martes, 19 de junio de 2012

SEGUIR A JESÚS EN MI HERMANO


 
«... El maestro de la Ley contestó: 'Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con
toda tu alma, con toda tu fuerza y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo'. Jesús le dijo: 'Tu respuesta es exacta; haz eso y vivirás'. Pero él quiso dar el motivo de su
pregunta y dijo a Jesús: '¿Quién es mi prójimo...'» (/Lc/10/27-29).

La predicación de Jesús, cuyo tema central es el Reino de Dios, tiene por objeto hacer de
los hombres una fraternidad. Nos reveló que Dios es nuestro Padre, haciendo de esta
paternidad común la raíz de nuestra hermandad. Esta es una posibilidad real desde que
Cristo aparece en la historia como nuestro Hermano universal.
Al insistir absolutamente en el amor fraterno y en que todos
somos hermanos (Jn 13,34; Mt 23,8-9), y al subrayar el segundo mandamiento de la Ley
(«Amarás a tu prójimo como a ti mismo»; «amaos como yo os he amado», Lc 10,27; Jn
15,12), ha hecho del amor al prójimo el signo de la identidad cristiana y la prueba decisiva
de su seguimiento.
 Sus oyentes se plantearon sin duda la cuestión de saber quién era para el Maestro el
prójimo; qué extensión le daba a esa idea y cómo había que concretarla en la vida diaria.
Indudablemente, Jesús iba más allá del concepto veterotestamentario, en que el prójimo (el
hermano) era el amigo, el que participaba de la religión y la nacionalidad judía. La inquietud
de precisar «quién es mi prójimo», al cual debemos amar en hechos y no en palabras, creo
que es hoy igualmente importante para los cristianos y para los que sin serlo aceptan esta
exigencia básica de Jesús.
 Porque, en realidad, ¿quién es prójimo para nosotros en lo concreto de nuestra historia
personal? ¿Son nuestros amigos? ¿Los cristianos? ¿Nuestros ciudadanos? ¿O también los
habitantes de otros países (a los que nunca vemos), es decir, todos los hombres?
 Esta pregunta, que inquietaba especialmente a los oyentes de Cristo más críticos,
emerge en los labios de un doctor de la Ley como un cuestionamiento y una prueba de la
idea de prójimo que Jesús predicaba.
«Para ponerlo en apuros» (Lc 10,25ss) el letrado lo interroga sobre el segundo
mandamiento de la Ley, semejante al primero: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Pero
ésa no era la pregunta decisiva. Lo que al doctor de la Ley le interesaba saber era la idea
que Jesús se hacía del «prójimo», idea hasta ahora, al parecer, nunca explicitada
claramente: «Queriendo dar el motivo de su pregunta, dijo a Jesús: '¿Quién es mi prójimo?'» (Lc 10,29).
 Jesús no responde con una definición, sino con una parábola. Con un relato en que
todos nos sentimos aludidos. Lo propio de todo relato evangélico es que en los personajes
que ahí aparecen nos identificamos cada uno de nosotros. Por eso su valor universal y
extratemporal. En este caso, el relato es la parábola del Buen Samaritano, y las
consecuencias que ahí se desprenden sobre el concepto del prójimo son válidas para
todos. El «vete y haz tú lo mismo» (Lc 10,37) no es sólo una exigencia para el doctor de la
Ley, sino también para mí.
 La meditación de esta parábola (/Lc/10/30-35) nos conduce al descubrimiento del prójimo según el criterio de Jesús.
 

 El prójimo como pobre

Mi prójimo es aquel que tiene derecho a esperar algo de mí.
Aquel que Dios pone en el camino de mi historia personal. En algún sentido todo hombre es
potencialmente prójimo (aunque viva en otro continente y yo nunca lo haya encontrado),
pero prójimo real e históricamente es el que yo encuentro en mi vida pues sólo en este caso
hay derecho al acto del amor fraterno. La fraternidad cristiana es una disposición a hacer
de cualquier persona (mi prójimo), si se presenta la ocasión.
 El prójimo es el necesitado. En la parábola del samaritano el necesitado es un judío
expoliado y herido. En la parábola del juicio final (Mt 25,31ss) es el hambriento, el sediento,
el enfermo, el exiliado, el encarcelado. En forma muy especial, el prójimo es el pobre, en el
cual Jesús se revela como necesitado. «Lo que hicieron con algunos de estos mis
hermanos más pequeños, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40).
 Hay necesitados (pobres) «ocasionales» y «permanentes». No sabemos si el judío
herido de la parábola era sociológicamente pobre; podemos incluso presumir que no lo era,
ya que si fue robado es porque llevaba dinero. Pero en el momento del encuentro con el
samaritano era un pobre y necesitado. Tenía derecho a ser tratado como prójimo. Los ricos
y poderosos son mis prójimos cuando necesitan de mí, aunque sea ocasionalmente. Dar
ayuda a un capitalista o un gobernante perseguido por cambios políticos, cualquiera que
sea su ideología, es un deber cristiano; es tratarlo como prójimo.
Pero la mayoría son pobres y necesitados «permanentes». Son
explotados, marginados y empobrecidos por la sociedad. Son los discriminados por las
ideologías y por el poder. La opción por el pobre que nos ordena el Evangelio es servir a
ese prójimo no sólo  como personas, sino como situaciones sociales. Hoy nuestro prójimo
es también colectivo. El judío herido y empobrecido es una situación permanente. Son los
obreros, los campesinos, los indios, los subproletarios...
 La opción cristiana no es por la pobreza, porque la pobreza no existe como tal. La opción
es por el pobre, sobre todo el pobre «permanente», que está en mi camino y que forma
parte de mi sociedad, el cual tiene derecho a esperar de mí. El hecho del pobre como
prójimo colectivo le da a la caridad fraterna su exigencia social y política. Para el Evangelio
el compromiso sociopolítico del cristiano es a causa del pobre. La política es la liberación
del necesitado.

 La exigencia de «hacerse hermano»

 Al terminar de contar la parábola al doctor de la Ley, Jesús le dirige una pregunta que
nos podría sorprender: «¿Cuál de estos tres se portó como prójimo (hermano) del hombre
que cayó en manos de los salteadores?» (/Lc/10/36).
 Quiere decir que los tres no fueron hermanos del herido. Podrían haberlo sido, pero de
hecho lo fue «el que se mostró compasivo con él» (Lc 10,37). El sacerdote no es hermano
del judío, y tampoco el levita. El samaritano, sí. Para Jesús, el ser hermano de los demás
no es algo «automático», como un derecho adquirido. No somos hermanos de los otros
mientras no actuemos como tales. Debemos hacernos hermanos de los demás.
El cristianismo no nos enseña que «de hecho» ya somos
hermanos. Querrá decir entonces que enseña una irrealidad. La experiencia del odio, la
división, la injusticia y la violencia que vemos cada día nos hablan de lo contrario. No
somos hermanos, pero podemos serlo. Esa es la enseñanza y la capacidad que nos da el
Evangelio: Jesús nos exige, y nos da la fuerza para «hacernos hermanos». Pero el serlo de
hecho depende de nuestra actitud de «mostrarnos caritativos», comprometiéndonos con el otro.
 El pecado del sacerdote y del levita no fue el no tener sentimientos de compasión.
Habitualmente, todo hombre los tiene. Fue el haber evitado el encuentro con el necesitado,
poniéndose en situación de no tener que comprometerse («... al verlo pasó por el otro lado
de la carretera y siguió de largo...», Lc 10,31). Esta actitud les impidió hacerse hermanos
(prójimos) del judío herido.
 El samaritano fue hermano del herido. No por su religión (el sacerdote, el levita y el judío
tenían la misma religión; el samaritano era un hereje), ni por su raza o nacionalidad o
ideología (era precisamente el único de los tres que no la compartía con el judío), sino por
su actitud caritativa.
 Mi prójimo no es el que comparte mi religión, mi patria, mi familia o mis ideas. Mi prójimo
es aquel con el cual yo me comprometo
Nos hacemos hermanos cuando nos comprometemos con los que tienen necesidad de
nosotros, y tanto más cuanto más total es el compromiso. El samaritano no se contentó con
«salir del paso» a medias. Lo curó, lo vendó, lo cargó, lo llevó a una posada y pagó todo lo
necesario (Lc 10,3-35).
 El compromiso en el amor es la medida de la fraternidad. No somos hermanos si no
sabemos ser eficazmente compasivos hasta el fin.
 Para acercarse al judío, el samaritano tuvo que hacer un esfuerzo por salir de sí. Por
aliviarse de su raza, su religión, sus prejuicios. «... Hay que saber que los judíos no se
comunican con los samaritanos...» (Jn 4,9). Tuvo que dejar de lado su mundo y sus
intereses inmediatos. Abandonó sus planes de viaje, entregó su tiempo y dinero. En cuanto
al sacerdote y el levita, no sabemos si eran peores o mejores que el samaritano, pero si
sabemos que no salieron de «su mundo». Sus proyectos, que no quisieron trastornar
interrumpiendo su camino, eran más importantes para ellos que el llamado a hacerse
hermano del herido; sus funciones rituales y religiosas las consideraron por encima de la
caridad fraterna.
 El hacerse hermano del otro supone salir de «nuestro mundo» para entrar en «el mundo
del otro». Entrar en su cultura, su mentalidad, sus necesidades, su pobreza. El hacerse
hermano supone sobre todo entrar en el mundo pobre. La fraternidad es tan exigente y
difícil porque no consiste sólo en prestar un servicio exterior, sino en un gesto de servicio
que nos compromete, que nos arranca de nosotros mismos para hacernos solidarios con la
pobreza del otro. Del pobre nos separa nuestro mundo de riqueza, de saber y de poder.
Nos separan también las formas de convivencia y los prejuicios de una sociedad
desintegrada, clasista y estratificadamente injusta.
 Hacerse hermano del otro en cuanto pobre y necesitado, como éxodo de mi mundo,
adquiere las características de una reconciliación. Al tratar como prójimo al judío, el
samaritano se reconcilia con él, y en principio con los de su raza. Cada vez que hacemos
del otro nuestro prójimo y hermano, en circunstancias de conflicto y división personal,
comunitario o social, nos reconciliamos con él. Que el rico se haga hermano del pobre
significa que le hace justicia, estableciendo el proceso de una reconciliación social. Lo
mismo habría que decir de los políticos separados por ideologías o de las razas y
nacionalidades adversarias.
  La noción de prójimo proclamada por Jesús en su respuesta al doctor de la Ley
conduce a la fraternidad universal, a la justicia y a la reconciliación. Hacernos prójimos del
pobre y necesitado es la exigencia que nos plantea la interpretación que el mismo Cristo da
al segundo mandamiento de la Ley. Esta exigencia es para cada uno de nosotros: «Vete y
haz tú lo mismo» (Lc 10, 37)

viernes, 15 de junio de 2012

Imagenes de Dios reveladas por Jesús

     En un intento de apretada síntesis intentamos presentar las imágenes de Dios que se derivan de la predicación de Jesucris­to.

Espero que tu atenta lectura pueda enriquecer la presentación que te ofrecemos. Pero, recuerda, este enriquecimiento debe nacer de tu experiencia de fe, de tu diario profundizar en la Palabra de Dios... No sólo y exclusivamente de tus saberes racionales por muy fundados que estén en la reflexión teológica. En definitiva, te invitamos no sólo a pensar sino a orar.

Presentaremos dos grandes imágenes y concluiremos en lo más propio de la predicación de Jesús:  

1)      ADios, Roca firme@;
2)      ALas Manos de Dios@ que atienden nuestras vidas:
- Manos de Alfarero -nos crea-;
- Manos de Pastor -nos guía-;
- Manos de Viñador -nos poda-;
- Manos de Padre y Madre -nos acaricia-.


1)  DIOS ROCA FIRME

El Señor es mi roca y mi fortaleza,
mi libertador;
mi Dios, la roca que me protege,
mi escudo, mi fuerza salvadora,
mi ciudadela, mi refugio;
el que me salva de los que me acosan...
(2 Sam. 22, 2)

Roca significa, ante todo, cimiento sobre el que se puede construir sólidamente una casa. Aplicada a Dios indica que sólo en Él se puede fundar establemente tu vida (construir sobre roca: Mt 7, 24-27).

Los salmos, calificando frecuentemente a Dios como Roca, Peña, subrayan la necesidad de apoyarse en Dios para que no se resquebra­je la vida. Si tratas de cimentarte sobre ídolos, construyes en el vacío. Roca, Piedra, reconocimiento, pues, de la primacía de Dios, reconoci­miento de su Señorío fundante.

Y si, a veces, construir la ca­sa sobre Dios Roca da miedo o parece una empresa imposible, piensa que Él acompaña tu queha­cer: *Si el Señor no cons­truye la casa, en vano se can­san los albañiles...+ (Sal. 127).

Dios Roca, es una imagen que despierta la actitud de confian­za. En Él todas nuestras esperan­zas porque sólo Él salva: Is. 26, 4; 30, 29; 44, 8.

Recuerda que en la Palabra de Dios:

-        Lo contrario a la fe es el miedo (no la in­creencia). Dios se presenta como Aquél que te puede liberar del mie­do. La fe es, preci­samente, apoyarse en Al­guien en quien se confía plenamente para fundar en Él la propia vida y bus­car solamente en Él la estabilidad, seguridad, protección que toda vida necesita.

-        Lo contrario a la verdad es la mentira y la vanidad (no el error), es decir, aque­llo que no tiene solidez.


2) LAS MANOS DE DIOS

Hay tres imágenes en la Palabra que describen Alas manos de Dios@, imágenes populares pero de gran sabiduría teológica. Todas ellas te dicen que, a pesar de las oscuridades de tu vida, no estás a la intemperie, no pisas en el vacío, sino que estás resguardado y caminas alentado por un Misterio amoroso que te acoge incondicional­mente: Dios es Amor.

                             a)      Manos de Alfarero:

Is. 45, 9; 64, 8  y Rom. 9, 20-21 afirman que Dios tiene manos de Alfarero. La Iglesia también canta:

Alfarero del hombre, mano trabajadora,
  que de los hon­dos limos iniciales,
  convocas a los pájaros a la primera au­rora,
  al pasto los primeros ani­males...+

Con mimo repetirán los Sal­mos que Dios lo ha hecho todo con sus manos. Con júbilo excla­marán que todo lo creado es *obra de sus manos+ (Sal. 91) y el cielo es *obra de sus dedos+ (Sal. 8). Y, por eso, por ser cada cosa moldeada, acariciada y cuidada por el Señor, la creación es buena. Siete veces proclama la bondad de lo creado la prime­ra página de nuestra Biblia.

Pero hay una obra que no sólo es buena, sino muy buena: tú.  También eres obra de sus manos: *El nos hizo y somos suyos+ (Sal. 99, 3); *tus manos me hicieron y me formaron+, exclamará Job (10, 8). Y, por eso, el asombro del salmista: *)Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder? Lo hiciste po­co inferior a los ángeles...todo lo sometiste a su pies (Sal. 8). Asom­bro porque te creó por amor, te llamó a la vida, te mo­deló a su imagen, la labró en ti: es tu dignidad. Y, por eso, con­fianza, confianza radical (fe) en el Dios que te engendró.

Eres *obra buena+. Te engen­dró con sus manos. Te conoce: todos tus recovecos y escondri­jos, tus entrañas. *El sabe de que estamos plasmados, se acuer­da de que somos polvo+ (Sal. 103, 14); *modeló cada corazón y com­prende todas sus acciones+ (Sal. 32).

Él, el Alfarero, conoce de qué pasta estás hecho. Sabe, por­que eres su hechura, cuál es tu fragilidad. Por eso:

No temas. Te he llamado por tu nombre.
Si pasas por las agua­s, yo estoy contigo.
Eres precioso a mis ojos, eres esti­mado y yo te amo.
No temas, yo estoy contigo*. (Is. 43, 1-7)

Te llamó desde la nada por­que eres precioso a sus ojos. Y al crear­te soñó para ti un pro­yecto de vida auténtica, buena y bella. )Te atreves a vivir su sue­ño?

                            b)      Manos de Pastor:

Manos que conducen, vigoro­sas y seguras. *El Señor es mi pastor que me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas+ (Sal. 23). Manos que te acompañan a lo largo de la vida: no sólo te crea como Alfarero, sino que continuamente te guía por los senderos de la vida. El siempre va contigo, *somos su rebaño que Él guía + (Sal. 94). Son las suyas manos fuertes: puedes sentirte seguro.
Pero, también, manos áspe­ras que a veces te conducen por *cañadas oscuras+ y te llevan por caminos que no compren­des. Porque, como dice Isaías:

Mis planes no son vuestros planes,
mis caminos no son vuestros caminos.
Como el cie­lo está por encima de la tierra,
mis caminos son más altos que los vuestros,
mis planes más que vuestros planes+ (Is. 55, 8-9)

Manos, pues, que te descon­ciertan; manos del Dios inaccesi­ble y misterioso, que te sobrepa­sa; al que nunca puedes llegar a entender del todo. El Dios que es siempre más grande y que te sorprende. Con Isaías: *en ver­dad, Tú eres un Dios escondido+ (Is. 45, 15).

Es el Dios de la sorpresa y la continua novedad. Este Dios que te conduce donde quiere, al que nunca puedes manipular y del que nunca puedes disponer, acom­paña siempre en tu cami­nar. Es tu Dios Amigo fiel. Y Je­sús dirá: AYo soy el buen pastor. El buen Pastor da la vida por sus ove­jas...@ (Jn. 10, 11 ss. Lee, medita, ora, escribe) 


Curso de agentes de pastoral vocacional,Confer,Madrid
LA IMAGEN DE DIOS REVELADA POR JESÚS

miércoles, 13 de junio de 2012

Felicidades Sta. MªRosa Molas



    Nuestra Madre Fundadora, nació en Reus el 24 de marzo de 1815, la noche del jueves al viernes Santo. A los 16 años sintió la llamada del Señor a consagrarse totalmente a Él y al consuelo y alivio del necesitado. Pero su padre se opuso y tuvo que esperar diez años. Durante este tiempo, trabajaba en casa, visitaba a los enfermos del hospital todos los domingos y pasaba largos ratos de oración con su Dios.

Una tarde de reyes, 6 de enero de 1841, dejó la casa paterna y fue al hospital de Reus para hacerse religiosa de la caridad. En este hospital pasó Mª Rosa tres años cuidando, como sólo un madre puede hacerlo, a los enfermos que allí llegaban. Decían de ella que “no había vacío que su caridad no llenase”.

Del hospital fue trasladada a la Casa de Caridad de Reus, hasta el año 1849 en el que fue a Tortosa, donde ahora nos encontramos.
Cuando la Madre llegó, la ciudad acababa de pasar tiempos muy duros e intentaba resurgir. El Ayuntamiento comenzó a emprender reformas que hicieran olvidar los malos tiempos (mejorando la iluminación y  los edificios,  fundando nuevos periódicos…).
La economía de la ciudad se fundamentaba en la industria y la agricultura, y en ese momento sobretodo, en el comercio.
Hasta la inauguración del ferrocarril Valencia- Tarragona, en 1868, ese comercio se realizaba a través de un vapor que unía Barcelona y Tortosa. También en uno de ellos saldría Mª Rosa con varias hermanas para fundar en Mora de Ebro.

Esta es la Tortosa que conoció nuestra Madre. El escenario donde tanto amor sembró, día a día durante 27 años. Aquí madurará Mª Rosa muchas de sus intuiciones. Porque a la Madre le aguardarán en Tortosa años de fidelidad a lo que ha prometido a Dios; años de espera y de purificación; años de coherencia y de riesgo creador.

Riesgo creador, que pronto tuvo que emplear cuando el ayuntamiento de Tortosa,  pidió a la Corporación de Reus, que un grupo de hermanas se hiciese cargo de la Casa de Misericordia del barrio de Jesús, que estaba atravesando un estado lamentable por la desatención de los asilados. A la cabeza del grupo de hermanas fue Mª Rosa Molas, y con ellas llegó la Consolación, la limpieza, la luz, la alegría…  En poco tiempo cambiaron el lugar del tal forma, que todos comentaban cómo aquella casa de miseria, se había transformado en una verdadera casa de misericordia. Un señor afirmó: “Estas mujeres, o son santas o son brujas” Esta casa está junto a la Casa Madre. Aún se conserva su fachada y las escaleras que accedían al interior y que hoy podremos pisar.

Viendo los buenos resultados, en 1851, el ayuntamiento encargó a la Madre la dirección de una escuela pública en la ciudad de Tortosa. Fue uno de los mejores centros educativos de la provincia de Tarragona. Mª Rosa, en este tiempo de revuelo y problemas se preparó y se examinó para obtener el título de maestra. Con sus visitas diarias, estaba al frente de la escuela, animando y orientando a hermanas y alumnas. Pasaremos por la calle donde estuvo esta escuela y veremos lo que queda de la fachada de lo que fue, en el mismo lugar años después, un instituto. Justo en frente podremos ver lo que fue la escuela privada que abrimos tras abandonar la escuela pública en la que no podíamos ofrecer a las niñas la educación cristiana que deseábamos para ellas.  
Ya en ausencia de la Madre, este colegio privado se trasladó a la calle De la Rosa por la que también pasaremos hoy. Y actualmente, las hermanas siguen comprometidas con la educación en el colegio de la C/ Argentina.

 En 1852,  nos llamaron desde el hospital de Tortosa, cuya precaria asistencia y fuerte descuido de los enfermos, reclamaban la presencia de corazones caritativos. Actualmente el hospital está en una parte de la antigua casa de Misericordia. Y lo que antes era el Hospital, son ahora los juzgados.

Cada día, Mª Rosa Molas cruzó el puente de Barcas  para llevar el amor de Dios de la Casa de Misericordia de Jesús al Hospital y la Escuela de Tortosa. Recorrió a diario un camino polvoriento y unas calles empinadas para visitar las tres casas. Y sus pasos, sus gestos, sus palabras… ella, fueron el testimonio de una Presencia, la de Dios.

Estando en Tortosa, Mª Rosa Molas y todas nosotras verificamos algo que veníamos sospechando desde hacía tiempo, la Corporación a la que pertenecíamos estaba totalmente separada de la Iglesia, Sor Estivill, nuestra Superiora General entonces, había roto todo vínculo con la Iglesia, dos años antes de que la Madre hubiera ingresado en la Corporación de Reus, en la que estuvo 16 años. En Mª Rosa había un deseo de cumplir la voluntad de Dios manifestada en el sentir de la Iglesia. Intentó primero que la Corporación se uniera a la Iglesia pero sus esfuerzos de reconciliación no fueron aceptados.
No pudiendo sufrir por más tiempo esta orfandad espiritual en la que nos encontrábamos, nos reunimos y tomamos la difícil decisión de romper con la Corporación de Reus e iniciar una nueva fundación.

 Las cosas sucedieron así: 
El 14 de marzo de 1857 las 12 hermanas de Tortosa solicitamos la acogida, protección y dirección espiritual de la Iglesia.
El 2 de Abril, el ayuntamiento nos confirmó que podíamos permanecer en los lugares donde ejercíamos nuestra misión. Es decir, en la Casa de la Misericordia, el Hospital y la Escuela.
Y uno de los días más emocionantes fue el 14 de Noviembre de 1858, en el que recibimos oficialmente el nombre  de la Congregación: a partir de entonces seríamos Hermanas de Ntra. Sra. de la Consolación.

 El resto de la vida de la Madre transcurrió en Tortosa, donde encarnó para los más necesitados la misericordia de Jesús día a día, pero también abrió nuevas casas fuera de esta ciudad.

Y aunque el 11 de Junio de 1876 abandonó este mundo, a partir de aquel día vive con más intensidad. En las Hermanas de la Consolación y en todas aquellas personas que comparten el carisma. Quienes siguen sus huellas nunca están solos, nunca actúan solos. La Madre va siempre, está siempre con ellos, de una forma natural. Sencillamente la Madre está, la Madre sale al paso siempre, camina codo a codo con ellos.