domingo, 10 de febrero de 2013
domingo, 3 de febrero de 2013
Dios te llama.
La llamada del Señor es personal, dirigida en concreto a mí. No es una pura invitación a voleo. La Biblia subraya este carácter personal llamando a los elegidos por su nombre: Abraham, Moisés, Samuel, Simón, María… Yo con mis deseos y mis miedos, con mis cualidades y limitaciones, con mi historia pasada y mi futuro abierto, he sido lla-mado por una llamada que aconteció en un momento de mi vida, pe-ro permanece para siempre. "Señor: tú has dicho mi nombre".
Esta llamada del Señor hace diana en el centro de la persona y desde allí va transformando toda la vida del llamado por fuera y por dentro. Por fuera se rompen los planes previos (profesión, vida afectiva). Por dentro, el corazón queda "tocado". Nacen otros objetivos, otros moti-vos, otros valores. Nace un hombre nuevo, una mujer nueva. La Bi-blia refleja en ocasiones este nuevo nacimiento con un recurso: Dios cambia el nombre al llamado: Abrán es ya Abraham, Jacob es Israel, Simón es Pedro, Saulo es Pablo.
La llamada del Señor hace que los llamados, siendo iguales, seamos "diferentes". Nos convertimos como los profetas, como Jesús, en ex-traños entre los nuestros. Nuestro criterio y nuestra sensibilidad ante los bienes materiales, el poder, el éxito personal son diferentes de los imperantes. Nos entristecen la superficialidad religiosa, los ídolos de la gente, la insensibilidad para con los pobres. Esta extrañeza nos hace sufrir (cfr. Jn. 20,7-9)
La llamada del Señor postula la entrega de todo el corazón y de toda la vida del llamado. La irrupción de Jesús en nuestra vida es tal que ya no sabemos ni queremos ni podemos existencialmente dedicar nuestras energías a otros intereses que los vinculados a la llamada. Este es el caso de Pablo y de tantos otros. El Nuevo Testamento no conoce para los llamados una "electrólisis" entre mi vida privada y el cumplimiento de mi ministerio. Todo queda consagrado. Consagrarse es entregarse totalmente (toda la persona) definitivamente (para to-da la vida) y exclusivamente (para un único servicio)
Una llamada tan radical despierta simultáneamente en nosotros el atractivo y el miedo, el deseo y la resistencia, el acelerador y el fre-nado del corazón humano.
"Soy tartamudo" dirá Moisés. "Soy todavía un niño que no sabe hablar" responderá Jeremías. "Otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieres" escuchará Pedro. El miedo a "perderse a sí mismo" y el sentimiento de desproporción entre la magnitud de la tarea y la limitación e indignidad convierten el corazón del llamado en un campo de batalla. "Quiero vivir a mi aire, ser como todos". Y a pesar de todo vuelve la pregunta, el atractivo, el consuelo, la volun-tad de entregarse.
Llamada acompañada de una promesa que se repite en el Antiguo y Nuevo Testamento:
"yo estaré contigo, con vosotros, hasta el final". No nos promete éxitos ni comodidades. Sí su apoyo y compañía cons-tantes. Más bien nos asegura que habrá cruz. Pero también la alegría como estado habitual
Hermanos y amigos: hemos sido llamados, convocados. Seamos también vocantes e invocantes.
lunes, 28 de enero de 2013
Oración
NUESTRA VIDA DE ORACIÓN
ü Nuestra oración quiere ser un dejarnos en manos de
Dios cada vez con mayor confianza, para que sea Él quien guíe nuestros pasos
hacia los hermanos.
ü Nuestra oración quiere ser cada vez más gratuita, no
dependiente de lo que encontremos en ella (¿por qué siempre queremos hallar
gusto, comprobar que Dios está, o experimentar que la Palabra nos da
soluciones?) Como decía S. Francisco: “Dios es, y eso basta”.
ü Nuestra oración queremos que incida realmente hasta en
las más pequeñas decisiones de la vida, invadiendo de los mismos sentimientos
de Cristo nuestro pensar, sentir, obrar.
Ya
está bien de hablar, y vamos a escuchar momentos de esa oración en algunos
‘compañeros de camino’ de esta aventura apasionante que es hallar a Dios en
todas las cosas, de tal manera que vivamos como Mª Rosa Molas: “Sólo deseo que el pobre sea servido y Dios
loado”
1
|
que encontrar a Dios.
Es decir, enamorarse
profundamente
y sin mirar atrás.
Aquello de lo que te
enamores,
lo que arrebate tu
imaginación,
afectará todo.
Determinará lo que te
haga levantar por la mañana,
lo que harás con tus
atardeceres,
cómo pases tus fines
de semana,
lo que leas,
a quién conozcas,
lo que te rompa el
corazón...
y lo que te llene de
asombro con alegría y agradecimiento.
Enamórate, permanece
enamorado
y esto lo decidirá
todo.
Pedro Arrupe, S. J.
2
|
Padre, me pongo en
tus manos.
Haz de mí lo que
quieras.
Sea lo que sea, por
ello te doy las gracias.
Estoy dispuesto a
todo.
Lo acepto todo,
con tal de que se
cumpla Tu voluntad en mí
y en todas tus
criaturas.
No deseo nada más,
Padre.
Te confío mi alma.
Te la entrego con
todo el amor de que soy capaz.
Porque te amo y
necesito darme,
ponerme en tus manos
sin medida,
con infinita
confianza. Porque Tú eres mi Padre.
Charles
de Foucauld
3
|
¡Tarde te amé,
hermosura tan antigua y tan nueva,
tarde te amé!
Y ves que tú estabas dentro de mí y yo fuera,
Y por fuera te buscaba;
Y deforme como era,
Me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste.
Tú estabas conmigo mas yo no lo estaba contigo.
Me retenían lejos de ti aquellas cosas
Que, si no estuviesen en ti, no serían.
Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera:
Brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera;
Exhalaste tu perfume y respiré,
Y suspiro por ti;
Gusté de ti, y siento hambre y sed;
Me tocaste y me abrasé en tu paz.
San Agustín.
4
|
¿Cuál será la huella
que me lleve hasta tu encuentro?
No quiero vivir errante y vacío
quedándome sólo en tus huellas.
¿Se llamará salud, o enfermedad?
¿Se presentará con el rostro del éxito
o con el cansancio golpeado del fracaso?
¿Será seca como el desierto
o rebosante de vida como el oasis?
¿Brillará con la transparencia del místico
o se apagará en el despojo del oprimido?
¿Caerá sobre mí como golpe de látigo
o se acercará como caricia de ternura?
¿Brotará en comunión con un pueblo festivo
o en mi indecible soledad original?
¿Será la historia brillante de los libros
o el revés oprimido de la trama?
No importa cuál sea el camino
que me conduzca hasta tu encuentro.
No quiero apoderarme de tus huellas
cuando son reflejo fascinante de tu gloria,
ni quiero evadirlas fugitivo
cuando son golpe y angustia.
No importa lo que tarde en abrirse
el misterio que te esconde,
y toda huella tuya me anuncia.
Todo mi viaje llega
al silencio y a la espera
de mi “no saber” más hondo.
Pero “yo sé” que ya estoy en ti
cuando aguardo ante tu puerta.
que me lleve hasta tu encuentro?
No quiero vivir errante y vacío
quedándome sólo en tus huellas.
¿Se llamará salud, o enfermedad?
¿Se presentará con el rostro del éxito
o con el cansancio golpeado del fracaso?
¿Será seca como el desierto
o rebosante de vida como el oasis?
¿Brillará con la transparencia del místico
o se apagará en el despojo del oprimido?
¿Caerá sobre mí como golpe de látigo
o se acercará como caricia de ternura?
¿Brotará en comunión con un pueblo festivo
o en mi indecible soledad original?
¿Será la historia brillante de los libros
o el revés oprimido de la trama?
No importa cuál sea el camino
que me conduzca hasta tu encuentro.
No quiero apoderarme de tus huellas
cuando son reflejo fascinante de tu gloria,
ni quiero evadirlas fugitivo
cuando son golpe y angustia.
No importa lo que tarde en abrirse
el misterio que te esconde,
y toda huella tuya me anuncia.
Todo mi viaje llega
al silencio y a la espera
de mi “no saber” más hondo.
Pero “yo sé” que ya estoy en ti
cuando aguardo ante tu puerta.
Benjamín
González Buelta
1
|
2
|
El niño Samuel
oficiaba ante el Señor con Elí. La
Palabra del Señor era rara en aquel tiempo y no abundaban las
visiones. Un día Elí estaba acostado en su habitación. Sus ojos empezaban a
apagarse y no podía ver. Aún no se había apagado la lámpara de Dios, y Samuel
estaba acostado en el santuario del Señor, donde estaba el arca de Dios. El
Señor llamó: -¡Samuel, Samuel!- Y éste respondió: -¡Aquí estoy!- Fue corriendo
adonde estaba Elí, y le dijo: -Aquí estoy; vengo porque me has llamado-. Elí
respondió: -No te he llamado, vuelve a acostarte-. Samuel fue a acostarse, y el
Señor lo llamó otra vez. Samuel se levantó, fue a donde estaba Elí, y le dijo: -Aquí
estoy; vengo porque me has llamado-. Elí respondió: -No te he llamado, hijo;
vuelve a acostarte-. Samuel no conocía todavía al Señor; aún no se le había revelado
la Palabra
del Señor. El Señor volvió a llamar por tercera vez. Samuel se levantó y fue a
donde estaba Elí, y le dijo: -Aquí estoy; vengo porque me has llamado-. Elí
comprendió entonces que era el Señor quien llamaba al niño, y le dijo: -Anda,
acuéstate. Y si te llama alguien, dices: Habla, Señor, que tu siervo escucha-.
Samuel fue y se acostó en su sitio. El Señor se presentó y lo llamó como antes:
-¡Samuel, Samuel!-. Samuel respondió: -Habla, que tu siervo escucha-. 1Sm. 3, 1-10
| 3 |
-
”Para los hombres es imposible, no para Dios; todo es
posible para Dios”.
Pedro entonces le dijo:
-
Mira, nosotros
hemos dejado todo y te hemos seguido.
Jesús le contestó:
-
Os aseguro que todo el que deje casa o hermanos o
hermanas o madre o padre o hijos o campos por mí y por la Buena Noticia ha de
recibir en esta vida cien veces más en casas y hermanos y hermanas y madres e
hijos y campos, con persecuciones, y en el mundo futuro vida eterna. Pero
muchos primeros serán últimos y muchos últimos serán primeros.
Iban de camino, subiendo hacia
Jerusalén. Jesús iba adelante y ellos se sorprendían; los que seguían iban con
miedo. Él reunió otra vez a los Doce y se puso a anunciarles lo que le iba a
suceder:
Mc 10, 27-32
| 4 |
El sexto mes
envió Dios al ángel Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una
virgen prometida a un hombre llamado José, de la familia de David; la virgen se
llamaba María. Entró el ángel a donde estaba ella y le dijo: ---Alégrate,
favorecida, el Señor está contigo. Al oírlo, ella se turbó y discurría qué
clase de saludo era aquél. El ángel le dijo: ---No temas, María, que gozas del
favor de Dios. Mira, concebirás y darás a luz un hijo, a quien llamarás Jesús. Será
grande, llevará el título de Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono
de David, su padre, para que reine sobre la Casa de Jacob por siempre y su reinado no tenga
fin. María respondió al ángel: --- ¿Cómo sucederá eso si no convivo con un
varón? El ángel le respondió: ---El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder
del Altísimo te hará sombra; por eso, el consagrado que nazca llevará el título
de Hijo de Dios. Mira, también tu pariente Isabel ha concebido en su vejez, y
la que se consideraba estéril está ya de seis meses. Pues nada es imposible
para Dios. Respondió María: ---Aquí tienes a la esclava del Señor: que se
cumpla en mí tu palabra. El ángel la dejó y se fue.
Lc 1, 26-38
jueves, 24 de enero de 2013
Super Antonio. Amar a Dios y al Hermano
La diversidad nos une, la diversidad nos hace "ricos" ante Dios... Ojalá el mundo y cada persona nos dieramos cuenta que el diferente es una riqueza...El Señor nos haga vez la luz...
domingo, 20 de enero de 2013
viernes, 18 de enero de 2013
Tu eres Señor mi fortaleza, mi Roca, mi Luz...
A veces la vida nos lleva por caminos dificiles, nos hace vivir experiencias de tristeza; la muerte de alguien querido, la enfermedad de quien amamos, la incomprensión de otros... Pero como Consuela dormirse sabiendo que el Señor es el guardian de nuestra Vida...
Señor, ayúdame a vivir seguro de que Tú eres
para mí guardián que nunca duerme, almena y escudo que me defiende, manos en
cuya palma está escrito mi nombre.
Quiero
avanzar ha ia lo desconocido contando no con mis propias fuerzas, sino con la
que me da la fe de que Tú sostienes a todos los que se atreven a fiarse de ti.
Que
tu palabra disipe todo lo que en mi cause cualquier temor, angustia o ansiedad,
que me atreva a entregarte una confianza total, seguro de que esa firmeza que
me ofreces no es una recompensa a mi esfuerzo, ni se deja conquistar, sino que
es un don que Tú concedes gratuitamente a quien se atreve a fiarse de ti en
medio de las tormentas de la vida.
Haz
que cuente siempre con tu presencia, que me fíe de ti antes de recibir signos,
que acepte los medios débiles que Tú me ofreces y que recuerde siempre que eres
Tú la Roca firme en la que se asienta mi debilidad y que sólo en ella voy a
encontrar la fortaleza que necesito para construir mi propia existencia y para
sostener y apoyar a otros.
“¡Cuánto
te amo, Señor, mi fortaleza!
Señor,
mi peña, mi alcázar, mi libertador, Dios mío, roca mía, refugio mío!
¿Mi
fuerza salvadora, mi baluarte famoso!
Señor,
Tú enciendes mi lámpara; Dios mío Tú alumbras mis tinieblas. Fiado en ti me
meto en la refriega, fiado en mi Dios asalto la muralla. Dios me ciñe de valor
y hace perfecta mi conducta: Ensanchaste el camino ante mis pasos, y no
flaquearon mis tobillos; me ceñiste de valor para la lucha, doblegaste a los
que se me resistían; ¡Viva el Señor, bendita sea mi Roca, sea ensalzado mi Dios
y Salvador!” (Del salmo 18).
miércoles, 16 de enero de 2013
SEGUIR A JESÚS EN MI HERMANO

«...
El maestro de la Ley contestó: 'Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón,
con
toda
tu alma, con toda tu fuerza y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti
mismo'.
Jesús le dijo: 'Tu respuesta es exacta; haz eso y vivirás'. Pero él quiso dar el motivo de su pregunta y dijo a Jesús: '¿Quién es mi prójimo...'» (/Lc/10/27-29).
Jesús le dijo: 'Tu respuesta es exacta; haz eso y vivirás'. Pero él quiso dar el motivo de su pregunta y dijo a Jesús: '¿Quién es mi prójimo...'» (/Lc/10/27-29).
La
predicación de Jesús, cuyo tema central es el Reino de Dios, tiene por objeto
hacer de los
hombres una fraternidad. Nos reveló que Dios es nuestro Padre, haciendo de esta
paternidad
común la raíz de nuestra hermandad. Esta es una posibilidad real desde que Cristo
aparece en la historia como nuestro Hermano universal. Al
insistir absolutamente en el amor fraterno y en que todos
somos
hermanos (Jn 13,34; Mt 23,8-9), y al subrayar el segundo mandamiento de la Ley
(«Amarás
a tu prójimo como a ti mismo»; «amaos como yo os he amado»,
Lc 10,27; Jn 15,12), ha hecho del amor al prójimo el signo de la identidad cristiana y la prueba decisiva de su seguimiento.
Lc 10,27; Jn 15,12), ha hecho del amor al prójimo el signo de la identidad cristiana y la prueba decisiva de su seguimiento.
Sus oyentes se plantearon sin duda la cuestión
de saber quién era para el Maestro el
prójimo;
qué extensión le daba a esa idea y cómo había que concretarla en la vida
diaria.
Indudablemente,
Jesús iba más allá del concepto veterotestamentario, en que el prójimo (el
hermano)
era el amigo, el que participaba de la religión y la nacionalidad judía. La inquietud
de
precisar «quién es mi prójimo», al cual debemos amar en hechos y no en
palabras, creo
que
es hoy igualmente importante para los cristianos y para los que sin serlo
aceptan esta
exigencia
básica de Jesús.
Porque, en realidad, ¿quién es prójimo para
nosotros en lo concreto de nuestra historia
personal?
¿Son nuestros amigos? ¿Los cristianos? ¿Nuestros ciudadanos? ¿O también los
habitantes
de otros países (a los que nunca vemos), es decir, todos los hombres?
Esta pregunta, que inquietaba especialmente a
los oyentes de Cristo más críticos,
emerge
en los labios de un doctor de la Ley como un cuestionamiento y una prueba de la
idea
de prójimo que Jesús predicaba.
«Para
ponerlo en apuros» (Lc 10,25ss) el letrado lo interroga sobre el segundo mandamiento
de la Ley, semejante al primero: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Pero ésa
no era la pregunta decisiva. Lo que al doctor de la Ley le interesaba saber era
la idea que
Jesús se hacía del «prójimo», idea hasta ahora, al parecer, nunca explicitada
claramente:
«Queriendo dar el motivo de su pregunta, dijo a Jesús: '¿Quién es mi prójimo?'»
(Lc 10,29).
Jesús no responde con una definición, sino con
una parábola. Con un relato en que
todos
nos sentimos aludidos. Lo propio de todo relato evangélico es que en los
personajes
que
ahí aparecen nos identificamos cada uno de nosotros. Por eso su valor universal
y
extratemporal.
En este caso, el relato es la parábola del Buen Samaritano, y las
consecuencias
que ahí se desprenden sobre el concepto del prójimo son válidas para
todos.
El «vete y haz tú lo mismo» (Lc 10,37) no es sólo una exigencia para el doctor
de la
Ley,
sino también para mí. La meditación de esta parábola (/Lc/10/30-35)
nos conduce al descubrimiento del prójimo según el criterio de Jesús.
El prójimo como pobre
Mi
prójimo es aquel que tiene derecho a esperar algo de mí. Aquel
que Dios pone en el camino de mi historia personal. En algún sentido todo
hombre es potencialmente
prójimo (aunque viva en otro continente y yo nunca lo haya encontrado), pero
prójimo real e históricamente es el que yo encuentro en mi vida pues sólo en
este caso hay
derecho al acto del amor fraterno. La fraternidad cristiana es una disposición
a hacer de
cualquier persona (mi prójimo), si se presenta la ocasión.
El prójimo es el necesitado. En la parábola
del samaritano el necesitado es un judío
expoliado
y herido. En la parábola del juicio final (Mt 25,31ss) es el hambriento, el
sediento,
el
enfermo, el exiliado, el encarcelado. En forma muy especial, el prójimo es el
pobre, en el
cual
Jesús se revela como necesitado. «Lo que hicieron con algunos de estos mis
hermanos
más pequeños, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40).
Hay necesitados (pobres) «ocasionales» y
«permanentes». No sabemos si el judío herido
de la parábola era sociológicamente pobre; podemos incluso presumir que no lo
era,
ya
que si fue robado es porque llevaba dinero. Pero en el momento del encuentro
con el
samaritano
era un pobre y necesitado. Tenía derecho a ser tratado como prójimo. Los ricos
y
poderosos son mis prójimos cuando necesitan de mí, aunque sea ocasionalmente.
Dar
ayuda
a un capitalista o un gobernante perseguido por cambios políticos, cualquiera
que
sea
su ideología, es un deber cristiano; es tratarlo como prójimo.
Pero
la mayoría son pobres y necesitados «permanentes». Son explotados,
marginados y empobrecidos por la sociedad. Son los discriminados por las ideologías
y por el poder. La opción por el pobre que nos ordena el Evangelio es servir a ese
prójimo no sólo como personas, sino como
situaciones sociales. Hoy nuestro prójimo es
también colectivo. El judío herido y empobrecido es una situación permanente.
Son los obreros,
los campesinos, los indios, los subproletarios...
La opción cristiana no es por la pobreza,
porque la pobreza no existe como tal. La opción
es
por el pobre, sobre todo el pobre «permanente», que está en mi camino y que
forma
parte
de mi sociedad, el cual tiene derecho a esperar de mí. El hecho del pobre como prójimo
colectivo le da a la caridad fraterna su exigencia social y política. Para el
Evangelio
el
compromiso sociopolítico del cristiano es a causa del pobre. La política es la
liberación
del
necesitado.
La exigencia de «hacerse hermano»

Al terminar de contar la parábola al doctor de
la Ley, Jesús le dirige una pregunta que
nos
podría sorprender: «¿Cuál de estos tres se portó como prójimo (hermano) del
hombre que
cayó en manos de los salteadores?» (/Lc/10/36).
Quiere decir que los tres no fueron hermanos
del herido. Podrían haberlo sido, pero de hecho
lo fue «el que se mostró compasivo con él» (Lc 10,37). El sacerdote no es
hermano del
judío, y tampoco el levita. El samaritano, sí. Para Jesús, el ser hermano de
los demás no
es algo «automático», como un derecho adquirido. No somos hermanos de los otros
mientras
no actuemos como tales. Debemos hacernos hermanos de los demás.
El
cristianismo no nos enseña que «de hecho» ya somos hermanos.
Querrá decir entonces que enseña una irrealidad. La experiencia del odio, la división,
la injusticia y la violencia que vemos cada día nos hablan de lo contrario. No somos
hermanos, pero podemos serlo. Esa es la enseñanza y la capacidad que nos da el Evangelio:
Jesús nos exige, y nos da la fuerza para «hacernos hermanos». Pero el serlo de hecho
depende de nuestra actitud de «mostrarnos caritativos», comprometiéndonos con
el otro. El pecado del sacerdote y del levita no fue el
no tener sentimientos de compasión. Habitualmente,
todo hombre los tiene. Fue el haber evitado el encuentro con el necesitado, poniéndose
en situación de no tener que comprometerse («... al verlo pasó por el otro lado
de
la carretera y siguió de largo...», Lc 10,31). Esta actitud les impidió hacerse
hermanos prójimos)
del judío herido.
El samaritano fue hermano del herido. No por
su religión (el sacerdote, el levita y el judío
tenían
la misma religión; el samaritano era un hereje), ni por su raza o nacionalidad
o ideología
(era precisamente el único de los tres que no la compartía con el judío), sino
por
su
actitud caritativa. Mi prójimo no es el que comparte mi religión,
mi patria, mi familia o mis ideas. Mi prójimo es
aquel con el cual yo me comprometo. Nos
hacemos hermanos cuando nos comprometemos con los que tienen necesidad de nosotros,
y tanto más cuanto más total es el compromiso. El samaritano no se contentó con
«salir
del paso» a medias. Lo curó, lo vendó, lo cargó, lo llevó a una posada y pagó
todo lo necesario
(Lc 10,3-35).
El compromiso en el amor es la medida de la
fraternidad. No somos hermanos si no
sabemos
ser eficazmente compasivos hasta el fin.Para acercarse al judío, el samaritano tuvo
que hacer un esfuerzo por salir de sí. Por aliviarse
de su raza, su religión, sus prejuicios. «... Hay que saber que los judíos no
se comunican
con los samaritanos...» (Jn 4,9). Tuvo que dejar de lado su mundo y sus intereses
inmediatos. Abandonó sus planes de viaje, entregó su tiempo y dinero. En cuanto
al
sacerdote y el levita, no sabemos si eran peores o mejores que el samaritano,
pero si sabemos
que no salieron de «su mundo». Sus proyectos, que no quisieron trastornar interrumpiendo
su camino, eran más importantes para ellos que el llamado a hacerse hermano
del herido; sus funciones rituales y religiosas las consideraron por encima de
la caridad
fraterna.
El hacerse hermano del otro supone salir de
«nuestro mundo» para entrar en «el mundo
del
otro». Entrar en su cultura, su mentalidad, sus necesidades, su pobreza. El
hacerse
hermano
supone sobre todo entrar en el mundo pobre. La fraternidad es tan exigente y
difícil
porque no consiste sólo en prestar un servicio exterior, sino en un gesto de
servicio
que
nos compromete, que nos arranca de nosotros mismos para hacernos solidarios con
la
pobreza
del otro. Del pobre nos separa nuestro mundo de riqueza, de saber y de poder.
Nos
separan también las formas de convivencia y los prejuicios de una sociedad desintegrada,
clasista y estratificadamente injusta. Hacerse hermano del otro en cuanto pobre y
necesitado, como éxodo de mi mundo, adquiere
las características de una reconciliación. Al tratar como prójimo al judío, el samaritano
se reconcilia con él, y en principio con los de su raza. Cada vez que hacemos del
otro nuestro prójimo y hermano, en circunstancias de conflicto y división personal,
comunitario
o social, nos reconciliamos con él. Que el rico se haga hermano del pobre significa
que le hace justicia, estableciendo el proceso de una reconciliación social. Lo
mismo
habría que decir de los políticos separados por ideologías o de las razas y nacionalidades
adversarias.
La noción de prójimo proclamada por Jesús en
su respuesta al doctor de la Ley conduce
a la fraternidad universal, a la justicia y a la reconciliación. Hacernos
prójimos del pobre
y necesitado es la exigencia que nos plantea la interpretación que el mismo
Cristo da al
segundo mandamiento de la Ley. Esta exigencia es para cada uno de nosotros:
«Vete y
haz
tú lo mismo» (Lc 10, 37)
(·GALILEA-SEGUNDO-1.
Págs. 267-273)
jueves, 3 de enero de 2013
La persona es el Pesebre de Jesús.
EL HOMBRE MORADA DE DIOS
Un joven se puso a buscar la casa
donde vivía Dios. La buscó por todas partes, por los sitios más recónditos y
apartados. Preguntaba a todos y a todo lo que se cruzaba en su camino. Cuando
preguntaba a los pájaros, éstos le respondían con sus mejores cantos. Si lo
hacía a las flores del campo, éstas respondían lanzando su fragancia a los
vientos. Si les preguntaba a los animales, éstos daban brincos y saltos de
alegría. Incluso llegó a preguntarle al mar, y éste le respondió con una suave
brisa marina. No había duda de que sabían de Dios, pero no encontraba su casa
para poder estar con él.
Preguntó a los hombres y mujeres que
encontró por el camino y la hablaron maravillas sobre él. Pero de su casa,
nada. Hasta que preguntó a un hombre que le respondió lo siguiente:
-
Si quieres encontrar su casa, vente conmigo y la descubrirás.
Aquel hombre le llevó hasta una aldea
cercana, donde el hambre amenazaba a todos sus habitantes. El hombre le dijo
que se desprendiera de todo lo que tuviera de comer y de valor, y lo
compartiera con aquellas gentes. El joven, contrariado, le dijo:
-¿Y eso qué tiene que ver con encontrar a
Dios? Si les doy todo lo que tengo, me quedaré sin nada.
Y aquel hombre le respondió:
-Cuando tu corazón esté desapegado de todo, y
no te importe quedarte sin nada , descubrirás donde vive Dios.
El joven comenzó a compartir todo lo que
tenía con aquellos necesitados, y mientras lo hacía, comenzó a sentirse bien,
más lleno que nunca. Empezó a entender por qué brincaban los animales, por qué
las flores lanzaban al viento su aroma y por qué todos hablaban maravillas de
Dios. La casa de Dios estaba dentro de su corazón. Lo que buscaba por fuera lo
tenía dentro. Ahora se había creado el espacio suficiente para que Dios pudiera
vivir en su interior.
IDEAS PARA LA
REFLEXIÓN
San Agustín escribió: "Él
está en lo más íntimo de nuestro corazón, más adentro que nosotros
mismos". Y lamentaba: Saber que tú estabas dentro de mí y que yo por fuera
te buscaba. Tú estabas conmigo, pero yo no lo estaba contigo. Llamaste y
clamaste y rompiste mi sordera".
La
historia se vuelve a repetir en cada ser humano que viene a este mundo. A nadie
se le ahora el proceso de descubrir el tesoro que encierra su corazón. Todos
estamos llamados a descubrir quién vive en nuestro interior.
Difícil
porque estamos acostumbrados a vivir en la superficie. Pocos son los que se
aventuran a descubrir qué es lo que hay en sus adentros, porque son pocos los
que están dispuestos a arrancarse del corazón todo aquello que no es propio de
ellos.
PREGUNTAS.
1. ¿Buscas a Dios en tu vida? ¿Por
qué? ¿Dónde y cómo lo buscas? Desde el texto ¿lo buscas correctamente?
de dios en lo que te rodea?
3. ¿En qué momentos o situaciones
descubres tú
la presencia de Dios? ¿Puedes conectarlos con
el texto?
4. ¿Qué consecuencias ,crees o
tienes
la experiencia, puede tener encontrar a Dios?
5. Si alguien te preguntara sobre
tu vivencia
de Dios ¿qué le dirías?
HÁBLAME DE DIOS
Dije al almendro: ¡Háblame de Dios!
Y el almendro floreció.
Dije al pobre: ¡Háblame de Dios!
Y el pobre me dio su capa.
Dije al sueño: ¡Háblame de Dios!
Y el sueño se hizo realidad.
Dije a la casa: ¡Háblame de Dios!
Y se abrió la puerta.
Dije a un
niño: ¡Háblame de Dios!
Y el niño me lo pidió a mi.
Dije a un campesino: ¡Háblame de Dios!
Y el campesino me enseñó a labrar.
Dije a la naturaleza: ¡Háblame de Dios!
Y la naturaleza se cubrió de hermosura.
Dije al amigo: ¡Háblame de Dios!
Y el amigo me enseño a amar.
Dije a un pequeño: ¡Háblame de Dios!
Y el pequeño sonrió.
Dije al ruiseñor: ¡Háblame de Dios!
Y el ruiseñor se puso a cantar.
Dije a un guerrero: ¡Háblame de Dios!
Y el guerrero dejó las armas.
Dije al dolor: ¡Háblame de Dios!
Y el dolor se transformó en esperanza.
Dije a la fuente: ¡Háblame de Dios!
Y el agua brotó.
Dije a mi madre: ¡Háblame de Dios!
Y mi madre me dio un beso en la frente.
Dije a la mano: ¡Háblame de Dios!
Y la mano se puso a servir.
Dije al enemigo: ¡Háblame de Dios!
Y el enemigo me tendió la mano.
Dije a la gente: ¡Háblame de Dios!
Y la gente se amaba.
Dije a la voz: ¡Háblame de Dios!
Y la voz no encontró palabras.
Dije a Jesús : ¡Háblame de Dios!
Y Jesús repitió el Padre Nuestro.
Dije, temeroso, al sol del atardecer:
¡Háblame de Dios!
El sol se ocultó sin decirme nada
Pero al día siguiente, al amanecer, me sonrió de nuevo.
