedacito cuando viene la lluvia entra la gotera y se mete el agua dentro de la casa. Cada pedacito vivo tiene que cuidar la unidad y la seguridad de la Iglesia.  Y no construir una pequeña capilla donde sólo cabe un grupito de personas. Jesús nos pide que su Iglesia sea tan grande que pueda alojar a toda la humanidad, que sea la casa de todos. Jesús me dice a mí, a vos, a cada uno: «Vayan, hagan discípulos a todas las naciones». Esta tarde, respondámosle: Sí, Señor, también yo quiero ser una piedra viva; juntos queremos construir la Iglesia de Jesús. Quiero ir y ser constructor de la Iglesia de Cristo. ¿Se animan a repetirlo? Quiero ir y ser constructor de la Iglesia de Cristo. A ver ahora...  Después van a pensar lo que dijeron juntos.
Tu corazón, corazón joven, quiere construir un mundo mejor. Sigo las noticias del mundo y veo que tantos jóvenes, en muchas partes del mundo, han salido por las calles para expresar el deseo de una civilización más justa y fraterna. Los jóvenes en la calle. Son jóvenes que quieren ser protagonistas del cambio. Por favor, no dejen que otros sean los protagonistas del cambio. Ustedes son los que tienen el futuro. Ustedes... Por ustedes entra el futuro en el mundo. A ustedes les pido que también sean protagonistas de este cambio. Sigan superando la apatía y ofreciendo una respuesta cristiana a las inquietudes sociales y políticas que se van planteando en diversas partes del mundo. Les pido que sean constructores del futuro, que se metan en el trabajo por un mundo mejor. Queridos jóvenes, por favor, no balconeen la vida, métanse en ella, Jesús no se quedó en el balcón, se metió, no balconeen la vida métanse en ella como hizo Jesús. Sin embargo, queda una pregunta: ¿Por dónde empezamos? ¿A quién le pedimos que empiece esto? ¿Por dónde empezamos? Una vez, le preguntaron a la Madre Teresa qué era lo que había que cambiar en la Iglesia, para empezar, por qué pared de la Iglesia empezamos. ¿Por dónde – dijeron – Madre, hay de empezar? Por vos y por mí, contestó ella. ¡Tenía garra esta mujer! Sabía por dónde había che empezar. Yo también hoy le robo la palabra a la madre Teresa, y te digo: ¿Empezamos? ¿Por dónde? Por vos y por mí. Cada uno, en silencio otra vez, pregúntese si tengo que empezar por mí, por dónde empiezo. Cada uno abra su corazón para que Jesús les diga por dónde empiezo.
Queridos amigos, no se olviden: ustedes son el campo de la fe. Ustedes son los atletas de Cristo. Ustedes son los constructores de una Iglesia más hermosa y de un mundo mejor. Levantemos nuestros ojos hacia la Virgen. Ella nos ayuda a seguir a Jesús, nos da ejemplo con su «sí» a Dios: «Aquí está la esclava del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho» (Lc 1,38). Se lo digamos también nosotros a Dios, junto con María: Hágase en mí según tu palabra. Que así sea. 

sábado, 27 de julio de 2013

Via Crucis con los jóvenes en Brasil

Queridísimos jóvenes:
 
Hemos venido hoy aquí para acompañar a Jesús a lo largo de su camino de dolor y de amor, el camino de la Cruz, que es uno de los momentos fuertes de la Jornada Mundial de la Juventud. Al concluir el Año Santo de la Redención, el beato Juan Pablo II quiso confiarles a ustedes, jóvenes, la Cruz diciéndoles: «Llévenla por el mundo como signo del amor de Jesús a la humanidad, y anuncien a todos que sólo en Cristo muerto y resucitado hay salvación y redención» (Palabras al entregar la cruz del Año Santo a los jóvenes, 22 de abril de 1984: Insegnamenti VII,1 (1984), 1105). Desde entonces, la Cruz ha recorrido todos los continentes y ha atravesado los más variados mundos de la existencia humana, quedando como impregnada de las situaciones vitales de tantos jóvenes que la han visto y la han llevado. Queridos hermanos, nadie puede tocar la Cruz de Jesús sin dejar en ella algo de sí mismo y sin llevar consigo algo de la cruz de Jesús a la propia vida. Esta tarde, acompañando al Señor, me gustaría que resonasen en sus corazones tres preguntas: ¿Qué han dejado ustedes en la Cruz, queridos jóvenes de Brasil, en estos dos años en los que ha recorrido su inmenso país? Y ¿qué ha dejado la Cruz en cada uno de ustedes? Y, finalmente, ¿qué nos enseña para nuestra vida esta Cruz?
1. Una antigua tradición de la Iglesia de Roma cuenta que el apóstol Pedro, saliendo de la ciudad para escapar de la persecución de Nerón, vio que Jesús caminaba en dirección contraria y enseguida le preguntó: «Señor, ¿adónde vas?». La respuesta de Jesús fue: «Voy a Roma para ser crucificado de nuevo». En aquel momento, Pedro comprendió que tenía que seguir al Señor con valentía, hasta el final, pero entendió sobre todo que nunca estaba solo en el camino; con él estaba siempre aquel Jesús que lo había amado hasta morir. Miren, Jesús con su Cruz recorre nuestras calles y carga nuestros miedos, nuestros problemas, nuestros sufrimientos, también los más profundos. Con la Cruz, Jesús se une al silencio de las víctimas de la violencia, que ya no pueden gritar, sobre todo los inocentes y los indefensos; con la Cruz, Jesús se une a las familias que se encuentran en dificultad, y que lloran la trágica pérdida de sus hijos, como en el caso de los doscientos cuarenta y dos jóvenes víctimas en el incendio en la ciudad de Santa María a principios de este año. Rezamos por ellos. Con la Cruz Jesús se une a todas las personas que sufren hambre, en un mundo que, por otro lado, se permite el lujo de tirar cada día toneladas de alimentos. Con la cruz, Jesús está junto a tantas madres y padres que sufren al ver a sus hijos víctimas de paraísos artificiales, como la droga. Con la Cruz, Jesús se une a quien es perseguido por su religión, por sus ideas, o simplemente por el color de su piel; en la Cruz, Jesús está junto a tantos jóvenes que han perdido su confianza en las instituciones políticas porque ven el egoísmo y corrupción, o que han perdido su fe en la Iglesia, e incluso en Dios, por la incoherencia de los cristianos y de los ministros del Evangelio. Cuánto hacen sufrir a Jesús nuestras incoherencia. En la Cruz de Cristo está el sufrimiento, el pecado del hombre, también el nuestro, y Él acoge todo con los brazos abiertos, carga sobre su espalda nuestras cruces y nos dice: ¡Ánimo! No la llevás vos solo. Yo la llevo contigo y yo he vencido a la muerte y he venido a darte esperanza, a darte vida (cf. Jn 3,16).
2. Podemos ahora responder a la segunda pregunta: ¿Qué ha dejado la Cruz en los que la han visto y en los que la han tocado? ¿Qué deja en cada uno de nosotros? Miren, deja un bien que nadie más nos puede dar: la certeza del amor fiel de Dios por nosotros. Un amor tan grande que entra en nuestro pecado y lo perdona, entra en nuestro sufrimiento y nos da fuerza para sobrellevarlo, entra también en la muerte para vencerla y salvarnos. En la Cruz de Cristo está todo el amor de Dios, está su inmensa misericordia. Y es un amor del que podemos fiarnos, en el que podemos creer. Queridos jóvenes, fiémonos de Jesús, confiemos en Él (cf. Lumen fidei, 16).
Porque Él nunca defrauda a nadie. Sólo en Cristo muerto y resucitado encontramos la salvación y redención. Con Él, el mal, el sufrimiento y la muerte no tienen la última palabra, porque Él nos da esperanza y vida: ha transformado la Cruz de ser un instrumento de odio, y de derrota, y de muerte, en un signo de amor, de victoria, de triunfo y de vida.
El primer nombre de Brasil fue precisamente «Terra de Santa Cruz». La Cruz de Cristo fue plantada no sólo en la playa hace más de cinco siglos, sino también en la historia, en el corazón y en la vida del pueblo brasileño, y en muchos otros pueblos. A Cristo que sufre lo sentimos cercano, uno de nosotros que comparte nuestro camino hasta el final. No hay en nuestra vida cruz, pequeña o grande que sea, que el Señor no comparta con nosotros.
3. Pero la Cruz invita también a dejarnos contagiar por este amor, nos enseña así a mirar siempre al otro con misericordia y amor, sobre todo a quien sufre, a quien tiene necesidad de ayuda, a quien espera una palabra, un gesto. La Cruz nos invita a salir de nosotros mismos para ir al encuentro de ellos y tenderles la mano. Muchos rostros, lo hemos visto en el Viacrucis, muchos rostros acompañaron a Jesús en el camino al Calvario: Pilato, el Cireneo, María, las mujeres… Yo te pregunto hoy a vos: Vos, ¿Como quien querés ser. Querés ser como Pilato, que no tiene la valentía de ir a contracorriente, para salvar la vida de Jesús, y se lava las manos? Decidme: Vos, sos de los que se lavan las manos, se hacen los distraídos y miran para otro lado, o sos como el Cireneo, que ayuda a Jesús a llevar aquel madero pesado, como María y las otras mujeres, que no tienen miedo de acompañar a Jesús hasta el final, con amor, con ternura. Y vos ¿como cuál de ellos querés ser? ¿Como Pilato, como el Cireneo, como María? Jesús te está mirando ahora y te dice: ¿Me querés ayudar a llevar la Cruz? Hermano y hermana, con toda tu fuerza de joven ¿Qué le contestás?
 
Queridos jóvenes, llevemos nuestras alegrías, nuestros sufrimientos, nuestros fracasos a la Cruz de Cristo; encontraremos un Corazón abierto que nos comprende, nos perdona, nos ama y nos pide llevar este mismo amor a nuestra vida, amar a cada hermano o hermana nuestra con ese mismo amor. 
 

jueves, 25 de julio de 2013

Homilia del Papa Francisco en Aparecida, Brasil

       
Hoy, en vista de la Jornada Mundial de la Juventud que me ha traído a Brasil, también yo vengo a llamar a la puerta de la casa de María —que amó a Jesús y lo educó— para que nos ayude a todos nosotros, Pastores del Pueblo de Dios, padres y educadores, a transmitir a nuestros jóvenes los valores que los hagan artífices de una nación y de un mundo más justo, solidario y fraterno. Para ello, quisiera señalar tres sencillas actitudes, tres sencillas actitudes: mantener la esperanza, dejarse sorprender por Dios y vivir con alegría.
1. Mantener la esperanza. La Segunda Lectura de la Misa presenta una escena dramática: una mujer —figura de María y de la Iglesia— es perseguida por un dragón —el diablo— que quiere devorar a su hijo. Pero la escena no es de muerte sino de vida, porque Dios interviene y pone a salvo al niño (cf. Ap 12,13a-16.15-16a). Cuántas dificultades hay en la vida de cada uno, en nuestra gente, nuestras comunidades. Pero, por más grandes que parezcan, Dios nunca deja que nos hundamos. Ante el desaliento que podría haber en la vida, en quien trabaja en la evangelización o en aquellos que se esfuerzan por vivir la fe como padres y madres de familia, quisiera decirles con fuerza: Tengan siempre en el corazón esta certeza: Dios camina a su lado, en ningún momento los abandona. Nunca perdamos la esperanza. Jamás la apaguemos en nuestro corazón. El «dragón», el mal, existe en nuestra historia, pero no es el más fuerte. El más fuerte es Dios, y Dios es nuestra esperanza. Es cierto que hoy en día, todos un poco, y también nuestros jóvenes, sienten la sugestión de tantos ídolos que se ponen en el lugar de Dios y parecen dar esperanza: el dinero, el éxito, el poder, el placer. Con frecuencia se abre camino en el corazón de muchos una sensación de soledad y vacío, y lleva a la búsqueda de compensaciones, de estos ídolos pasajeros. Queridos hermanos y hermanas, seamos luces de esperanza. Tengamos una visión positiva de la realidad. Demos aliento a la generosidad que caracteriza a los jóvenes, ayudémoslos a ser protagonistas de la construcción de un mundo mejor: son un motor poderoso para la Iglesia y para la sociedad. Ellos no sólo necesitan cosas. Necesitan sobre todo que se les propongan esos valores inmateriales que son el corazón espiritual de un pueblo, la memoria de un pueblo. Casi los podemos leer en este santuario, que es parte de la memoria de Brasil: espiritualidad, generosidad, solidaridad, perseverancia, fraternidad, alegría; son valores que encuentran sus raíces más profundas en la fe cristiana.
2. La segunda actitud: dejarse sorprender por Dios. Quien es hombre, mujer de esperanza —la gran esperanza que nos da la fe— sabe que Dios actúa y nos sorprende también en medio de las dificultades. Y la historia de este santuario es un ejemplo: tres pescadores, tras una jornada baldía, sin lograr pesca en las aguas del Río Parnaíba, encuentran algo inesperado: una imagen de Nuestra Señora de la Concepción. ¿Quién podría haber imaginado que el lugar de una pesca infructuosa se convertiría en el lugar donde todos los brasileños pueden sentirse hijos de la misma Madre? Dios nunca deja de sorprender, como con el vino nuevo del Evangelio que acabamos de escuchar. Dios guarda lo mejor para nosotros. Pero pide que nos dejemos sorprender por su amor, que acojamos sus sorpresas. Confiemos en Dios. Alejados de él, el vino de la alegría, el vino de la esperanza, se agota. Si nos acercamos a él, si permanecemos con él, lo que parece agua fría, lo que es dificultad, lo que es pecado, se transforma en vino nuevo de amistad con él.
3. La tercera actitud: vivir con alegría. Queridos amigos, si caminamos en la esperanza, dejándonos sorprender por el vino nuevo que nos ofrece Jesús, ya hay alegría en nuestro corazón y no podemos dejar de ser testigos de esta alegría. El cristiano es alegre, nunca triste. Dios nos acompaña. Tenemos una Madre que intercede siempre por la vida de sus hijos, por nosotros, como la reina Esther en la Primera Lectura (cf. Est 5,3). Jesús nos ha mostrado que el rostro de Dios es el de un Padre que nos ama. El pecado y la muerte han sido vencidos. El cristiano no puede ser pesimista. No tiene el aspecto de quien parece estar de luto perpetuo. Si estamos verdaderamente enamorados de Cristo y sentimos cuánto nos ama, nuestro corazón se «inflamará» de tanta alegría que contagiará a cuantos viven a nuestro alrededor. Como decía Benedicto XVI, aquí, en este Santuario: «El discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro»                                                
Queridos amigos, hemos venido a llamar a la puerta de la casa de María. Ella nos ha abierto, nos ha hecho entrar y nos muestra a su Hijo. Ahora ella nos pide: «Hagan todo lo que él les diga» (Jn 2,5). Sí, Madre, nos comprometemos a hacer lo que Jesús nos diga. Y lo haremos con esperanza, confiados en las sorpresas de Dios y llenos de alegría. Que así sea.

martes, 23 de julio de 2013

Has decidido que te la llevas


Risto Mejide a Concha Gracia Campoy a cualquier persona
que sé pierde…

Has decidido que te la llevas. La noticia ha caído como un mazazo sobre la familia. Un mazazo de los que te rompe por dentro pero te une por fuera. Un mazazo que aplasta cada año más de 200.000 familias sólo en España. Otra familia que se ve obligada a recordar que sólo se tiene a sí misma cuando alguien se viene o se va.
Has decidido que te la llevas. No has sido ni para decirlo a la cara. Nos lo has hecho saber desde tu escondite, la putrefacta caverna microscópica en la que llevas meses atrincherado, agazapado detrás de un asterisco que venía en un sobre muy parecido al de las facturas, como si alguien te hubiera pedido la cuenta, el qué se debe, l'addition. Cobarde, que eres un cobarde. Mal rayo te parta. Ni un mísero aviso. Ni una oportunidad. Te presentas como se presentan los delincuentes y los indeseables, por sorpresa, sin avisar, cuando ya todo es tarde, cuando ya sólo queda alevosía y nocturnidad. Como si te hubiéramos hecho algo. Como si alguien en este mundo mereciese algo así.
Porque has decidido que te la llevas. Vale, muy bien y ahora qué. Nos das la noticia, nos marcas un plazo, nos amputas cualquier esperanza y aún tendremos que darte las gracias por dejarnos algo de tiempo para despedirnos de ella. Nos dejas el tiempo justo para embalsamar tantos recuerdos que no sabemos ni por dónde empezar. El tiempo justo para no poder ni llorar.
Que sepas que no vas a llevártela tan fácilmente. Que sepas que ella piensa plantarte cara hasta el final. Aunque sea lo último que haga. Piensa aferrarse a lo que le queda de sí. Y piensa apurar toda estadística por ínfima que sea, como se apura el último sorbo en pleno desierto, como se estiran esos últimos minutos antes de que vuelva a sonar el despertador.
Pero sobre todo, que sepas que no está sola. Ni ahora ni nunca. Ni antes ni después. Su dolor es el nuestro. Su lucha no se libra sólo en su organismo, sino en el ánimo de todos y cada uno de los que la queremos, la querremos y la quisimos alguna vez. Porque en eso consiste querer de verdad, sufrir lo que se ama y amar lo que se sufre, se esté en el cuerpo de quien se esté. Pero qué hago contándote esto, tú qué vas a saber, si eso tú no lo podrás sentir jamás.
Tú has decidido que te la llevas, y punto. Y eso sí, ahora nos ofreces todo tipo de paliativos. Siniestra palabra. Eufemismos, tecnicismos inútiles para disfrazar el dolor que menos duela. Pero duele igual.
Tratamiento, otra palabra que siempre nos será extraña. Porque esconde lo mismo que esconde cualquier peluca. Un esfuerzo titánico, cotidiano, íntimo y personal por aparentar normalidad bajo circunstancias absolutamente extraordinarias.
Por eso, has decidido que te la llevas y puede que al final hasta te la acabes llevando. Puede que ganes, pero jamás vas a triunfar. Porque hay cosas que nunca podrás llevarte.
No te llevarás su risa. Porque su risa puede contigo. Aunque al final te la lleves a ella, su risa se quedará. Tampoco puedes con su cariño. El que recibe y el que nos ha dado. Cuanto más se apaga ella, más se ilumina el hueco que deja a su alrededor. Y por supuesto, no podrás con su recuerdo. Es demasiado grande para ti. Y para cien más como tú.
Cuídate mucho, porque esto no ha hecho más que empezar. Detrás de tus malditas 6 letras hay mucha más gente que sigue luchando todos los días, desde dentro y desde fuera de la enfermedad. Disfruta aún que puedes. Destruye a discreción mientras te dure.
Nosotros tardaremos más o menos, nos dejaremos más o menos por el camino, pero tarde o temprano, tú caerás. Como cayeron tantas otras antes que tú. Porque vamos a por ti. Y si algo bueno tiene el ser humano, de las pocas cosas buenas quizás, es que cuando queremos destruir algo, cuando de verdad nos lo proponemos, es sólo cuestión de tiempo que lo consigamos. Mira si somos buenos, que a veces hasta lo hacemos sin querer.
Has decidido que te la llevas.
Ahora mírame fijamente.
Porque a mí, miedo, no me das.