lunes, 20 de febrero de 2012

No basta con sentarse y esperar la venida del Reino

(Continuación del texto anterior)

La trama y el tiempo

Permitidme comenzar contandoos la historia del oso. Hace un año los muros de Roma estaban cubiertos de carteles con un gran oso enfurecido. Y la leyenda del cartel decía: "la forza del prezzo giusto": la fuerza del justo precio. Esperando el autobús tuve mucho tiempo de contemplar este oso. Refleja bien la historia de la modernidad.

En primer lugar, este oso sugiere que la trama fundamental de la historia es un progreso irresistible. Es un oso del que Darwin hubiera estado orgulloso, un vencedor en el proceso de la evolución. La historia humana es un proceso hacia adelante. Es también un símbolo de la economía mundial, del mercado. Lo que hace avanzar la historia humana es la economía. "La forza del prezzo giusto": la fuerza del justo precio. La historia humana es la narración de un proceso inevitable, a través de la liberalización del mercado. El mejor sistema económico debe triunfar. El oso es el vencedor.

Cuando yo era niño (y observandoos imagino que muchos de vosotros también erais niños en esa época) se podía todavía creer justamente que la humanidad estaba en el camino de un futuro radiante. Pero también se perfilaban ya sombras. Nací una semana antes del fin de una guerra que tuvo cincuenta millones de muertos. Hemos sabido, poco a poco, del holocausto y los seis millones de judíos muertos en los campos de exterminio. Crecí bajo la amenaza de las bombas. Recuerdo a mi madre haciendo acopio de cajas de conservas en la bodega, por si estallaba una guerra nuclear. Y, sin embargo, era posible aún agarrarse a la idea de que la humanidad avanzaba. Cada año veíamos la independencia otorgada a nuestras antiguas colonias; la medicina eliminaba enfermedades como la tuberculosis y la malaria. Seguramente pronto se vería también el final de la pobreza. Incluso los aviones y los coches iban más deprisa cada año. Las cosas irían a mejor. Hoy estamos menos seguros de nosotros. La zanja entre ricos y pobres continúa ahondándose. La malaria y la tuberculosis están de vuelta y, de aquí a un año, habrá probablemente cuarenta millones de personas afectadas de sida. Sólo en Europa el paro afecta a veinte millones de personas. Los sueños de un mundo justo parecen estar alejándose. ¿A dónde va la humanidad? ¿Tiene sentido nuestra historia, tiene alguna dirección? O bien ¿estamos dando vueltas, vagando en el desierto, sin acercarnos, en absoluto, al país de la tierra prometida? Incluso la Iglesia que parecía orientarse hacia una renovación y una nueva vida en el Concilio Vaticano II, no parece saber a dónde va.

Hay en el corazón de la modernidad una contradicción, y eso es lo que hace que su historia ya no sea plausible. Por un lado, el oso es efectivamente irresistible. Por todas partes el mercado mundial triunfa de todos sus enemigos. El comunismo ha caído en la Europa del Este, e incluso, en China parece estar a punto de sucumbir. Pero por otro lado la historia no nos conduce al Reino. Lo que nosotros tenemos ante los ojos es la pobreza creciente y la guerra. Incluso los tigres asiáticos están enfermos. El oso es irresistible, pero está despedazándonos. Así la trama de los tiempos modernos contiene una insoportable contradicción. Ya no podemos encontrarnos ahí.

No podemos vivir sin historia. Como hemos llegado a dudar de la marcha del futuro de la humanidad se necesitan otras historias para llenar el vacío. Serán quizás historias milenarias del fin del mundo, historias de extraterrestres, historias de victoria en la copa del mundo (bravo por Francia…). Con bastante frecuencia es lo que llamamos en inglés "soap operas", las series insignificantes de televisión. Recientemente el último episodio de una "soap operas"

ha sido vista en los Estados Unidos por ochenta millones de personas. Los restaurantes cerraron por la tarde. El anuncio de que un asteroide gigante chocaba contra la tierra el 26 de Octubre del 2028 ha levantado menos interés. Habiendo cesado de creer en el mito del progreso, nos refugiamos en la ficción.

Es quizá la sed de una historia lo que explica la extraordinaria reacción ante la muerte de la princesa Diana. Los ingleses son, como sabéis, gente muy poco emotiva o, al menos, así les gusta imaginárselos a los franceses, pero nunca he visto una pena semejante. Era como si la historia en el corazón de la humanidad se hubiera cerrado bajo el puente de París. Millones de personas han llorado como si hubieran perdido a su mujer, su marido, su hijo o su madre. Por todas partes adónde voy sé que al final van a preguntarme por la princesa. Después de esta conferencia espero responder alguna pregunta sobre ella… En Vietnam me dijeron, incluso, que me parecía al príncipe Guillermo. Me encantó oírlo, pero estas gentes son de una cortesía tan extrema… Fue el "soap operas" del mundo. Tal vez su historia decía algo a tanta gente justamente porque en ella podíamos vernos nosotros mismos. Era una persona buena, pero no perfecta, que se interesaba realmente por los otros, alguien para quien la vida hubiera debido ser maravillosa y, sin embargo, inexplicablemente fue un fracaso. Es una historia triste y fútil, evocando la futilidad resentida de tantas personas que se preguntan a dónde va su vida.

¿En qué sentido puede la vida religiosa sugerir otra trama, una historia alternativa?

Dejadme que os proponga otra imagen. Este año celebré la Pascua en un monasterio de monjas dominicas contemplativas. El monasterio estaba edificado en una colina detrás de Caracas, en Venezuela. La iglesia estaba llena de gente joven. Encendimos el cirio pascual y lo colocamos en su soporte. Una monja joven, acompañándose de la guitarra, entonó un canto de amor junto al cirio. El canto tenía toda la ronca pasión de Andalucía. Confieso que me conmovió enormemente contemplar esta imagen de la monja entonando, en medio de la oscuridad de la noche, un canto de amor al fuego recién nacido. Esta imagen sugería que estamos cogidos por otro drama, por otra historia. Esta es nuestra historia, y no la del oso enfurecido que devora a sus rivales.

En primer lugar la monja que canta en la noche sugiere que la trama fundamental de la historia de la humanidad no es ya la que representaba el oso. Allá afuera, en el jardín, el celebrante había grabado el cirio diciendo estas palabras: "Cristo ayer y hoy, principio y fin, alfa y omega. El tiempo entero le pertenece y todas las edades. A El poder y gloria por los siglos de los siglos. Amén".

La vida religiosa es, quizá, ante todo, un Amén viviente a esta perspectiva temporal más larga. Es en esta extensión de la historia entre el alfa y el omega, desde la creación hasta el Reino, donde todo ser humano debe encontrar su sentido. Nosotros somos los que viven para el Reino, para el tiempo en que, como dijo Julián de Norwich, "todo estará bien, toda suerte de cosas serán buenas".

La vocación que saca más radicalmente a la luz esta apertura del futuro es la de los monjes y monjas contemplativos. Su vida no tiene ningún sentido si no están en el camino del Reino. El cardenal Basil Hume es el cristiano más respetado en Inglaterra en parte porque es monje. Él ha escrito esto de los monjes: "Nosotros no consideramos que hayamos tenido una misión o una función particular en la Iglesia. No fuimos destinados a cambiar el curso de la historia. Estamos allí, es todo, casi por accidente desde un punto de vista humano. Y, felizmente, continuamos estando allí. Es todo".

Los monjes están allí, es todo, y su vida no tiene ningún sentido sino es anunciar el final de los tiempos, este encuentro con Dios. Están como esas gentes que esperan la parada del autobús. Sólo el hecho de que ellos estén allí indica que el autobús debe llegar con toda seguridad. No tiene sentido provisional o sentido parcial. Ni niños, ni carrera, ni realizaciones, ni promoción, ni utilidad. Es por una ausencia de sentido por lo que su vida revela una plenitud de sentido que no podemos definir. Todo, como la tumba vacía, anuncia la Resurrección o el destello en la órbita de una estrella, señala al invisible planeta.

El monacato occidental nació en un momento de crisis. Mientras el Imperio Romano moría lentamente bajo los asaltos de los bárbaros, Benito marchó a Subiaco y fundó una comunidad de monjes. Entonces, cuando la historia de la humanidad parecía no ir a parte alguna, Benito fundó una comunidad de gentes para quienes la vida no tenía otro sentido que el de indicar este fin último, el Reino.

Se podría decir que la vida religiosa nos fuerza a vivir abiertamente y a descubrir la crisis moderna. La mayoría de la gente sigue un modelo de vida y una historia que permite mantener la pregunta principal a distancia. Una vida puede tener su propia significación en el enamorarse, casarse, tener hijos, luego nietos. La historia de otro encontrará su sentido en una carrera, en escalar puestos de promoción, haciendo fortuna e, incluso, alcanzando notoriedad. Se pueden contar muchas historias para dar un modelo provisional en un sentido a nuestra estancia en la tierra. Y esto es justo y bueno. Pero nuestros votos no nos ofrecen esta consolación. No tenemos matrimonio que dé forma a nuestra vida. No tenemos carreras. Estamos desnudos frente a la pregunta ¿qué sentido tiene la vida humana?.

No basta con sentarse y esperar la venida del Reino. Los hermanos más jóvenes no están, a veces, de acuerdo conmigo, pero es preciso salir de la cama cada mañana para hacer algo. Incluso los monjes y las monjas deben hacer algo. Recuerdo haber preguntado un día a un hermano, particularmente perezoso, por lo que él hacía. Me respondió que él era "signo escatológico", esperando la venido del Reino. ¿Cómo valoramos lo que hacemos ahora? La mayoría de nosotros pasamos nuestros días en actitudes útiles, enseñando, trabajando en los hospitales, ayudando en las Parroquias, ocupándonos de los olvidados. ¿Qué dice nuestra vida diaria de la historia de la humanidad?

Volvamos a esta monja joven. Estamos en el corazón de la noche y ella entona ese canto salvaje. Es en la noche cuando canta las alabanzas de Dios. Incluso en la oscuridad, entre el comienzo y el fin, se puede encontrar a Dios y glorificarlo. Ahora es el momento. Cuando espera ser asesinado, Jesús dice a sus discípulos: "En el mundo tendréis que sufrir. Pero ¡tened ánimo! Yo he vencido al Mundo (Jn. 16,33). Ahora es el momento de la victoria y la alabanza.

Esto sugiere un nuevo sentido del tiempo. Lo que da su forma al tiempo no es la historia del inevitable progreso hacia la riqueza y el éxito. La forma escondida de nuestra vida, es el crecimiento en la amistad de Dios, cuando nosotros Lo encontramos en el camino y decimos Amén. No es solamente el fin de la historia lo que le da sentido. El motivo de mi vida es el encuentro con Dios y mi respuesta a su invitación. Es lo que hace de mi vida no una simple continuación de acontecimientos sino un destino. Como dijo Cornelius Ernst, O.P.: "El destino es la llamada y la invitación del Dios del amor, a lo que nosotros deberíamos responderle con un sentimiento creador y lleno de amor". Incluso en las tinieblas, en la desesperación, cuando ya nada tiene sentido, podemos encontrar al Dios de la vida. Como escribió un filósofo judío: "Cada instante puede ser la pequeña puerta por la que el Mesías puede entrar". La historia de nuestras vidas es la historia de este encuentro con el Dios que viene en la oscuridad como un amante. Es lo que nosotros celebramos glorificándolo.

Algunos de los momentos más emotivos que yo he vivido durante estos seis últimos años, han sido ocasiones de compartir con mis hermanos y hermanas la alabanza de Dios en las circunstancias más difíciles. En un monasterio, en Burundi, después de haber viajado a través de un país desgarrado por la violencia étnica; en Iraq, mientras esperábamos que cayeren las bombas; en Argelia, con nuestro hermano Pedro Claverie antes de su asesinato. Es esencial para la vida religiosa que cantemos las alabanzas de Dios, incluso en la noche. Cantamos los salmos, el tehillim, el libro de las alabanzas. Medimos la jornada por las horas del Oficio Divino, en la Liturgia de los salmos, y no solamente por las horas mecánicas del reloj. "Siete veces al día te glorifico". Al menos dos veces para la mayoría de nosotros.

Recuerdo una historia que ilustra bien cómo el tiempo de la alabanza puede coincidir con el tiempo del reloj, el tiempo de la modernidad. Cuando uno de mis hermanos era pequeño, en la escuela, vino un día un dentista a dar un curso de higiene dental a los niños. Preguntó en la clase cuándo era preciso lavarse los dientes. Silencio absoluto. El insistió: "¡Vamos!, ¿no sabéis cuándo debéis cepillaros los dientes? ¿Por la mañana, por la tarde…?". Esto debió desencadenar un resorte en el espíritu de estos buenos pequeños católicos que sabían bien su catecismo. Respondieron todos: "Antes y después de las comidas". "Excelente", dijo el dentista, y los niños añadieron: "En la tentación y a la hora de nuestra muerte". Pues bien, ¡si nosotros nos cepilláramos siempre los dientes en el instante de las tentaciones, podríamos evitar muchos pecados!.

Este ritmo regular de la alabanza es algo más que el simple optimismo de que todo acabará bien al final. Proclamamos que, incluso ahora, en el desierto, el Señor de la vida viene a nosotros y da forma a nuestra existencia. En este sentido la vida religiosa debería ser verdaderamente profética, pues es el profeta el que ve el futuro haciendo irrupción en el presente. Como dijo Habaquq: "Pues aunque la higuera no brotara ya; y aunque no hubiera ya nada que cosechar en las viñas, y aunque el fruto del olivo fallara,(…). ¡yo, sin embargo, me regocijaré en Yahvé, saltaré de alegría en Dios, mi salvador! (3,17-18).

Recientemente me encontré con los promotores de Justicia y Paz de la Orden para América Latina. Es una nueva generación, ¡no viejos sexagenarios como yo! Hombres y mujeres jóvenes que tienen un sueño en la vida. Yo esperaba encontrarlos desanimados, vista la situación económica que empeoraba, la violencia que se acrecentaba, la desintegración social en su continente. ¡En absoluto! Dicen que es justamente ahora, cuando han desaparecido todas las utopías, cuando el Reino parece más lejano que nunca, cuando nosotros, los religiosos, debemos jugar nuestro papel. Nadie más podría soñar ahora. Pero se lucha hoy por un mundo más justo, cuando se tiene la impresión de no avanzar. Esto significa que es preciso ser una persona de profunda oración. Como ha escrito nuestro hermano brasileño, Frey Betto: "Hoy, para creer en la justicia y en la paz, es necesario ser un místico".

Fr. Timothy Radcliffe, O.P.

sábado, 18 de febrero de 2012

El sentido de la vida religiosa hoy


El oso y la monja:

Se me pidió hablaros sobre "qué sentido tiene hoy la vida religiosa". La pregunta se impone con urgencia a los religiosos hoy porque muchos de entre nosotros se preguntan si el modo de vida, con el que estamos comprometidos, tiene el menor sentido. Hay menos vocaciones que antes en Europa Occidental; en Francia muchas Congregaciones disminuyen y algunas mueren; ser religioso hoy no aporta ya el mismo estatus ni el respeto que suscitaba.

1. A la búsqueda de una historia

Nos parece haber perdido nuestro papel en la Iglesia que parece convertirse en algo más clerical, y haber perdido, también, nuestra importancia en una sociedad donde los laicos hacen ahora tantas cosas realizadas antes, en gran parte, por los religiosos. Con el nuevo sentido de la santidad del matrimonio, nuestro modo de vida ya no se considera más perfecto que los otros. Es comprensible, pues, que muchos religiosos se pregunten: ¿Qué sentido tiene hoy la vida religiosa?"

En esta situación sería natural intentar encontrar el sentido de la vida religiosa en algo que nos es peculiar, algo que hacemos nosotros y que nadie más hace, algo que nos dé nuestro puesto especial, nuestra identidad específica. Somos como herreros en un mundo de automóviles a la búsqueda de un nuevo papel. Tengo la sensación de que ésta es una de las razones por las cuales nosotros, religiosos, con frecuencia hablamos con ardor de nosotros mismos como profetas. Decimos ser la parte profética de la vida de la Iglesia, ¡pero no como solución a nuestra crisis de identidad! Me gustaría, más bien, salir a otras partes a conocer el sentido de la crisis que atraviesa la sociedad occidental. Creo que la vida religiosa es más importante que antes y esto por la manera en que somos llamados a afrontar la crisis de sentido de nuestros contemporáneos. Nuestra vida debe ser una respuesta a la pregunta: "¿Qué sentido tiene hoy la vida humana?". Quizá éste haya sido siempre el testimonio primero de la vida religiosa.

Cómo se puede empezar a reflexionar en una cuestión tan amplia como la crisis contemporánea de sentido. Para decir algo que sea apropiado, sería necesario haber estudiado libros sobre lo modernidad y la postmodernidad. No los he leído. Mi excusa es que, viviendo en la carretera, no he tenido tiempo. Pero la verdad es que, si tuviera que leer estos libros, probablemente tampoco los comprendería. Están escritos principalmente para franceses inteligentes y ¡superan la comprensión de un inglés! Intentaré, por el contrario, un acercamiento más sencillo. Me gustaría proponeros el contraste entre dos imágenes, dos historias implícitas de la vida humana.

Toda cultura tiene necesidad de historias para encarnar la comprensión de lo que significa ser un ser humano, de lo que es un modelo de vida. Tenemos necesidad de historias que nos digan quiénes somos y a dónde vamos. Cuando una sociedad vive una crisis de sentido, uno de los síntomas es que las historias contadas por esta sociedad no dan ya sentido a nuestra experiencia. Ya no se adaptan. Cuando una sociedad atraviesa un momento de cambio profundo, entonces tiene necesidad de un nuevo tipo de historias que den sentido a su vida.

Mostraré que la crisis fundamental del sentido en nuestra sociedad es que la historia subyacente en la cultura europea, desde hace varios siglos, no tiene ya sentido. Es una historia de progreso, de supervivencia del más adaptado, del triunfo del más fuerte. El héroe de esta historia es el yo moderno. Él (generalmente es un hombre) está solo y está libre. Es la historia implícita de nuestras novelas, de nuestras películas, de nuestra filosofía, de nuestra economía y de nuestra política. Pero ha cesado de dar sentido a nuestra experiencia. Tomaré como símbolo de esta historia el cartel de un oso que, con bastante frecuencia, he visto en las paredes de Roma.

Así somos nosotros: una sociedad hambrienta de una nueva historia que dé algún sentido a nuestra identidad. Creo que el sentido de la vida religiosa consiste en responder a esta pregunta: "¿Qué sentido tiene hoy la vida humana?". La gente debe poder reconocer en nuestras vidas una invitación a ser, de una forma nueva, un ser humano. El símbolo de esta otra historia será para mí una monja cantando en las tinieblas de la noche junto al cirio pascual.

Deseo, pues, ofreceros este contraste entre dos imágenes, dos historias: la de un oso y una monja. Me gustaría ponerlos en contraposición considerando los tres elementos necesarios en toda narración: una historia que evoluciona en el tiempo; los acontecimientos que hacen avanzar la historia y los actores. Si nuestros contemporáneos se sienten perdidos y desorientados, hambrientos de sentido, es porque las historias modernas no dan ya sentido a nuestra experiencia del tiempo, de los acontecimientos y de lo que significa ser una persona. Nosotros, religiosos, deberíamos encarnar otra manera de estar en la vida.

Fr. Timothy Radcliffe, O.P.

martes, 14 de febrero de 2012

Desde la Montaña hasta Emaus


Desde la Montaña hasta Emaús. La comunidad vista por un religioso joven.

A modo de introducción o la comunidad que Jesús quiere.

Cuando yo, religioso joven, me sitúo delante del ordenador para intentar escribir unas líneas sobre la comunidad de vida fraterna que quiero y con la que me comprometo, me brota un vértigo algo paralizador y un sentimiento de responsabilidad ante el peligro de proyectar idílicamente una comunidad de ensueño según mis planes y mis aspiraciones. Unos planes y unas aspiraciones que no tienen por qué flaquear en nobleza y sinceridad, que perfectamente pueden considerarse como loables y enriquecedores, pero que no dejan de ser míos, nacen de mí.

Ante la invitación de reflexionar sobre la comunidad religiosa que quiero, la comunidad con la que sueño, la comunidad con la que me comprometo a vivir mi vocación… creo que es más coherente con la naturaleza de esta comunidad y más evangélico por mi parte, si el punto de vista no lo fijo en mis proyectos y anhelos sino en los deseos y propuestas de Aquel que convoca y da sentido a la comunidad religiosa: el Dios de la Vida, el Dios de Jesús. De modo que, en la medida en que la Vida Religiosa ponga los ojos en el proyecto comunitario de Jesús, así descubrirá la mejor forma de ser fiel a su vocación y su misión.

No es ninguna revelación novedosa constatar que Jesús en ningún momento de su ministerio describió de forma sistemática cómo debía ser una comunidad religiosa; es más, en ningún momento dejó constancia de un tratado de eclesiología, ni de ningún modelo de proyecto comunitario. Sin embargo, sí podemos vislumbrar a lo largo de su vida pública numerosas pistas que nos empujan a intuir cómo era el grupo de seguidores de Jesús. Atendiendo a su día a día, a sus acciones y palabras, podemos sacar a la luz las notas maestras de su propuesta de vida comunitaria. Por ello, y a modo de un Sherlock Holmes bíblico (eso siempre me han parecido los biblistas), voy a intentar acercarme someramente a cuatro de esos matices. Y así poder dar respuesta al objeto de este artículo: cuál es la comunidad de vida fraterna que un religioso joven quiere y con la que se compromete.

La comunidad de la Montaña (Mc 3, 13-19).

En la invitación a la vida comunitaria la iniciativa es radicalmente de Jesús. Es el Maestro el que convoca. De manera que no podemos sino fundamentar la razón de ser de la comunidad fraterna en la voluntad de un Dios que nos llama a compartir vida y misión. La comunidad religiosa tiene un origen teologal, si se pierde de vista, este grupo humano puede quedar reducido a un simple corporativismo.

La razón última que une a las personas que formamos la comunidad no son nuestros gustos parecidos, nuestras afinidades políticas, nuestros intereses económicos o nuestras aficiones compartidas. Lo que nos une es una misma vocación, una misma llamada a seguir a Jesús. De modo que la comunidad fraterna que Jesús quiere es la formada por personas con los ojos fijos en Él, enamoradas de Él y de su causa, personas seducidas y transfiguradas. Personas que han aceptado la invitación a «estar con Él». Dicho con otras palabras: Jesús nos invita a hacer de nuestra vida comunitaria una verdadera montaña, es decir, un lugar de encuentro con el Misterio, lugar de oración, lugar donde profundizamos en nuestra raíz más honda, donde tocamos el corazón de nuestra vocación, de manera que nos descubramos como hombres y mujeres de Dios.

La comunidad de Cafarnaúm (Mc 2, 1-5).

No podemos claudicar ante el riesgo de convertir la vida comunitaria en una “estufa” que adormece o en una “pecera” que aísle de la cruda realidad que nos rodea. La comunidad de la Montaña, llamada a «estar con Jesús», encuentra su contrapunto necesario en la llanura, a la orilla del lago, en Cafarnaúm, donde se lleva a cabo el ser «enviados a predicar».

Cafarnaúm es el lugar de la misión, de la donación continua en medio de la cotidianeidad, el lugar privilegiado para hacer extraordinario cualquier tiempo ordinario. La comunidad orante y contemplativa se expresa en una vida entregada y apostólica. Cafarnaúm es reflejo de una comunidad con las ventanas y las puertas bien abiertas al mundo, sensible a las necesidades del hombre. Una comunidad que sabe de dolencias y flaquezas, que sabe de luchas e intemperies, que conoce la hondura de una vida desde abajo. Una comunidad que, cuando llega la noche, acaricia el cansancio de un tiempo entregado para y con los demás.

La comunidad de Betania (Jn 11, 1-44; 12, 1-11).

La comunidad de vida fraterna que Jesús quiere está bañada por la ternura y la acogida del hogar. Donde se puede respirar el mismo aroma que embriagó cada esquina de Betania, el aroma de la hospitalidad y el encuentro que convierte al otro en tu hermano y amigo. Así es la comunidad de Betania, espacio fraguado al calor de un fuego vivo que une lo que pueda estar distante, que cauteriza heridas y lima asperezas, que invita a sentarse a la misma mesa y crea lazos que sólo pueden brotar de Dios.

La comunidad religiosa está llamada a ser el espacio privilegiado donde sus miembros puedan compartir lo que son y lo que sueñan, lo que sufren y lo que les preocupa. Una comunidad hogareña más que empresarial. Donde te duele y te entristece el sufrimiento de tu hermano, donde te alegra y te enorgullecen sus logros. En el fondo, una vida significativa en comunidad tiene la exigente vocación de ser Betania en medio de tanto desierto solitario.

La comunidad de Emaús (Lc 24, 13-35).

A modo de conclusión e intentando recopilar lo dicho hasta ahora, una comunidad de vida fraterna que quiera ser fiel al proyecto de Jesús no puede sino ser reflejo de la comunidad de Emaús. Una comunidad que, en medio de tanto signo de muerte, se convierte para el mundo en signo de vida plena.

Emaús es sinónimo de giro inesperado, de cambio de rumbo, de conversión profunda que brota del encuentro con Cristo Resucitado. Por ello, una comunidad que viva en clave de Emaús, es una comunidad que hace de cada instante una verdadera experiencia de Dios. Una comunidad que sale a los cruces a proclamar que la esperanza ha tomado la palabra. Una comunidad que crea a cada paso pequeños oasis de hospitalidad y acogida. Una comunidad en clave de Emaús es un verdadero testimonio profético de que hoy el amor sigue siendo más fuerte que la muerte. Emaús es el convencimiento de que, en medio de tanto viernes santo, la comunidad religiosa está llamada a ser auténtico Domingo de Pascua.

Este es el estilo de vida comunitaria que quiero y con la que me comprometo, la comunidad de vida fraterna donde desarrollar mi vocación, la forma de vida en común que me alegro de profesar y la que me hace tremendamente feliz… Y esto es así, sencillamente, porque creo que es la comunidad que quiere Jesús.


Manuel Ogalla cmf, «Desde la Montaña hasta Emaús. La comunidad vista por un religioso joven»

sábado, 4 de febrero de 2012

¿Quién dice la gente que soy yo?

¿Qué piensa hoy la gente de Jesús? ¿Qué piensa la gente de la religión? Hubo muchos que profetizaron la muerte de Dios y el fin de la religión: no ha sido así. La religión no ha muerto, pero sí se ha transformado. ¿Cuáles son los rasgos fundamentales de esta transformación?

Ha habido un proceso de secularización. Lo religioso cuenta cada vez menos en la vida. A la hora de buscar trabajo, cuando pagamos los impuestos, en nuestras relaciones personales,... Dios no parece influir mucho en el día a día de nuestras vidas. En la misma cosmovisión, en la comprensión que tenemos del mundo, de la historia, de las cosas que nos suceden, también va desapareciendo Dios poco a poco.

También podemos presenciar un proceso de desinstitucionalización. Desde siempre se ha creído en Dios en el seno de una comunidad creyente. Siempre se ha pensado que para acceder al ámbito de lo divino eran necesarias las mediaciones: templos, sacerdotes... Hoy, se piensa que la fe religiosa no tiene nada que ver con ninguna institución mediadora: los sacerdotes no serían necesarios para confesarse, los sacramentos no son necesarios para relacionarnos con Dios, la Iglesia no es un requisito indispensable para el cristianismo. Aquello de “Cristo sí, la Iglesia no”.

En consecuencia, se vive una religión reducida al ámbito de lo privado y que depende absolutamente del individuo. La fe es una cuestión individual, que cada uno ha de vivir a su manera. Existen tantos cristianismos, o tantas religiones, como personas. Existen tantos dioses como individuos. ¿Quién es la Iglesia para imponerme unos dogmas? Cada uno se construye su propio “credo”, tomando los elementos más dispares. Así, tenemos gente que se considera cristiano y cree en la reencarnación. Gente que no cree en la resurrección de los muertos, que no cree que Jesucristo sea Dios. Y estas personas pueden llegar a enfadarse si les dices que no son cristianos. En definitiva, ¿qué es ser cristiano?

Dentro de las vivencias del individuo, lo religioso se va reduciendo a las dimensiones más afectivas de la persona. La religión es, fundamentalmente, sentir. Practicar la religión va perdiendo cada vez más puntos en nuestra sociedad. Y no digamos el creer en unas verdades: eso son teorías que de nada sirven. Lo importante es sentir a Dios, sentirme a gusto conmigo mismo... “Lo que no se siente, no existe”. “Lo que no me hace sentir bien no lo necesito”.

No es el ateísmo –negación de la existencia de Dios– lo que más ha crecido en nuestra sociedad, sino el agnosticismo –no sabemos si Dios existe. O, mejor, la indiferencia religiosa: no nos interesa si Dios existe.

Acompañamiento, Emaus.